Suscríbete

Diario de Mallorca

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Antonio Tarabini

Entrebancs

Antonio Tarabini

Crónicas estivales (1) La inutilidad de lo útil

Hace años mis colaboraciones durante los meses estivales cambian de chip. Dejo reposar mis análisis mejores/peores referidos a las inquietudes que condicionan el vivir y convivir de nuestra ciudadanía, sin dejar de aludir a la política y a sus gestores. Mis Crónicas Estivales pretenden acudir a situaciones con cierto sentido del humor y/o ironía, que directa o indirectamente nos implica.

El título provocador de estas líneas, «La Inutilidad de lo Útil», surge de la coincidencia de tres referencias personales. La primera coincidencia surge de una lectura cuyo título es inverso y complementario al mío, La Utilidad de lo Inútil, escrito en 1983 por Nuccio Ordine y editado por Acantilado. «Uno de los pocos pensadores que se atreve a publicar lo que la gran mayoría silencia por desencantada desidia. En nuestra sociedad se considera útil sólo aquello que produce beneficios. Por eso no nos extraña que, cuando los gobiernos hacen recortes, comienzan por estas cosas inútiles sin darse cuenta de que, si eliminamos lo inútil, cortamos el futuro de la humanidad. El drama que vivimos es: todos los ámbitos de nuestra vida están contaminados por la idea del beneficio y del lucro. Ya no educamos a las nuevas generaciones en el amor por el bien común, por el desinterés, por lo gratuito. Los estudiantes estudian para conseguir créditos y para pagar unas deudas. Este lenguaje no es neutro, demuestra que el lenguaje del lucro domina todas las capas de la vida».

La segunda referencia surgió cuando intentaba poner orden y concierto a mi imposible «estudio» repleto de papeles, cuadernos, apuntes, libros…. Reencontré una maleta repleta de apuntes de mi época de estudiante (1960-70). Entre otras joyas encontré unos apuntes referidos al De Veritate de Tomás de Aquino. Hice memoria. Allá por 1963, estudiaba Filosofía. Me interesaban muy poco los filósofos de la Edad Media, y/o ligeramente posteriores. No me aportaban nada a la nueva modernidad. Mi interés se centraba en los «nuevos» filósofos/pensadores mucho más útiles y comprometidos con nuestro presente y futuro.

Dicho lo cual, un día me citó nuestro profesor de Filosofía, que a través de los archivos de la Biblioteca conocía a que autores había tenido acceso. Evidentemente Tomás de Aquino no constaba. Me preguntó el porqué. «No aporta nada a la sociedad actual». Su respuesta: «¿Cómo lo sabes si ni tan siquiera lo has ojeado». Y, a modo de máxima: «No puedes criticar y descalificar lo que no conoces; lo que consideras inútil puede resultar útil y al revés». Me picó mi amor propio. Durante unos meses dediqué tres horas semanales a la lectura y análisis del De Veritate. No me captó, pero tampoco lo tiré a la papelera. Nada, ni nadie, es absolutamente útil y/o inútil. Y me apliqué el cuento, lo que me fue muy útil. Aprendí a escuchar y dialogar. Y a no querer mi opinión por narices.

La tercera referencia fue pura casualidad. Mientras escribía estas líneas cayó en mis manos el suplemento Ideas del País (3 de Julio 2022). El título me llamó la atención: La Tiranía de la Vida Eficiente. Y su subtítulo: «¿Acaso ya no sabemos estar sin hacer nada?». Y el inicio del texto: «La vida moderna induce a no descansar. Ni del trabajo, ni de las redes sociales, ni de las series siquiera. No nos dejamos en paz ni un minuto». Y añado de mi cacumen: «Il dolce far niente», según algunos, es perder el tiempo inútilmente; pero, según otros ente los que me incluyo, estar tendido en una hamaca con una birra en la mano no es una estupidez, casi es un placer de dioses. No sabemos utilizar la utilidad de lo inútil».

Concluyo con una cuarta y última referencia. En aquella maleta repleta de papelotes también encontré referencia a mi época de profesor en Montesión (1963-1966) : además de enseñarles latín, lengua muerta pero no necesariamente inútil, organizábamos algunas actividades no lectivas, algunas extraescolares,con el objetivo de que conocieran el mundo real. Me voy a referir a dos de ellas.

Vender periódicos en la Plaza de España a puro grito, comprobaban lo difícil que era ganarse la vida. Por aquellos entonces los diarios se vendían en la calle. Ahora han entrado en crisis los vistosos Kioskos, y la prensa se vende en los Estancos, junto al tabaco, juegos de azar…. La segunda actividad fue la de participar en las barcas de pesca profesional. Embarcábamos cada día aproximadamente a les 19 y regresando a las 6 de la madrugada. En medio de la bahía ayudábamos a echar las redes. Después un sueñecillo en la bodega repleta de trastos y algunos animalillos. Los pescadores, jóvenes y no tanto, eran de Cádiz que venían a Mallorca porque ganaban un poquillo más. Al amanecer, subir las redes a mano y rellenar las cajas. Regreso al puerto, y trasladar la pesca a la Lonja. Pesar y vender.

La reacción de las familias de «mis» alumnos no fué homogénea. No fueron pocas las que no entendían la utilidad de tales prácticas veraniegas de sus hijos. Algún padre fue a quejarse a mis Superiores. Pero años después, ya en plenos estudios universitarios, mis exalumnos (no todos sus padres) si consideraron útiles tales prácticas como una primera experiencia real.

«La utilidad de lo inútil» y/o «La inutilidad de lo útil».

Compartir el artículo

stats