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Diario de Mallorca

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Desmadre en Santa Catalina: Los vecinos empiezan a colgar el cartel de ‘se vende’

Residentes del barrio hartos de los ruidos, del incivismo y los excesos van a dormir los fines de semana a casa de familiares. Otros buscan estrategias para fortalecer el movimiento vecinal con el fin de presionar a Cort «para que haga cumplir la normativa»

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Desmadre en Santa Catalina Guillem Bosch.

«Yo grabé el vídeo donde se veía a una pareja practicando sexo en la calle». Carlos Reina reside en es Jonquet y la semana pasada inmortalizó con su móvil una escena sexual que se produjo justo debajo de su balcón y que se hizo viral. «Fue detrás de la plaza del Vapor, a las 9.30 de la noche. Abajo hay un pequeño parque que se ha convertido en un meadero y un picadero. Ahora que hace buen tiempo hacen botellón cada día», relata. Lo que más impotencia le provoca es levantar el teléfono y llamar a la policía. «No aparecen nunca por aquí», lamenta. «Al agente del barrio ni está ni se le espera, jamás le hemos visto», asegura. Reina tiene tal colección de anécdotas sobre el desenfreno que se ha adueñado del barrio que no sabe por dónde empezar. «Te voy a contar la única por la que vino la poli». Un día, en fin de semana, se quedó abierto el portal de su casa. «Oí un ruido, serían las 4.30 de la mañana. Abrí la puerta y me encontré a un tío de dos metros tirado en el suelo durmiendo el colocón. Le desperté para que se marchara, le dije que no se podía quedar ahí y el tipo se quiso meter en mi casa y se puso muy agresivo», recuerda.

Los sábados son un infierno, asegura. «Yo trabajo en el aeropuerto y cuando me toca turno ese día a partir de las 4 [hora del tardeo] tiemblo porque he de sacar el coche y la gente se te pone por en medio y te increpa», cuenta. «Y aquí no tenemos que darle la culpa al turismo de borrachera, porque es gente de aquí, española, que tienen de 40 para arriba», advierte Reina, que lleva toda la vida en es Jonquet. «Hemos vivido muchas cosas en este barrio y ahora que lo están arreglando tenemos que aguantar esto», protesta.

"Es una guerra perdida: David contra Goliat"

«Estoy cansado de luchar, en esta zona somos los de siempre los que denunciamos este desmadre. No somos muchos. El resto que tiene casa aquí son extranjeros que no viven todo el año y no quieren problemas. Es una guerra perdida. Es como David contra Goliat» reflexiona. «Yo tengo un alquiler social, podría vivir aquí muy bien, pero no quiero. Con todo el dolor de mi corazón, en cuanto pueda me marcharé. Estoy resignado. No creo que el Ayuntamiento haga nada. No lo ha hecho en quince años. No sé por qué han puesto aquí unos carteles que advierten de que no se puede hacer ruido a partir de las 12. Han derrochado el dinero porque es pura pantomima», denuncia.

«Nos están echando del barrio. La primera patada fue la especulación urbanística. No todos nos hemos podido pagar una casa aquí. El 70% de los inmuebles de esta zona está en manos de capital extranjero. La segunda patada es este incivismo, este ruido, este desfase diario», señala Reina. «Cuando nos hayan echado a los cuatro desgraciados que quedamos, será cuando Cort actúe contra todo esto», vaticina.

"Esto es peor que Magaluf"

«No pongas mi nombre, ya me han roto los retrovisores y han dejado heces delante de mi puerta», pide otro vecino de es Jonquet. «Esto es peor que Magaluf», exclama. «Está todo lleno de basura, nos tiran botellas a la terraza, mean en la pared de casa y hace un olor terrible», denuncia. Los tapones y el climalit no son suficientes para aislarse. «El problema es que no tenemos fuerza vecinal. Hemos hablado con abogados y nos lo han dicho. Deberíamos poder hacer una campaña como la que hicieron en el Molinar con el Port Petit y conseguir muchas adhesiones para presionar», expone. «Los sábados tenemos fiesta durante todo el día: empieza en el mercado, sigue en el tardeo, a las 17 abren la discoteca, a las 11 de la noche salen todos y se van a Sant Magí y la discoteca vuelve a abrir a las 12 y hasta las 5 de la madrugada. A eso hay que sumarle los pisos de Airbnb que hay, donde hacen fiestas», comenta este residente. «Es Jonquet está protegido y catalogado. ¿Cómo es posible que las instituciones no hagan nada», se pregunta.

