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José Carlos Llop

Grandes éxitos

La grosería del poder se manifiesta en plan bocazas. Bokassa fue un dictador africano que le regaló unos diamantes a Giscard d’Estaing, un día que en vez de desayunarse con varios compatriotas se levantó espléndido. Se hizo coronar en una ceremonia digna de la de Napoleón en el cuadro de David, pasada por la Movida madrileña y el entierro de Tierno con carroza galdosiana. A partir de ahí a Giscard le amargaron su vida política, cosa que no había conseguido ninguno de sus líos de faldas y fueron bastantes. No sé ahora si le acusarían de cosas peor vistas que unos diamantes para la eternidad, pero a partir de ahí también al bocazas –en España y en argot cheli, tan propio de la Movida– se le llamó bokassa y esto también es memoria, aunque no sea histórica.

Lo que no será memoria son las intervenciones de algunos políticos cuando se desatan. Antes, si uno de ellos se ponía estupendo, lo llamaban Castelar, por su retórica y ampulosidad. Ahora, cuando eso ocurre, no hay retórica sino grosería, tosquedad o poco tacto, con lo que implican estas tres cuestiones formales en las cuestiones de fondo. O sea, todo y así vamos: en plan bokassa y en plan Bokassa. Será el calor que provocan incendios y volcanes y aquí unas muestras.

En el incendio de Estepona, al presidente de la Junta de Andalucía se le calentó la boca. No una vez sino varias. Y se le calentó como a un sheriff de Texas, repitiendo varias veces y en distintos escenarios: ‘los cazaremos; vamos a darles caza’. La calentura cinegética le puso al presidente andaluz una cosa lobuna en los colmillos, mientras que las aletas de la nariz se agitaban como venteando sangre. ‘Los vamos a cazar’, insistía. Se refería, por supuesto, a los bárbaros que habían prendido fuego a la montaña, pero bastaba –por sofoco que llevara el hombre– con un ‘den por seguro que los vamos a detener’, o algo así. Y no evocar la caza sureña de esclavos en el Mississippi. Parecía entusiasmado, el hombre con el hallazgo. Se comprende que un incendio de tamaña magnitud pueda hacer perder la cabeza a cualquiera, pero si alguien no tiene derecho a perderla es el jefe de la tribu –por usar una expresión paralela a la suya–. Ahí debe de haber entereza y serenidad, no matonismo. Haga que los detengan pero no busque votos en los bajos instintos del personal cabreado, que luego se pasa de las palabras a los hechos y el contagio es peligroso para quien se contagia, no para quien ha contagiado en origen.

Y algo de contagio hubo porque al cabo de unos días el consejero de Educación de la Junta andaluza aparecía también en televisión hablando sobre los padres que no quieren que se vacune a sus hijos. Y su lenguaje era igual de inapropiado y con una violencia solapada a la busca de complicidades. De entrada hablaba de sí mismo en tercera persona, cosa que antes hacían las vedettes del espectáculo y no siempre. Pero en la época del ego disparado quien más quien menos practica un atutxa. Sí de Bokassa a Atutxa que fue el primero en España, narrando el intento de atentado de eta contra su persona. ‘Iba el lehendakari en el coche oficial por esta carretera…’, decía como si hablara de un tercero y de eso hace muchos años. Y el lehendakari para arriba y el lehendakari para abajo y venga el lehendakari. Y el lehendakari era él y hablaba de él como si fuera otro, en la creencia de dignificarse, supongo, o algo así. Fue extraordinario, como de comedia de Xesc Forteza. Hoy es lo habitual y ordinario.

Como el consejero andaluz de Educación –fíjense en la cartera: Educación– no podía ser menos, se lanzó por el tobogán encantado de hacerlo, a la caza de los que no se quieren vacunar. ‘Este consejero –dijo ante las cámaras y los periodistas grabando con el móvil, marcándose un atutxa– no va a permitir ninguna falta de respeto ni a los alumnos ni a los profesores’. Lo dijo en un tono chulesco y buscando la aprobación y el aplauso de sus colaboradores –técnicos, inspectores, directores de centro– que estaban detrás suyo y sonreían como gazapos ante el conejo de Alicia. Como si no vacunarse –y yo lo estoy– fuera ya no una falta de respeto, sino un crimen de lesa humanidad. Y ‘este consejero’ giró el cuello mirándolos y buscando en esas sonrisas serviles una frase: ‘Marcial, eres el más grande’. Estaba haciendo puntos sobre los que no fían de la apresurada vacuna, estigmatizando a padres y a alumnos y lanzando decretos y policías de la causa contra ellos, ciudadanos con ideas propias –equivocadas o no, pero propias– que según ‘este consejero’ no tienen derecho a tenerlas y si las tienen los vamos a aislar. En fin.

Y entonces llega la ínclita ministra de Turismo, que ya se lució hablando de atentados, machetes, fascismo y no sé cuántas tonterías más por una navajita que abierta no hacía ni el palmo, enviada por un esquizofrénico a su nombre. Y ahora se descuelga con qué bonitos los volcanes, qué inversión para el turismo, mientras los de La Palma ven como la lava se traga sus casas y plantaciones. Espere un poco, mujer. En otros tiempos ya le habrían mandado al motorista pero quizá ella ni sepa lo que significa mandar al motorista. La ministra de turismo evocando Pompeya, qué maravilla, mientras la desgracia se ceba sobre los palmeros, serenos como monjes tibetanos ante las llamas mientras en el ministerio dicen sandeces.

Y estos que ejercen de bokassas no se van, pueden meter la pata y hacer el tonto las veces que haga falta, pero no se van. Por contraste, la despedida de la gran política de este siglo, Angela Merkel, que tantos somos los que querríamos que se hubiera quedado algunos años más, convencidos de que con ella Europa habría estado más a salvo que sin.

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