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Diario de Mallorca

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Alex Volney

Un Sant Jordi muy raro

Parece cada año más vivo. Una celebración que de año en año ha ido a más y solamente interrumpida por esta maldita pandemia que parece vaya finalizando. El peor panorama de los libreros es la lluvia o eso creíamos. Si alguien lleva unas cuantas ediciones a sus espaldas ya sabe del tema e incluso prepara gruesos plásticos, desde siempre, aunque haya anticiclón. Pero estos dos últimos años han dejado bien claro que el peor panorama de todos es el de las librerías cerradas y sus libreras y libreros en casa, como en la primavera de 2020.

Hoy hace una semana que la lluvia intentó abortar la jornada. Sí, una espada de damocles, cada año, haciendo sufrir el sector. En Palma, y en Mallorca, se vivieron horas de incertidumbre y desconcierto. Se solaparon las firmas, se reajustaban contenidos y los locales de las librerías se vieron desbordados. Por otro lado, nada comparable con el desastre vivido en Barcelona y muchos rincones de la hermana Catalunya. Allí nuestros colegas no solo no han podido llevar a cabo la Diada en condiciones, han registrado pérdidas cuantiosas. No tuvieron un Sant Jordi normal y hay, en algunos casos, miles de euros (en algunos casos un par de decenas) en libros mojados que las aseguradoras no van a cubrir. Pero lo que queda más claro, aquí y allí, es que los libreros si solermos ir preparados, en el futuro, todavía lo debemos estar más. Aparte del desastre en el Principat y volviendo a Ciutat con el ansia de la recuperación del día también se cernía sobre la ruta del Sant Jordi la contundente respuesta que se iba a producir y se estaba incubando.

Una vez Palma bajo la lluvia y sus gentes esperando en casa, al cesar la misma y el viento barrer las nubes, con el sol haciendo predominar la esperada postal y el dragón abatido en efecto pendular devolvieron a las lectoras y lectores a sus puestos. Se vivió el gran desborde, masas torrenciales de gente agolpándose en las paradas de libros y también en sus tiendas.

Si la Meteorología hubiese acompañado el trabajo de meses quizás estaríamos hablando de un Sant Jordi histórico. La gente tiene ganas, ya, de girar esa página y de volver a todo aquello que de verdad da placer. Volver a acercarse a sus autoras y autores, a las calles llenas de rosas y libros. Esta fiesta, como Navidad, no puede ser aplazada de ningún modo, como mucho desplazada. Lo van a ver en breve pues el próximo 2023 cae en domingo y esto es algo que otras veces ya hemos vivido y no deja mucho espacio a las especulaciones.

El patrón se impuso una vez más y nos quiso recordar, a todas y todos, que el peor panorama, el peor Sant Jordi es aquel del confinamiento más duro, el de las barreras bajadas, los autores parando, por solidaridad, la salida de sus libros, los editores frenando y esperando que las librerías pudieran volver a abrir. Ése, parece indicar lo sucedido, es el peor de todos los paisajes posibles que no hace tanto hemos conocido y a veces tendemos a olvidar. La solidaridad sectorial iba por zonas y a ratos es cierto, pero el grueso del sector suele latir a diferentes ritmos pero con la misma intensidad en el que se supone que es todo un mismo cuerpo. A pesar de los desastres meteorológicos todo parece indicar que caminamos hacia la anhelada normalidad, ni que sea de la mano de este, tan raro, último día del libro. Próxima estación: Fira del Llibre de Palma. Born 2022. Edición nº 40. Del 27 de mayo al 5 de junio, ambos incluidos.

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