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Rosa Ribas

Rosa Ribas

Escritora

Los muertos ajenos

Que una persona muera casi centenaria no es sorpresa, pero aun así la muerte de Angela Lansbury me apenó

Aunque pasó ya hace mucho tiempo, concretamente en 1989, recuerdo todavía la muerte de Fernando Martín en un accidente automovilístico. Y la recuerdo porque alguien de mi familia lloró su muerte, algo que entonces me pareció por completo inexplicable. ¿A qué venía esa tristeza? Por supuesto, era trágico, era muy joven, tenía solo 27 años. Pero ¿a qué se debían las lágrimas por un jugador de baloncesto del Real Madrid? Ni era un ídolo deportivo en casa ni era de nuestro equipo ni recuerdo que nos cayera especialmente bien, más bien lo contrario.

Si lo pienso mejor, no recuerdo la muerte de Fernando Martín por él mismo, sino por esa congoja por un muerto ajeno. Y si la recuerdo es porque creo entenderla un poco más. No era Fernando Martín, sino lo que su muerte representaba. La muerte de alguien tan fuerte, grande y joven, despertaba la conciencia de la propia fragilidad, provocaba el desconsuelo de la irreversibilidad, tal vez el futuro que se le había escapado al baloncestista hablaba de las propias oportunidades perdidas.

El duelo por los muertos ajenos es el duelo por lo que fueron y simbolizaron.

Actores que fueron nuestros amores platónicos, autores venerados, personajes que nos importaron, pero que desaparecieron de nuestra vida y a veces, muchas veces, solo reaparecen porque nos ha llegado la noticia de su fallecimiento.

Aunque pueda sonar algo morboso, de vez en cuando miro en internet para comprobar que algunas de esas personas siguen con vida. Son escritores, actores, cantantes, presentadores de televisión… que ya tienen lo que se suele decir una edad. No publican mucho o no hay nuevos discos o películas y por eso mismo, de vez en cuando, necesito comprobar que siguen ahí, aunque ya no hagan aquello por lo que los admiro, los necesito vivos, presentes. Me tranquiliza, me consuela saber que siguen ahí, en alguna parte, vivos. No los conozco en persona, pero su muerte me deja un vacío, una especie de orfandad.

Una de esas personas era la actriz Angela Lansbury, que murió este pasado 11 de octubre a los 96 años, la protagonista de una serie tan viejuna como eterna como es Se ha escrito un crimen. Ella era Jessica Fletcher, que, más que escritora de novelas de misterio, parecía el ángel de la muerte, pues siempre había un asesinato dondequiera que estuviera, y que, por supuesto, después resolvía. Es una serie vieja, anticuada, lenta. Adorable. La serie que tienes de fondo en los días de lluvia mientras haces cosas por la casa.

Que una persona muera casi centenaria no es sorpresa, pero aun así su muerte me apenó. No fue así cuando, hace poco más de un mes, murió la reina Isabel II, a la misma edad. Ella representaba muchas cosas que no comparto: la monarquía, sin ir más lejos, una forma de Estado que considero obsoleta en nuestro siglo.

Se ha dicho que Angela Lansbury era una de las últimas representantes de la era dorada de Hollywood, pero no es por eso la tristeza, no solo por eso. Son otras cosas. Era la sensación que transmitía de que todo lo que hacía lo hacía con absoluto disfrute y para que lo disfrutaran quienes la veían. O el hecho de que fuera una persona amable, genuinamente amable. Era, y creo que eso es lo que más me importa, que representa el modo en que me gustaría envejecer. Como la vemos en su aparición con 90 años en el Lincoln Center de Nueva York. Se celebraban los 25 años del estreno de la película La Bella y la Bestia, en un momento del acto aparece Angela Lansbury. Con qué elegancia y aplomo cruza el escenario y se coloca frente al micrófono. Saluda al pianista y empieza a cantar. Al lado, dos jóvenes bailarines vestidos como los personajes de la película bailan un vals, pero ni los vemos. Porque, como a la cámara, solo importa esa mujer que con voz quebradiza canta y disfruta cantando Tale as old as Time, uno de los temas de la película, que ella misma interpretó en la película.

En una entrevista afirmó que lo que quería era confortar y entretener a la audiencia. Escapismo, dirán algunos. Supervivencia, respondo yo. Necesitamos gente que nos entretenga y nos conforte para poder seguir viviendo. Gente, que, como Angela Lansbury, hagan la vida más fácil a los demás. Es gente muy valiosa.

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