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Diario de Mallorca

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Inmigración

La ruta migratoria argelina se asienta en Baleares

Una de las muchas pateras llegando a las islas, reciben la ayuda de la Guardia Civil. PATRULLA DE LA GUARDIA CIVIL

La llegada de migrantes desde el norte de África al archipiélago ha aumentado de forma notable en los últimos años: desde los 199 interceptados de 2018 hasta los 2.400 del año pasado. En 2022 se prevé que las cifras se mantengan al alza, lo que confirmaría el establecimiento de este corredor migratorio.

Ver a una veintena personas corriendo por la pista de aterrizaje del aeropuerto de Son Sant Joan tras escapar de un avión fue algo más que un suceso curioso. Ocurrió el pasado noviembre, cuando un vuelo procedente de Marruecos realizó una parada de emergencia alegando que un pasajero sufría un coma diabético, oportunidad que aprovecharon los algunos pasajeros –todos hombres marroquís y un palestino– para huir. Fue bautizada como la ‘patera aérea’.

Detrás de esta llamativa escena se esconde una tendencia: desde 2018 la llegada de migrantes a las Baleares de forma irregular se ha disparado. Las 199 personas de hace cuatro años se convirtieron en 2.402 en 2021. Según los datos de la Delegación del Gobierno, el año pasado arribaron al archipiélago balear un 64 % de migrantes más que en 2020.

Un aumento que, según los expertos, no va a remitir. Con algo más de medio año cumplido y a la espera de los meses de mayor actividad, en 2022 han llegado a las islas 863 migrantes. Son cifras que certifican el asentamiento del corredor migratorio entre Argelia y Baleares.

No obstante, estos números son solo una aproximación, pues no contabilizan a quienes son interceptados en aguas argelinas o naufragan. El fenómeno migratorio es más grande de lo que parece y seguirá creciendo al ritmo que lo hacen los motivos para migrar, asegura el analista internacional Raouf Farrah. A la crisis económica, social y política argelina se le suman ahora un alto desempleo y la subida de precios a nivel global.

Finalmente, los fugitivos fueron detenidos y se certificó que el presunto enfermo no tenía ninguna dolencia. El suceso no se ha repetido y el Mediterráneo sigue siendo la principal vía empleada por los migrantes, en su mayoría argelinos, para llegar hasta las Baleares.

Una ruta con historia

Unos 270 kilómetros separan las playas de Argelia y la isla de Cabrera, uno de los puntos del archipiélago que más pateras recibe. Esa cercanía es uno de los diversos factores que ha activado una ruta migratoria en la que los argelinos son mayoría. Pero hubo una época en la que los papeles estuvieron invertidos. Siendo Argelia una colonia francesa (1830-1962), numerosos ciudadanos baleares, especialmente menorquines, emigraron al país norteafricano huyendo del hambre, la falta de oportunidades y los estragos causados por la guerra civil española.

“Todos migran en busca de prosperidad, pero existen algunas diferencias”, puntualiza Antoni Marimon, profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de las Illes Baleares y autor de la investigación ‘El sur también existe. Las relaciones migratorias entre las islas Baleares y la Argelia francesa’. “La inmigración balear siempre fue organizada y la argelina es a la desesperada, irregular, emplea embarcaciones de cualquier tipo y en ocasiones mediante conductas delictivas. Durante y tras la Guerra Civil sí que había migrantes baleares que salían escondidos, pero nunca al nivel de los argelinos ahora”, prosigue.

Sin embargo, Marimon admite que las causas –hambre, pobreza– y el desprecio al recién llegado se repiten. “Los baleares eran vistos como mano de obra barata y ahora tampoco tenemos una concepción muy positiva de la población argelina”, dice. Aunque Baleares apenas conserva lazos con una Argelia que ahora es “social y políticamente muy distante”, el flujo de sus ciudadanos sigue tejiendo una red invisible entre los dos territorios

Desde 2020, y especialmente a partir del pasado verano, la presión migratoria sobre Baleares ha aumentado de forma notable debido al establecimiento de nuevos puntos de salida entre Tipasa y Dellys, ciudades más cercanas a las islas. Según la Comisión Europea, el afán de las autoridades argelinas por desmantelar las redes de tráfico de migrantes que operaban en la proximidad de Orán ha provocado que se abran estas rutas alternativas.

El camino

Ser un harraga –«aquellos que queman» las fronteras, en arábico– es la única opción para muchos argelinos. Se debe a una mezcla entre la falta de perspectivas, la pobreza, el malestar social y el hastío de una clase política que, según Raouf Farrah, sigue trabando el desarrollo del país más extenso del continente africano.

