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Si con algo me quedé de las clases de economía fue con un mantra que se repetía en varios manuales y creo también haberlo leído en alguna camiseta, y rezaba así: «las crisis son cíclicas». Lo cual podría servir para confirmar eso de que los seres humanos somos los únicos animales que tropiezan dos veces con la misma piedra.

Para salir de este bucle yo tengo una idea: la criptomoneda. Los Bonos del Tesoro son cosa de otro siglo, el Estado debe lanzarse a la compra loca y masiva de criptomonedas. ¡Es broma!

Ahora sí en serio. En mi modesta opinión, lo que sí creo que nos puede dar una salida diferente a la situación actual y debería hacer clic para marcar un cambio de paradigma económico y social es sin duda alguna la innovación.

Para empezar a situarnos, unos datos. En España en 2019 se invirtió en I+D el 1,25% del PIB, menos porcentaje que hace diez años. Un ejercicio rápido de política comparada en esta materia contra China, por ejemplo, tendríamos que ésta está invirtiendo en la actualidad en I+D nada menos que un 30% más que hace una década. Los Chinos son hoy los que más están apostando por estas áreas, justo por detrás de Estados Unidos.

A nivel autonómico, pese a los esfuerzos de algunas regiones para impulsar sus partidas innovadoras, todas quedan muy lejos del objetivo del 3% del PIB que señala la Estrategia Europea. Baleares, Canarias junto Ceuta y Melilla están en el vagón de cola, sin apenas llegar al 0,4% del PIB, de acuerdo con los últimos datos que cuelgan del Instituto Nacional de Estadística.

Así las cosas, pero como siempre pasa, los datos no lo dicen todo. En algo no nos estamos fijando del todo bien. Una cosa es apostar por la ciencia y la investigación básica para que se produzcan cosas y otra diferente sería la innovación, que serían nuevas ideas aplicadas que aporten valor.

Ideas y progreso. No se habla mucho de ello así como binomio, tampoco en las macro estrategias globales

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¿Y dónde están estas ideas, dónde las compramos? Para algunos autores las fuentes de innovación con menos peso serían las universidades y los laboratorios de investigación públicos.

Las innovaciones más importantes radicarían dentro de las propias organizaciones (aquí no pensemos sólo en empresas). De este modo la innovación provendría, en primer lugar, de la energía, la imaginación y la cultura local de las personas (que no máquinas) para identificar y resolver problemas.

Esto ya lo observó hace bastantes años el politólogo Friedrich List, quien decía que la riqueza nacional la crea el capital intelectual: el poder de la gente con ideas. Y de aquí podríamos abrir un largo y profundo debate acerca de si nuestro sistema educativo actual, las organizaciones, nuestra sociedad en conjunto fomentan y valoran la generación de este preciado bien llamado ideas. No sé a dónde nos conduciría el debate, pero sea como fuere, como analista político y social tengo mucha certeza que cualquier progreso económico y social depende en última instancia de ideas nuevas que cuestionan el orden establecido proponiendo la posibilidad de cambio y mejora.

Evitemos hablar de modelos y de ideas en general. A mí me interesaría mucho llevar la urgente necesidad de ideas a un plano más social y local. Si lo hacemos, veremos cómo hace falta crear nuevas fuentes de riqueza a partir de ideas. Y es aquí donde la innovación se me antoja esencial para hacer frente a multitud de problemas sociales, que recordemos hemos creado nosotros mismos. Hacen falta ideas para frenar el cambio climático, para mejorar el agua y los alimentos, para progresar en sanidad y educación, para ganar calidad democrática o para producir energía sostenible.

Ideas y progreso. No se habla mucho de ello así como binomio, tampoco en las macro estrategias globales como por ejemplo la Agenda 2030. Y en cambio la innovación y el desarrollo sostenible deberían ser dos caras de una misma moneda.

La idea inicial con la que empezaba este artículo, la de la criptomoneda estatal, era guasa efectivamente, pero detengámonos un instante a pensar críticamente. El dinero, lo que eran antes huesos, piedras o conchas en vez de las actuales monedas o billetes, fue el resultado de una idea, una mera herramienta inventada por el ser humano. Y nuestra forma de pensar hace que la aceptamos como una convención sin cuestionarlo y pensar que hubo otras formas de trueque alternativas. Por cierto, el Salvador se me ha adelantado, y hará apenas un mes que se ha convertido en el primer país del mundo en fijar el bitcoin como criptomoneda de curso legal.

Termino donde empecé, reconociendo que no acabé de entender bien lo de los ciclos y desconozco si en el momento actual estamos en la parte baja de uno, o tal vez nos estamos precipitando cual tobogán hacia un valle árido, para nada verde. No tengo ni idea, sólo sé que no sería mala idea releer a Schumpeter, y sin miedo abrazar la innovación, con todo lo que ello implica, dando por buena su tesis de la destrucción creativa que siempre provoca. De hacerlo, tal vez aprovecharíamos este camino recorrido para romper con viejas tradiciones y crear otras de nuevas. Al fin y al cabo, para ello solo hacen falta ideas.

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