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Opinión

Real Mallorca: No lo duden, es un milagro, por Emilio Pérez de Rozas

Aguirre, durante una entrevista con este diario. BERNARDO ARZAYUS

Lo sé porque lo sé. No me pregunten, no quieran saber por qué lo sé (se lo contaría encantado), pero no toca, mi amigo del alma se enfadaría, con razón, pero les recordaré, como suelo hacer en estos textos, que uno ya tiene 70 años y, ya saben, se saben más cosas por viejo que por diablo.

El caso es que sé que a Javier Aguirre, que es otro zorro veterano, le gusta muuuuuuucho más el cine, del que es un fiel y sabio seguidor (gran dato este, que le elogia en gran medida), le encanta el béisbol (deporte de personas inteligentes, aunque ya sé que la gente se ríe de eso cuando lo digo) y la literatura, que siempre es un punto de referencia para cuando debes juzgar la personalidad de alguien. Lo siento, pero así es.

Y lo digo porque tiene un mérito extraordinario o, tal vez, miren, esa sea la razón de su éxito en 15 años y más de 400 partidos en un montón de ligas, países y equipos, que sin ser un loco, un apasionado, un esclavo, un enfermo, un teórico, un currante, un obseso del fútbol, de su teoría, de su preparación, de sus estadísticas, de sus métodos, de sus sistemas, de lo físico, lo técnico, lo psicológico, lo divino y lo humano, sea capaz de dirigir, adiestrar, entrenar y mantener en lo alto de la tabla (el décimo puesto del Mallorca es para un equipo, club y afición así como ganar la Champions) a un Real Mallorca, por el que solo 20.000 locos y no toda la isla, ni la sociedad mallorquina, sienten pasión alguna, pese a lo mucho que les representa, quieran o no reconocerlo.

Hablo de milagro, insisto, porque nadie se vuelve loco en Mallorca por el ‘Mallorqueta’. No digo que deberían hacerlo, no, digo que, sin ese reconocimiento, tiene un mérito extraordinario, sí, sí, bordeando el milagro que, tras la primera vuelta (falta el partido en Cádiz), el equipo del ‘Vasco’, porque es suyo y solo suyo, esté mucho más cerca de Europa, ¡qué de Europa, de la Champions!, que del descenso. Y no solo eso, tiene números de gran vuelo, de Boeing 747, pues ha ganado 7 partidos (los tres últimos duelos en Son Moix son victorias: Atlético, Valladolid y Celta), suma 4 empates y 7 derrotas. Y ahí está, inmaculado.

Pero lo grande, lo extraordinario, es que Aguirre no saca pecho. Tiene muchos tiros tirados en el fútbol, muchos de ellos bien dirigidos, sí. Sabe demasiado como para creer y transmitir a los suyos que esto (la permanencia; nada de sueños: la Champions del Mallorca es no descender) ya está hecho. Por eso reconoce, como muy pocos, vamos, como ningún otro entrenador (solo una vez oí al gran Mendilibar, en el Valladolid, un discurso parecido, tremendamente honrado) que deben jugar mucho mejor o, como poco, «jugar, asociarse, tener la fluidez y la intención que teníamos antes del parón mundialista».

Ese es Aguirre, un tipo extraordinario, demasiado culto, tal vez, para el fútbol, demasiado sensible para este negocio y, sobre todo, eso sí, lo suficientemente hábil, sabio y pillo (esto ya lo dije hace tiempo) como para tratar, desde su llegada, a los periodistas (pocos) que acuden, en vivo y en directo, a sus conferencias de prensa, por su nombre, lo que, no solo crea empatía, sino que demuestra la complicidad a la que quiere llegar para que, como queda demostrado a diario, el Mallorca sea una familia.

Y es ahí, tal vez, donde reside el éxito de este conjunto de jugadores llamados a alcanzar su techo, no solo en las victorias que les permitirán seguir en Primera División, sino el agradecimiento a un club y una isla que se siente muy orgullosos de ellos.

Y es ahí donde uno cuando escucha las declaraciones de tipos tan extraordinarios como Jaume Costa o Pablo Maffeo, muy en la línea de su entrenador, se da cuenta de que el éxito de este ‘Mallorqueta’ no es solo la pelea, la predisposición, el querer defender con determinación unos colores, el rojo, los del ‘diablo’, sino mantener unido el vestuario y ser una familia, única forma de salir adelante cuando uno no tiene de compañero a Messi, Mbappé o Lewandowski.

Costa reconoció, sí, que en el descanso del partido ante el Celta hubo, como confesó Aguirre, un «jalón de orejas». «No estamos siendo nosotros y el ‘míster’ dijo lo que tenía que decir, modificó el dibujo del equipo, pasamos a un 5-3-2 más atrevido, metió dos cambios (Kadewere y, sobre todo, Grenier) y nos repusimos. Y, encima, Dani (Rodríguez), que llevaba un año sin marcar, metió un golazo que nos coloca con 25 puntos. Mira, casi lloro de emoción, porque esos 25 puntos, antes de acabar la primera vuelta, es mucho, es oro, para todos nosotros».

Algo parecido comentó el aguerrido Maffeo, autor, no solo de un marcaje histórico al ya, ¡por fin!, campeón del mundo Leo Messi, sino asistente de Dani Rodríguez en una jugada, eso, de fe, de coraje, de familia, de pelea, de predisposición a no dar ese balón, ni el choque, ni la penetración, ni el centro por pérdido.

«Es evidente que para todos nosotros, para todo el vestuario, incluido, cómo no el ‘míster’ y sus ayudantes, 25 puntos antes de acabar la primera vuelta son muchísimos, pero, como dice el jefe, esto aún no está hecho. Esto es muy largo, mucho y debemos seguir peleando», comentó Maffeo, que reconoció que «ser una familia, haber logrado la convivencia y la complicidad que hemos conseguido en el vestuario, es clave para estar tan bien como estamos y seguir aspirando a lo que sea. Yo mismo, por ejemplo, no estoy atravesando un momento personal bueno y todo el mundo me está dando su apoyo, siento que tengo a todos mis compañeros al lado, apoyándome y atentos por si los necesito. Y eso es lo que une y hace grande a un equipo, a un vestuario. Con esa unidad es más fácil sacar los partidos adelante».

Repito, hablen de milagro, piensen en el milagro. Lo que otros hacen con dinero, con grandes jugadores, con historial, con tradición, el Real Mallorca lo logra con un entrenador veterano, sensato, amante de la lógica, alejado del griterío y el desespero, apoyado en un vestuario que se ha convertido en una familia.

Y en eso están. Y en eso deben seguir. Aunque la isla entera pase de ellos. O casi.

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