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José Carlos Llop

La no desaparición de Javier Marías

En los años setenta del pasado siglo se renovó la poesía española. Fue a través de la antología Nueve Novísimos, de Castellet, en una doble maniobra. Por un lado, apropiarse del movimiento encabezado por Sanguinetti en Italia con su antología I Novíssimi y por otro purgar su vieja defensa de las teorías –y prácticas– del realismo socialista. Nueve Novísimos fue un gran acierto y cuando el tiempo pase y nada quede de nosotros, es más que probable que esa antología permanezca, cosa que no creo que ocurra con las que realizó al alimón con Joaquim Molas, que de servir, servirán como mapa meramente orientativo y desfasado.

Con la novela no pasó lo mismo y mira que hubo intentos. Los hubo con la mayoría de editores españoles bajo epígrafes y colecciones como Nueva Narrativa, Joven Narrativa española y otros eufemismos que no llegaron a nada. La generación anterior había dado a Juan Benet como tótem y después hubo nombres valiosos –el experimental Julián Ríos, por ejemplo, que quiso trasladar Joyce al castellano– pero nunca cruzaron la frontera del lector más culto y curioso. ¿Quiero decir con eso que no fueron escritores de masas? No. Quiero decir que nunca llegaron a esa franja lectora que todo editor culto busca con sus autores preferidos: aquellos que representan la continuidad de la literatura y no un fenómeno coyuntural. Sólo Juan Marsé se salvó –y nos salvó– de eso. ¿Sólo? No: en compañía de Goytisolo, Juan, y García Hortelano, pero pare usted de contar.

Para eso estuvieron –llegaron más o menos al mismo tiempo– los escritores hispanoamericanos o latinoamericanos, como prefieran. Sigo en los 70. García Márquez, Vargas Llosa, Onetti, Lezama Lima, Mutis y tantos, tantos otros, fueron y representaron el esplendor que aquí no teníamos y se intentaba conseguir. Renovaron la novela en castellano como la poesía de Rubén Darío había renovado y modernizado, décadas atrás, la lengua, poniéndola a la par de los movimientos artísticos europeos. Pero nuestra narrativa, contemporánea a los Novísimos, seguía coja. Para entendernos: Umbral aunque escribiera novelas no era novelista y Cela –sí, CJC– era más vanguardista que los más jóvenes. Pero existía un humus importante: si los americanos del Boom habían incorporado a Faulkner al castellano, Benet había logrado una mezcla particular con la lectura de Proust y de Joyce que está detrás de sus libros: la larga meditación en el transcurso del relato. Y algo tan o más importante aún: su apología del Gran Estilo, tan necesaria después del erial de la berza y –vuelvo a citarlas– las teorías del realismo socialista en la novela y su modernización a través de Luckaks y otros pesados. Porque pesados lo eran un rato largo, tanto o más que el formalismo ruso, que se puso de moda aquellos años.

Pero he citado el Gran Estilo y he utilizado mayúsculas y he dicho meditación y quien de verdad los ha incorporado con absoluta soltura a la novela española del siglo XX ha sido Javier Marías, especialmente a partir de Todas las almas y Corazón tan blanco y de ahí, ya sin parar, a toda su obra posterior. Este enriquecimiento –que es grande– ha producido en nuestra novela y en la suya como nave capitana lo que el profesor Alexis Grohmann llama expansión de la conciencia. Y el ensanchamiento y ramificación de la conciencia narrativa en las novelas de Javier Marías ha provocado también la expansión de la conciencia en el lector. En sus lectores, que han sido y son muchos. Y es precisamente el estilo –que procede y forma parte del Gran Estilo que defendía Benet– el que expande ambas conciencias: la de la novela y la de su lector, por mucho que siempre haya ido acompañado –también en Marías: recuerden la vulgaridad del término angloaburrido de Umbral– de un cierto desprestigio desde su inasequibilidad por parte de los más toscos o incomprensión por parte de los más cenutrios.

Una vez que ha muerto se repite una coletilla que no ha de satisfacer a sus lectores: nos acompañan sus libros y todo eso. ¿Por qué no acompañan? Sí que lo hacen, pero había una exigencia en la compañía de Marías, que él mismo había creado: saber que la próxima aún iba a ser mejor y saber que esa ampliación y profundidad en la conciencia del lector iba a seguir creciendo. Creo que sus dos últimas novelas –Berta Isla y Tomás Nevinson– son sus mejores novelas y he disfrutado de las anteriores y aquí en Diario de Mallorca quedó testimonio de ese disfrute. Pero al cerrar Tomás Nevinson, el pensamiento fue: hasta dentro de tres años y a ver qué maravillosa sorpresa ha de venir, después de ésta, tan esperada. Porque eran esos libros nuevos y por venir, los que nos acompañaban en el vacío. Ahora sabemos que no hay que esperar a que pasen tres, ni cuatro, ni diez años: ese tiempo se ha detenido para siempre. Y buscar el consuelo no en sus libros sino en su afición por los fantasmas –no sólo en narrativa anglosajona, recuerdo que El fantasma y la señora Muir era una de sus películas favoritas– y en su creencia en que todo escritor se parece en algo a la figura del fantasma. Él había escrito: ‘no siempre se deja ver: a veces desaparece o calla durante largo tiempo… No está del todo presente, pero asiste a los acontecimientos, y sobre todo, ronda’. Que así sea, porque así es desde hace dos semanas en las que no estando, sigue aún entre nosotros.

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