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Eduardo Jordà

Vida bucólica

Cuando terminó el confinamiento provocado por el covid, mucha gente se trasladó a vivir a una zona rural con la esperanza de llevar una vida más tranquila y saludable (¡y barata!). Gracias al teletrabajo, ahora era posible vivir en una aldea perdida y continuar con la vida laboral como si nada. Así que de repente empezamos a ver entrevistas con gente más o menos famosa —actrices, artistas, músicos— que nos confesaban lo felices que eran desde que habían abandonado la gran ciudad y se habían instalado en una aldea de 38 habitantes (tres de ellos humanos, el resto cuadrúpedos). Uno, que es de natural escéptico, se preguntaba cuánto tiempo durarían estos nuevos conversos viviendo tan felices en su aldea perdida. Tengo un amigo guatemalteco que se instaló en el corazón de la selva del Petén con la esperanza de vivir en medio de la naturaleza salvaje. Un día, a los pocos meses de llegar, empezó a oír unos bramidos que parecían surgir de un altavoz: "¡Despierten, pecadores! ¡Arrepiéntanse, blasfemos hijos de Satanás!". Una iglesia evangélica con su correspondiente predicador se había instalado a medio kilómetro de su "ranchito". Poco después apareció un misterioso aeródromo en mitad de la jungla. Y a las pocas semanas llegaron los narcos.

Por mi corta experiencia, la vida en un lugar apartado no suele ser especialmente gratificante. La llevas bien si sabes que estás de paso, pero si vas a pasar todo el año en ese lugar perdido, te entra una especie de claustrofobia que no te abandona y que va empeorando. Es cierto que vives en un lugar muy hermoso, pero hay un momento en que tu mente te dice "no puedo más". Amo la costa de Sligo, en Irlanda, donde pasé un verano lluvioso y feliz, pero recuerdo con algo parecido al terror las largas noches de lluvia y los alaridos del viento que llegaba del océano. Vivíamos encajonados entre el Atlántico —un Atlántico que parecía un borracho particularmente hosco y violento— y una montaña con forma de túmulo que se elevaba por detrás de la casa. Una noche de tormenta llamaron a la puerta. No teníamos vecinos en varios kilómetros a la redonda, así que fui a abrir, como suele decirse, con el corazón en un puño. Me encontré con una figura oscura, acurrucada bajo la lluvia, que llevaba una guadaña en la mano. Era imposible saber si el desconocido era hombre o mujer, joven o viejo, porque se cubría la cara con la capucha de un chubasquero. Un desconocido que se tapa la cara y que tiene una guadaña en la mano no es la clase de persona que uno invita cortésmente a entrar en una noche de tormenta. Por suerte, el desconocido se quitó la capucha. "Hola, soy Leland", me dijo, al tiempo que me enseñaba unos peces que colgaban de un hilo y tiraba la guadaña al suelo.

En ese momento reconocí a nuestra vecina, una escritora que vivía a dos o tres kilómetros en una bonita casa con las ventanas pintadas de azul claro y una cabra en el patio (y que durante breves días fue mi profesora de gaélico). Leland nos había traído las caballas que aquella tarde había pescado su hijo. ¿Y la guadaña?, le pregunté cuando nos sentamos frente a la chimenea. "¿La guadaña? Ya que venía hacia aquí, aproveché para segar la hierba en el prado de los McSweeney". Era una noche de perros, llovía a cántaros, hacía un frío invernal (pese a que estábamos en agosto), pero nuestra vecina se había venido andando desde su casa y había aprovechado la oportunidad para cortar la hierba de los McSweeney. A oscuras y con una guadaña, como en un relato de Stephen King.

Los paraísos rurales existen, claro que sí, sólo que hay que ser muy fuerte para soportarlos. Recuerden el consejo que le dio Gertrude Stein a Robert Graves cuando este le contó que pensaba instalarse en Mallorca: "Mallorca es un paraíso… si puedes soportarlo". Hace poco, la película As bestas provocó una polémica en Galicia por el retrato tan crudo que hacía de la vida en una aldea perdida de las montañas de Ourense. Todos los que nos hemos criado en una ciudad tendemos a mitificar la vida rural, cuando la realidad suele ser muy distinta de esa imagen bucólica que nos hemos fabricado. Hace muchos años, varios amigos nos fuimos a vivir a un caserón situado a las afueras de Biniaraix, en medio del campo. No llevábamos mucho tiempo residiendo allí —un mes o dos— cuando una madrugada de invierno oímos unos ruidos extraños que llegaban del exterior: risas, pasos, golpes secos, más risas, más pasos. Al cabo de un rato los ruidos se apagaron. A la mañana siguiente, cuando íbamos al trabajo, nos encontramos un bulto muy raro encima de la Vespa que teníamos aparcada delante de la casa. Cuando nos acercamos, vimos que era un bulto viscoso que se desparramaba sobre el sillín. Eran los intestinos de un cordero recién arrancados del animal. Nunca supimos por qué nos los habían dejado allí ni a quién iban dirigidos. Nunca supimos si eran una amenaza, una broma o un aviso por algo que habíamos hecho, pero que ninguno de nosotros sabía qué podía ser. No, nunca lo supimos. Lo único que sabíamos es que nosotros éramos extraños en aquel lugar y que se nos quería recordar que éramos extraños y que nunca podríamos olvidar que éramos extraños. Supongo que la imagen de esos intestinos de cordero colgados de una Vespa, en forma de aviso o recordatorio o amenaza, es lo que se suele llamar la hermosa vida bucólica en medio del campo.

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