Uno de los factores a tener en cuenta es la juventud de su población. “Cerca del 60 por ciento tiene menos de 35 años”, esgrime Farrah, “y hay miles de jóvenes que tras acabar sus estudios se tiran años sin encontrar trabajo”. Tampoco ayudan, explica, las trabas de los países europeos para obtener visados, que provoca que sientan que la migración clandestina es la única puerta que les queda abierta.

De todos modos, el perfil de los harraga se ha diversificado mucho en los últimos años. “Hace una década los migrantes argelinos eran jóvenes desempleados, pero ahora también vemos a madres con sus hijos, hombres adultos, jóvenes con doctorados”, prosigue. A pesar de que han notado un ligero aumento de mujeres y menores, fuentes policiales confirman que la amplia mayoría de los argelinos que llegan a las Baleares siguen siendo varones jóvenes.

También influye la desilusión por la ausencia de resultados del Hirak, un movimiento de protesta pacífica prodemocracia nacido en 2019. Pese a la caída del expresidente Abdelaziz Buteflika, las posibilidades de poder labrarse un futuro son incluso menores. Son algunas de las razones que empuja a los argelinos a emprender el viaje.

La actividad migratoria se reparte entre los 1.200 kilómetros de costa argelina. El corredor más directo, que une Orán con Almería y Murcia, sigue registrando la mayoría de las salidas, pero ya no es la única vía abierta. En los últimos años, ciudades como Dellys, Boumerdés, Tipasa y Argel han ganado protagonismo en la ruta. “Tradicionalmente los lugares que registraban más actividad eran las que se sitúan en los extremos: Annaba al este y Orán al oeste. Las nuevas regiones con movimiento de migrantes están más alejadas de las costas europeas, pero se encuentran justo en frente de las Balears”, explica el investigador argelino.

Rutas migratorias entre Argelia y España. Fuente: Delegación del Gobierno / DDM

Partiendo de estas localidades y con una meteorología favorable, 20 horas son suficientes para alcanzar la costa, aunque depende de la fórmula escogida para emprender el camino. Hace años había grupos de argelinos que emprendían la ruta hacia Europa por su cuenta. Hoy los viajes están monopolizados por múltiples y pequeños grupos organizados.

Los passeurs –como se conoce a los contrabandistas de migrantes– pueden cobrar tarifas de hasta 3.000 euros a cada pasajero, dependiendo del tipo de embarcación y de los ‘extras’ que incluya el viaje. “El precio dependerá de si el barco es de madera o goma, de cuántos caballos tenga el motor, de si incluye comida, agua y combustible de repuesto y del número de personas que viajen”, incide Farrah.

Fue precisamente en Boumerdés, su ciudad natal, donde comenzó su viaje Abdou, un argelino de 37 años que prefiere no dar su apellido. Con mujer y dos hijos, se quedó sin empleo y comenzó a tener problemas económicos. Pidió dinero para alimentar a su familia durante meses, hasta que no vio otra posibilidad que salir de Argelia. “Quería tener la oportunidad de trabajar, devolver lo que debía y volver a mi país”, relata. Llegó a Mallorca en octubre de 2019 por la costa sur, cerca de Cabrera.

Abdou pagó 350 euros y le hicieron un hueco de última hora en una patera. Pocos días después, de madrugada, él y otras doce personas –once migrantes, uno menor, y el patrón de la embarcación– emprendieron un viaje que duró un día. Acabaron en Mallorca, pero no era su objetivo. “La idea era viajar hasta Alicante, pero encontramos mala mar en el camino y cambiamos el rumbo. Estuvimos cerca de volcar cinco o seis veces. La gente tomaba pastillas para dormirse, pero yo iba despierto. Lo pasé muy mal”, cuenta.

Los patrones de las pateras son una pieza importante de las mafias que trafican con migrantes. O así lo cree la Policía Nacional. “Detenerles es uno de nuestros objetivos principales, para limitar la llegada de migrantes. Les necesitan para hacer la travesía y si no tienen quien maneje la embarcación se lo pensarán más”, indica la fuente de la brigada de extranjería y fronteras. El pasado viernes detuvieron a cinco patrones como presuntos de un delito de favorecimiento a la inmigración ilegal, así como a un encargado de recaudar el dinero que deben pagar los migrantes. Cuatro de ellos han ingresado en prisión.

Pese a todo, estos grupos siguen actuando con cierta impunidad. La falta de cooperación entre las autoridades, la dificultad de establecer conexiones entre los traficantes y sus colaboradores en territorio español y la compleja estructura de las organizaciones dificultan la investigación de estas estructuras y su desarticulación.

La llegada

Durante los meses de verano, el goteo de embarcaciones que llegan llenas a las costas baleares es incesante. Sin ir más lejos, la pasada semana llegaron, en apenas 24 horas, 123 migrantes a bordo de siete pateras. Es un ritmo insostenible para las fuerzas de seguridad. Durante el verano pasado varios sindicatos policiales denunciaron la falta de recursos, infraestructuras y efectivos para poder atender en condiciones humanas a los recién llegados.

