Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Opinión

«No me vuelves a ver en esta mierda de isla» | Por Matías Vallés

La apropiación cultural es la esencia de Mallorca. |

La primera escena covid con mascarilla de Pan de limón con semillas de amapola es poco convincente. Se trata del parto obligatorio esta temporada, véanse Annette, Madres paralelas o Titane. Ninguno de los presentes parece debatirse entre la vida y la muerte. El principio es siempre la fase más primorosa de una película, pero solo estoy autorizado a medir el impacto de Mallorca sobre el rodaje y viceversa.

La primera aparición de Mallorca cursa en el minuto cinco. Transformar el Instituto Ramon Llull en un colegio privado es la mayor afrenta imaginable, aunque disculpada por los artefactos de la ficción.

La primera frase sobre Mallorca se pronuncia en el minuto ocho, «el día en que cumpla 18 no me vuelves a ver en esta mierda de isla». Extraña sentencia promocional de una película subvencionada, aunque sea en labios adolescentes. Todos los aborígenes hemos pensado cosas parecidas, pero no sé si los implicados se hubieran atrevido con un «no me vuelves a ver en esta mierda de Madrid/Barcelona». Sumada al «que se coman la mierda» del eslogan de CCOO, cabe hablar de reiteración.

La primera escena en Mallorca desarrolla una evasión fiscal a Suiza, de indudable credibilidad aunque la «mierda» anterior nos ha desequilibrado hacia un interrogante fundamental, ¿por qué todas las películas rodadas en la isla son odiosas desde un principio, y ninguna merece un piadoso recuerdo?

El primer enfrentamiento enjundioso en Mallorca de Pan de limón corresponde a una compraventa inmobiliaria en Valldemossa, donde empezamos a comprobar que Eva Martín supera a su ficticia hermana Elia Galera. También nos preguntamos si la película alcanzará el nivel de una teleserie.

La primera escena de casta cama ocurre en el extranjero. El postcoito es más sonrojante que el rodaje en Mallorca, con un galán imitando a Robert Redford en Memorias de África, coronado por peinado y maquillajes de Beverly Hills que contrastan con la imagen del aguerrido cooperante.

La primera protagonista mallorquina de Pan de limón se llama Catalina en un hallazgo de la ambientación, y es tan odiosa como quiere la tradición. Por fortuna, está interpretada por la extraordinaria y terrorífica Claudia Faci, lo mejor de la película.

El primer marco incomparable mallorquín de la película es La Calobra, que sirve tanto para la volcánica Al este de Java como para las hermanas Wachowski o de Pan de limón. Esas puertas pétreas del templo de Salomón se acartonan en la pantalla, pecan de demasiado reconocibles.

Las primeras frases psicológicas de Pan de limón pronunciadas en Mallorca son «tengo demasiados interrogantes en mi vida y no quiero uno más», o la memorable por repetitiva «quien te fotografía, te roba el corazón». El repertorio íntegro de topicazos con pretensiones de hallazgos antropológicos. Nadie negará a esta película la honradez de carecer de la mínima ambición.

Se podría seguir con la primera hotelera argentina con nombre alemán, Úrsula, que gestiona el Petit Hotel de Valldemossa. Pero a estas alturas ya nos domina la convicción de que si nadie está capacitado para juzgar su propio rostro, por qué habría de reclamar la prerrogativa sobre los paisajes que habita. Mallorca está concebida para extraños, es la base de su riqueza y de su destrucción. Solo los negros o los indios, vulgo mallorquines, denunciarían una crasa apropiación cultural.

Compartir el artículo

stats