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Matías Vallés

La democracia es el gobierno de las minorías

La variante de la astrología denominada politología atribuye en España posibilidades de Gobierno a partidos que obtendrían menos de cien escaños en las elecciones generales. Casi cualquier derecha o izquierda clásica de peso medio superaría un margen tan exiguo, que apenas reúne a uno de cada cuatro diputados. Sin embargo, las tímidas proporciones citadas se hallan desde hace una década más enquistadas que un equipo de Luis Enrique. El título de ganador de los comicios está cada vez más degradado.

Felipe González coronó su tercer triunfo consecutivo en 1989. Obtuvo 175 escaños, a uno solo de la mayoría absoluta. Los diarios se inundaron de artículos que detectaban el hundimiento del PSOE, la pérdida de fuelle irremediable de su líder, el resultado apestaba a fracaso. Es capcioso recordar que ninguna formación alcanzará esa cifra en las generales programadas para el año próximo. Peor todavía, ni la suma PP/Vox ni mucho menos PSOE/Podemos acaricia ahora mismo aquel techo felipista recibido con escarnio.

En la actual configuración predictiva se propone que populares o socialistas, cada vez más igualados en los pronósticos, gobiernen con el voto de uno de cada seis españoles una vez efectuadas las correcciones por abstención y censo. Ni adheridos a sus socios naturales se aproximan a una mayoría consistente de votantes. Dado el auge del absentismo electoral y de la disgregación de la oferta, cuesta afianzar una reversibilidad del fenómeno a tiempo para las generales de 2023.

La conclusión provisional no solo establece que pronunciarse por PP o PSOE cuesta más que elegir entre Juan Carlos I y Corinna. Una cosa es el elogio de los pactos que corrigen la perversión del caudillaje, y otra la confianza irracional en la atomización de un sistema con su oferta pulverizada, pese a que la Constitución lo diseña con vocación monolítica y pendular. No solo en España pero también, la democracia se ha convertido literalmente en el Gobierno de las minorías, empezando por las dimensiones minúsculas del partido que encabeza la coalición gobernante.

El mapa dominante exige a PP y PSOE que seduzcan de cincuenta a setenta diputados de media docena de formaciones, si quieren gobernar. Esta captación no solo desdibuja a los supuestos partidos matriz hasta extremos irreconocibles, en su pugna para obtener el favor ajeno, sino que destruye cualquier pretensión mayoritaria. Los apoyos masivos requeridos se sitúan en las antípodas de la necesidad de liquidez de González’93 (156 diputados) o de Aznar’96 (159 diputados).

No es un fenómeno nuevo. Frente a la tentación de asegurar que la mayoría de ciudadanos apoyaron al PP en las últimas autonómicas celebradas en España, tres de cada cuatro andaluces no votaron a Moreno Bonilla, pudiendo haber cumplimentado su apoyo con notable facilidad en las urnas surtidas a tal efecto. El presidente de la Junta consiguió el sufragio de uno de cada dos ciudadanos que se acercaron a las urnas, de uno de cada cinco adultos dada la inflación de vértigo, de uno de cada ocho andaluces.

Hay barrios andaluces donde el setenta por ciento de la población adulta se quedó en casa, así que están gobernados muy legítimamente por la decisión de uno de cada diez vecinos, el Gobierno de las minorías. Se hablará con corrección de la delegación del voto de los abstencionistas ante un resultado previsible, pero de ahí a justificar el poder unipersonal sin necesidad de urnas solo va un paso. Para qué votar, si las opciones han de reagruparse como el camión que juntaba en su cuba los contenedores de la recogida selectiva. Además, la votación es un país para viejos.

En el sistema de cada vez más vasos comunicantes, oscilaciones mínimas del voto multiplican su efecto hasta propiciar un vuelco electoral. Un mismo censo acomoda más de una mayoría absoluta por coalición, otra cosa es que los rabiosamente minoritarios puedan optar a la presidencia del Gobierno. Se estrellarán metódicamente contra los acantilados del sistema electoral. De ahí que las microizquierdas y las microderechas en expansión tengan el límite de crecimiento de un arbusto germinado en una de esas vertientes escarpadas.

Por si no se ha captado la pésima metáfora de las colisiones, aventureras intrépidas como Yolanda Díaz o Macarena Olona estrellarán sus veleros contra un sistema concebido para portaviones. El prodigio de Podemos consistió en penetrar la tupida malla de los núcleos de población sin una mínima estructura territorial. Lo peor de los milagros no es que sean falsos, sino que no se repiten.

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