José (nombre ficticio) vive en otro de los puntos calientes de Santa Catalina: la calle Sant Magí. «Estoy en el meollo», dice. «Llevo en esta casa desde 2005. Esto era un remanso de paz. Sólo estaban el Diner, La Baranda y algún local más», expone. El problema principal de su calle «es la acumulación de gente por el exceso de oferta, se han pasado de frenada», considera. «Luego hay otro grave problema con la ocupación de la vía pública. Nadie controla los metros que ocupan las terrazas. Muchas de ellas no cumplen con las normas», señala. «Según la ordenanza municipal debe haber un metro entre la mesa de un restaurante y el portal. En nuestro caso, la mesa está pegada. De hecho, desde la entrada puedes ver a una persona cenando», asegura. «Lo he denunciado al Ayuntamiento tres o cuatro veces pero nada». También ha hecho llegar sus quejas a la policía con el mismo éxito; es decir, ninguno. «Ahora hay un policía de barrio nuevo, pero sólo trabaja por las mañanas, por la noche no ve lo que es esto».

«El restaurante también ponía la lavadora todos los días a las 12 de la noche. El electrodoméstico lo tienen en un patio interior que da a los dormitorios. A esto súmale que el aparato de aire acondicionado está en ese mismo patio y hace un ruido salvaje porque está roto», cuenta. «Y la salida de humos tampoco va bien y se nota una vibración desde las 11 de la mañana a las 12 de la noche en los dormitorios de la letra A del edificio», explica. «Tengo un decreto de paralización de ese extractor. Vino la policía y se lo paró, pero no lo precintaron. En cuanto la autoridad se marchó, volvieron a ponerlo en marcha», narra desesperado.

José ha intentado hablar con los dueños, «que son italianos», pero no ha conseguido nada. «Ahora se está poniendo un pianista debajo de mi casa y, vale, cinco minutos está bien, pero más es insoportable», subraya. «He llamado a la policía y me han dicho que vendrán cuando puedan, pero que los fines de semana son menos. Aquí sólo se vio policía durante la pandemia, que es cuando se nos dio un respiro a los vecinos», destaca. «En ese mismo local ahora sacan un portátil y un bafle a la calle y sirven copas. La música se escucha fuerte en el salón de mi casa», denuncia.

Las noches de José son muy complicadas desde hace siete años. «No decimos ‘no’ a todo el ocio, lo que pedimos es que sea ordenado y compatible con la vida de los vecinos».

Este residente en Santa Catalina asegura que está abatido ante la inacción de la Administración. «Mi mujer me ha dicho que otro verano así ya no lo vuelve a pasar. Y por eso nos vamos. La semana pasada puse el piso a la venta», confiesa. «Yo no me voy, a mí me echan, esta es mi sensación», añade. «Odio el barrio, no volveré más, ni a cenar. Ha perdido todo su encanto».

Amenazas en el buzón

José insiste en que no se conozca su verdadero nombre. «Después de todas las denuncias que puse, me pincharon las ruedas del coche y me dejaron una nota en el buzón con una amenaza: ‘Ahora te toca a ti’». Los vecinos de su finca están cansados también de los desperfectos en el portal y en la puerta del parking. «Una noche un gamberro cogió todas las alfombras de los pisos, se coló en el aparcamiento e hizo un fuego con ellas», recuerda.

Juana, 31 años, utiliza tapones para dormir. Su piso está en una vía paralela a Sant Magí. Vive encima de un restaurante que pone música todas las noches. El pasado marzo puso una denuncia en Sanidad. Acaba de poner otra en Actividades «porque han montado una terraza en el patio interior cuando está prohibido». Cuando Juana llama para preguntar cómo están los expedientes de sus denuncias le contestan desde el Ayuntamiento que no le pueden dar información. «Ante esta situación me voy a dormir los fines de semana a casa de mis padres», comenta. «Los que pueden se van a su segunda residencia, es el caso de otro vecino que vive enfrente del Brooklyn», agrega. «Pero no todo el mundo tiene esta posibilidad. Una de mis vecinas acaba de poner su casa a la venta porque ya no puede más y dice que no se siente segura». Otra residente, muy activa en la Associació Veïns Barri Cívic de Santa Catalina -entidad que retoma sus campañas combativas-, asegura que hace poco se han ido otras cinco familias. «Esto está empeorando y la ley Negueruela, la que se aprobó en 2020 contra el turismo de excesos y que está muy centrada en Platja de Palma y Magaluf, está provocando un efecto llamada hacia nuestro barrio. En Fàbrica [donde las terrazas se han engullido literalmente la calle] estamos empezando a ver hooligans con mesas llenas de jarras de cerveza. Este es el verano que nos espera». 

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