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Diario de Mallorca

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Rosa Ribas

Rosa Ribas

Escritora

Una ñapa

La idea de que existen unos universales culturales es algo que no debemos olvidar

Universal. Aunque sea un concepto discutido, la idea de que existen unos universales culturales, de que todos los seres humanos, todas las culturas que los humanos hemos desarrollado a lo largo de nuestra existencia, comparten rasgos comunes, es algo que no debemos olvidar en momentos en los que parece que nos movemos hacia la diferenciación como arma.

Por eso es bueno recordar que hay rasgos comunes a todas las culturas, como el desarrollo de herramientas, de mitos, de hábitos, o por todas las lenguas, como que existen nombres y verbos. Todo lo que nos recuerde lo que compartimos es digno de ser recordado. Y creo, modestamente, que puedo aportar un elemento más que, en mi opinión, merece entrar directamente en la categoría de lo que los antropólogos denominan universales absolutos, porque se encuentran en todas las culturas y épocas. Les cuento:

En otoño del año pasado fui a dar una charla a la Biblioteca de Castilla-La Mancha en Toledo, una biblioteca ubicada en el Alcázar, en lo alto de la ciudad, en el último piso, por lo que se tiene una vista espléndida. Tuve que fijar unos segundos la mirada en la feísima botella de agua de plástico que me habían servido en la cafetería para que el bellísimo atardecer no me provocara una especie de síndrome de Stendhal.

Todo en el casco antiguo de Toledo, cada piedra, cada puerta, cada reja era monumental. Encima, por supuesto, un sedimento de placas de nombres con calles, carteles de tiendas o de tráfico, toldos, farolas, coches, habitantes y turistas, a pesar del cual recorrer las calles con pasmo y sobrecogimiento.

Después de la charla en la biblioteca, fui con los anfitriones y un grupo de amigos a un bar, Jacaranda, del que después supe que es uno de los locales con más solera de la ciudad. Cuando un local está al fondo del recóndito callejón de Dos Codos, la cosa pinta bien. En mi caso fue amor a primera vista, pero lo que convierte un amorío en un gran amor es una buena historia. Y ahí había una.

El ahí es literal, porque la historia estaba en uno de los muros del local. Uno que durante años había quedado cubierto por una pared enyesada y pintada. Por lo visto, siempre había tenido humedades, pero las heladas de Filomena y dos danas seguidas la hincharon hasta el punto de que empezó a agrietarse. En el relato oral, la persona que lo contaba se puso las manos sobre la barriga, lo que a mí me hizo imaginar que detrás, por lo menos, había un alien. Pero no, lo que salió cuando el albañil tiró la pared fue otra pared. Bueno, un muro. En Toledo, como también sucede en Barcelona, ya están acostumbrados a que detrás o debajo de sus paredes y pavimentos haya varias capas de historia, de modo que Ramón, el dueño del local, reconoció de inmediato que ese muro era árabe. Nos contó que por el modo en que estaba levantado: la alternancia de hileras horizontales de ladrillos con piedras unidas por una especie de argamasa, y, de vez en cuando, grandes clavos cabezones como remaches asegurando la estructura. Llamó al Consorcio de Toledo y constataron que el muro era del siglo X.

Así que estábamos tomando quesos y vino al lado de ese muro milenario cuando una de las personas que estaba allí se fijó en que uno de los enormes clavos no había sido metido hasta el final, sino que la mitad había quedado fuera, eso sí, pegado a la piedra con un par de golpes bien dados. «Mirad, una ñapa de mil años», dijo. Si hasta ese momento estaba impresionada por el entorno, pasé a estar conmovida. Al imaginar que, hace más de mil años, un hombre que estaba levantando ese muro en un momento dado se hartó de estar dando martillazos para meter ese clavo. Tal vez tenía hambre o sed. O simplemente no tenía más ganas y, como el capataz no andaba por ahí… Pam, pam. Dos golpes bien dados y el clavo se quedó aplastado contra la piedra. Nadie se dio cuenta. O sí, pero no les importó. O sí que les importó, pero sacarlo constaba ya demasiado. El caso es que esa ñapa quedó ahí por los siglos de los siglos, cubierta durante décadas por esa pared enyesada que solo se rindió a una helada y dos danas.

Ahora todos podemos verlo, una ñapa milenaria. Me parece francamente emocionante y valiosa porque nos demuestra otro de los universales de los seres humanos, otro rasgo que nos une como especie: y es que fuimos, somos y seremos chapuceros.

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