Lletra menuda: El escaparate de la presión humana

Llorenç Riera

Llorenç Riera

Históricamente las atalayas son y están concebidas como un lugar estratégico para observar o controlar cuanto ocurre en la amplia perspectiva que les facilita su ubicación privilegiada. En la costa de una isla como Mallorca han desempeñado una función capital de defensa y prevención. Hoy, cuando las más emblemáticas están presas de la masificación turística, las atalayas han invertido su función. Ya no son un lugar desde donde mirar, constituyen un observatorio para admirar.

En la época del radar y la tecnología sofisticada, las atalayas quedan como patrimonio histórico, pero también son el escaparate de los comportamientos humanos y de forma predominante, de los más descalificables. No puede extrañar que el Ayuntamiento de Pollença decida cerrar de forma indefinida la atalaya de Albercutx. La pregunta es por qué ha tardado tanto en hacerlo. Ha sido un retraso amparado por los dioses de la fortuna y la protección porque, objetivamente, el deterioro de la torre y sus accesos son propicias para una desgracia que, por suerte, no ha ocurrido.

Hace tiempo que ascender al que posiblemente es el mejor mirador de la costa de Mallorca comportaba passar pena, propia y ajena. Hay que decir también que ello obedece en buena parte al comportamiento de quienes camuflan su incivismo entre la masificación. Albercutx no está en condiciones de soportar tal presión.

El Ayuntamiento de Pollença afronta el reto de obtener la complicidad del Consell y reparar un bien patrimonial que debe conservar y dotar de seguridad para devolverlo al disfrute colectivo. Es una tarea que será efímera si no tienen continuidad con el respeto y cuidado de los numerosos y constantes visitantes de la atalaya de Albercutx.