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Diario de Mallorca

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El escritor norteamericano Paul Auster.

Algunos medios ofrecen básicamente imbecilidades, cotilleos y escándalos que van distorsionando la vida real. Este elemento que va destruyendo la normalidad era y es el monstruo contra el cual luchaba y lucha un gran autor. Contra el tópico de luchar ante aquellos que tratan a la gente como imbéciles. El escritor se ponía a disposición de la gente corriente para de su mano volver a recuperar la anhelada vida real. Los oyentes irían enviando sus historias y él prepararía la emisión de radio para expandir esos relatos de Este a Oeste. Alternaría su obra personal con dar forma a ese hecho de narrar tan universal, marcando el músculo social, regurgitando, muchas veces, lo desechable del llamado capitalismo.

Era, cómo no, Vaig creure que el meu pare era Déu o Creía que mi padre era Dios ese fabuloso libro de Paul Auster publicado una semana antes del terrible atentado de las torres gemelas. Hoy ya cuenta ese extraordinario experimento con veinte años de vida. El llamado Proyecto Nacional de Relatos que se llevó a cabo con la National Public Radio y que parece ser cogió impulso, también, por la voz de los puros que había fumado a lo largo de los años. Este brillante personaje sumaba a su talento literario un sonido áspero de garganta y bronquios crónicamente congestionados. Así lo aclaraba, e incluso advertía con sorna, el papel tan relevante de su capacidad pulmonar tan reducida.

Parece ser que su compañera Siri Hustvedt sugirió que sus oyentes enviaran sus propias historias y que Paul seleccionara y las leyera en el programa. Recuerden que cuando salió el libro ya eran estilísticamente suyas.

La condición definitiva era que fuesen verídicas y de sus propias vidas. Auster escogió la idea con entusiasmo buscando erigir «un museo estadounidense de hechos reales». Los oyentes tuvieron total disposición. Podían narrar con toda libertad grandes sucesos o pequeños, muy divertidos o bien trágicos. Las condiciones: no más de tres páginas y que la historia fuese verídica. Cómo se las arreglaron para contrastar o confirmar esa segunda condición sigue siendo una incógnita de poca importancia, dado el resultado literario y la labor de este título a la hora de captar lectores que nunca lo habían sido antes y que con esta obra empezaban un buen cambio en sus vidas.

¿A cuántos juegos literarios no había sometido antes, este escritor, a los lectores? En este que nos ocupa llegó a juntar cuatro mil relatos en el corto período de un año. Argumentaba que aceptó por simple curiosidad: «Quería averiguar si otras personas habían vivido experiencias similares a las mías y saber si soy un perro verde o la realidad es tan extraña e incomprensible como yo creía». El proyecto adoptó dimensiones de auténtico artefacto filosófico, realmente como toda la obra de Paul Auster desde El cuaderno rojo y La invención de la soledad a los irrepetibles Brooklyn Follies y muchos tantos otros hasta llegar a su última y monumental La llama inmortal de Stephen Crane, e increíblemente habiendo creado un caleidoscopio literario de tal nivel armónico que parece mentira que todavía no le haya sido otorgado el premio Nobel.

El mismísimo autor que en los noventa hizo sus incursiones en el cine, recuerden Smoke & Blue in the face por poner un solo ejemplo. El escritor que había advertido antes que nadie del peligro de una guerra civil en Estados Unidos y bromeado con la independencia de Nueva York. Si usted no había nacido todavía puede disfrutar de un hecho literario en su estado más genuino y natural para volver al mundo desaparecido después de ese principio de otoño maldito, en el corazón de N. Y., esa despedida de un siglo XX coronado por las negras torres humeantes en forma de cruel epílogo sangriento con la mirada angustiada y atenta de gran parte de la humanidad, no toda.

Auster es de los pocos autores que han consagrado, entera, toda su vida a la literatura en el sentido más universal del término. La intensidad de su obra literaria es de una desconcertante magnitud. Y ahora que hace veinte años de ese «experimento», otro más de su eterno juego del azar y de la constatación de lo aleatorio de la vida, cabe recordar con respeto y atención que al ser preguntado por cuál fue el resultado de satisfacer la curiosidad que despertó la elaboración de ese trabajo, cuál fue su conclusión final de toda esa experiencia, terminó por ratificar y de forma muy contundente que «me complace poder informarles de que no estoy solo, el mundo es una casa de locos».

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