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Diario de Mallorca

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Miguel Vicents

Muralistas de cámara

Lo último de la plaga grafitera palmesana , que todo lo invade y ensucia sin ningún sentido ni respeto, es descubrir al Ayuntamiento de Palma como promotor de esa galopante degradación del patrimonio y el espacio público. Un ejemplo: el encargo a un artista urbano para que pinte diez casetas eléctricas de iluminación en el barrio de Pere Garau, como si no fuera posible mantenerlas ni un minuto con su gris, metálica, austera y limpia dignidad funcional. Al fin y al cabo, no fueron construidas para convertirse en lienzo.

Argumenta Cort que el objetivo de la intervención artística es evitar futuras pintadas vandálicas sobre la superficie de esos registros eléctricos. Por eso, de la degradación se ocupan el consistorio en persona y el artista urbano elegido para la ocasión. Palma deberá agradecérselo a los dos algún día.

Pero con ese mismo argumento, el de proteger la ciudad de pintadas vandálicas, Cort se ha entregado a la promoción de un muralismo cuyo resultado se diferencia ya muy poco de las acciones de los bárbaros del espray que han destrozado la ciudad . Ni la torre ni la muralla islámicas del bastión de Sant Pere se libran ya de pintadas.

Recuerdo a una artista con más orgullo y amor propio por su obra que en el año 2005 mandó directamente a paseo al Govern y al comisario del proyecto en cuestión al descubrir que habían decidido colocar una de sus esculturas de gran tamaño pero carácter íntimo en una rotonda de Polígono de Son Castelló. Aunque la operación le reportaba un beneficio económico, prefirió no prostituir el sentido de su obra, que nunca ha sido decorativo. Empiezan a ser muy necesarios más artistas así, que le digan a Cort que si quiere seguir decorando la ciudad no cuente con ellos, que su trabajo es otro.

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