Faltaba un espacio donde alojarles durante el plazo máximo de 72 horas en el que la ley exige que se identifique al migrante y que un juez decida entre su ingreso en un centro de internamiento, para su posterior devolución, o su puesta en libertad. Chechu Enrique, secretario provincial del sindicato policial JUPOL, fue uno de los que denunció la falta de recursos: “Los calabozos tienen un aforo limitado y tuvimos que meter a decenas de migrantes en garajes, como el de la Jefatura Superior de Policía de Palma, con lo mínimo e indispensable para que descansasen”, explica.

Enrique es poco optimista de cara a esta temporada estival. “Las pateras van a llegan y seguimos igual que el año pasado, no hemos mejorado en nada”, expone. Desde el sindicato exigen la puesta en marcha de un protocolo operativo específico para abordar la migración irregular en Baleares.

Para evitar imágenes como las del anterior verano, este año se ha habilitado el antiguo cuartel de Son Tous para registrar y atender a los migrantes que lleguen a Mallorca. Pese a que su apertura estaba prevista para finales de julio, sigue inoperativo. Dispone de 15 módulos con capacidad para 150 personas, ampliable hasta 200 de forma temporal. Pero puede que se quede pequeño antes de estrenarse.

Durante la época más dura de la pandemia, con las fronteras cerradas, la devolución de migrantes se detuvo. Y ahora, tras la crisis política entre Argelia y España desatada por el apoyo del Gobierno al proyecto de soberanía marroquí del Sahara Occidental, se ha vuelto a interrumpir. “A raíz de esto Argelia no autorizan las devoluciones, lo que en la práctica es como si hubiesen vuelto a cerrar las fronteras”, alerta la fuente de la brigada de extranjería y fronteras. “El aumento de llegadas del año pasado se debió, en parte, a que los migrantes sabían que no tendríamos otra que dejarles en libertad. Por eso estamos convencidos de que se van a repetir las oleadas”, vaticina.

En esa línea, el investigador Raouf Farrah considera que Argelia, como posible represalia hacia España, puede que este verano sea más permisiva con la salida de migrantes, dejándoles llegar hasta aguas internacionales sin detenerles. “Pero no creo que suceda como con la entrada masiva de migrantes desde Marruecos a Ceuta”. Se refiere a lo sucedido en mayo de 2021, cuando cerca de 10.000 personas entraron de forma ilegal en la ciudad autónoma, como respuesta a que España atendiese al líder del Frente Polisario, Brahim Gali. “Los argelinos no tienen la tradición de instrumentalizar a sus migrantes, de usarlos como armas. Podría pasar, claro, pero creo que la probabilidad es muy baja”, augura.

Abdou,argelino de 37 años, lleva ya dos años en Mallorca.

La acogida

Tras navegar hacinados durante horas, el estado físico y psicológico de los migrantes al llegar a las costas de las Baleares no suele ser óptimo. Cuando las fuerzas de seguridad localizan a una patera, alertan al equipo de ayuda humanitaria de la Cruz Roja, que acude para dar una primera asistencia.

“Organizamos un equipo de respuesta inmediata formado por el grupo de gestión y voluntarios”, explica Marga Morcillo, la responsable de ayuda humanitaria de la ONG en Baleares. “Tenemos tres objetivos: la evaluación sanitaria, que es el más importante; la atención humanitaria, que consiste en la cobertura de necesidades básicas; y la identificación de los perfiles vulnerables”, prosigue.

Los migrantes más frágiles, según el criterio de Cruz Roja, son aquellos que provienen de países de África subsahariana. Aunque llegan en menor número que los argelinos, lo suelen hacer en peor estado de salud. “Llevan mucho más tiempo de viaje, incluso años. No solo tienen que llegar desde sus países hasta Argelia, si no que muchas veces malviven allí durante años antes de poder cruzar el Mediterráneo”, dice Morcillo.

También lo son las mujeres y los menores, unos perfiles que la trabajadora de Cruz Roja confirma que cada vez son más frecuentes. “A estas personas las atendemos de forma prioritaria, para que los trámites con la Policía sean más rápidos y puedan ser derivados a un centro o, en el caso de los menores, donde la Fiscalía determine”, añade.

El objetivo de la mayoría sigue siendo llegar a Francia, aunque cada vez son más los que deciden instalarse en España. No obstante, en Baleares pocos permanecen: según los datos del Instituto Nacional de Estadísticas, en 2021 el archipiélago era la décima comunidad con mayor número de población argelina.

Uno de esos pocos es, precisamente, Abdou. Su idea era saldar sus deudas y volver a Boumerdés, pero consiguió un permiso de trabajo y lleva más de dos años encadenando empleos en Mallorca, principalmente en el sector de la construcción. Quiere dejar la obra, pero hay veces que no le queda más remedio. “Como estoy aquí para poder mandar dinero a mi familia, pues lo hago. Pero soy joven y no quiero trabajar de peón toda la vida. Lo bueno es que en Palma, por el turismo, hay más oportunidades”, dice.

Abdou alquila una habitación, aprende español, trata de mantener a su familia a distancia. Cada cinco o seis meses vuelve a Argelia a verlos, la última vez a principios de mayo. Ahora lleva dos meses trabajando como intérprete de árabe para una empresa que da servicio a la Policía Nacional y a los Juzgados. “No es un trabajo fijo, hay semanas que las trabajo enteras y otras en las que no tengo nada. Eso es un problema”, se lamenta.

Otro de las dificultades a la hora de encontrar un empleo, dice, es la discriminación. Baja la mirada cuando recuerda la cantidad de entrevistas de trabajo sin respuesta. “Por algún argelino que delinque ya nos tachan a todos. No me dan ni la posibilidad de estar a prueba unos días, cuando me preguntan la nacionalidad muchas veces no me vuelven a llamar. Y me duele”, apunta. De cualquier modo, ha decidido que su sitio y el de su familia está en Palma: “Mi idea es traerlos, voy a hablarlo con un abogado para que me ayude con los papeles. En Argelia no hay futuro”.

Imagen de otra patera llegando a Cabrera durante los últimos meses. GUARDIA CIVIL

Los que nunca llegaron

Si importan los que llegan, también debería hacerlo aquellos que no lo consiguen. Según el recuento del Centro Internacional para la Identificación de Migrantes Desaparecidos (CIMPIMD), solo en 2021 desaparecieron 82 personas –un eufemismo que muchas veces lleva detrás la palabra muerte– cuando navegaban rumbo a Baleares y se certificó el naufragio de otras 55. Llevan el recuento gracias a una red de colaboradores tanto en los países de origen como en España y al contacto con las familias de los migrantes. En lo que va de año, dos pateras han naufragado y un cuerpo ha sido recuperado. La presidenta del CIPIMD, María Ángeles Colsa, alerta: el aumento de llegadas que las islas han registrado en los últimos años significará un incremento de las desapariciones.

Aunque la ruta argelina es de las menos mortales del Mediterráneo, no por ello carece de riesgos. El principal es la meteorología, que puede provocar que embarcaciones sobrecargadas acaben volcando. “Las pateras suelen tener entre cinco y ocho metros de eslora, son pequeñas. Entre la quincena de personas que van, sus efectos personales y los bidones de gasolina, cuando llega una ola más grande de la cuenta se caen. Además, no llevan chalecos, ni teléfono satélite, ni brújula, que salvarían muchas vidas”, explica. No obstante, dice que las embarcaciones que suelen usar los migrantes argelinos son ligeramente más seguras que los cayucos empleados en África occidental.

El proceso para determinar las desapariciones puede alargarse hasta un año. Cuando las familias de los migrantes no tienen noticias suyas en dos o tres días y sospechan que el mar puede habérselos tragado, se ponen en contacto con el CIPIMD. Inmediatamente se comunica la posible desaparición a Salvamento marítimo, que realiza una batida para ver si localiza la embarcación. En el caso de encontrar sus cuerpos sin vida, se reconstruye la patera. “Fotografiamos los cadáveres y sus efectos personales. Con ellas elaboramos un informe que se entrega a las familias. Si son identificados, lo comunicamos a la Policía Judicial”, cuenta Colsa.

Aunque tengan la confirmación de que se trata de su familiar, deben certificarlo mediante una prueba de ADN. Si el cotejo es satisfactorio, el caso pasa a manos de un juez que debe decretar la repatriación del cuerpo. Al fin y al cabo, dice Colsa, ese es el fin último de la organización: ayudar a las familias a que puedan enterrar dignamente a sus seres queridos en sus países de origen.

Pese a que necesitan a la administración de su parte, no siempre reciben su ayuda. “Si no les interesan los vivos, imagina los muertos. Hay poca colaboración en general, pero en Baleares es nula”, denuncia. “La información que tenemos es gracias a los agentes y forenses que empatizan con las familias de los desaparecidos”, lamenta.

Pese a todo, Colsa cree que existe algo más efectivo que una embarcación en condiciones y un chaleco salvavidas para evitar la muerte de los migrantes en el mar. “Es utópico, pero lo importante sería una política migratoria que no cerrase las puertas y menos restrictiva en la concesión de visados”, propone.

Aún con la labor del CIPIMD, los datos reales de las desapariciones son una incógnita. “Es imposible conocer cuántas personas desaparecen en el Mediterráneo. Los datos no valen como referencia, pero sí son una buena aproximación”, sentencia Farrah. El Mediterráneo es un mar, un corredor migratorio. También una tumba.

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