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Andrés Ferrer Taberner

A pie de isla | Tardeo de soles

Según la RAE, tardear es detenerse más de la cuenta en hacer algo por mera complacencia, entretenimiento o recreo del espíritu. Veraneando de niño en un balneario de una sierra turolense, recuerdo una puesta de sol soberbia sobre los montes erizados de pinos, en la que mi padre, especialista en tardeos, exclamó teatralmente: «¡Qué bonito todo esto, y qué crepúsculo!». Un pastor que lo oyó, más dado a sufrir los rigores del lugar que a contemplaciones ociosas, sin más adornos declamatorios que un eco cavernoso de amargura, dijo: «¿Bonito? ¡Ojalá choquen el cielo y la tierra y no quede ‘na’!».

Si a este pastor, ansioso de cataclismos siderales con que poner punto final a sus penurias, lo pudiéramos resucitar ahora, no saldría de su asombro si viera que los crepúsculos se han convertido hoy día en un espectáculo de masas casi; a su entender, como las corridas de toros (al fin y al cabo, ambos con reguero de rojos).

En efecto, una escena memorable del cielo las puestas de sol. Muy en especial en Ibiza, tan luminosa siempre, donde la despedida de nuestro astro incandescente se ha reducido, en su versión más frívola, a materia de consumo, un espectáculo más del beach club o de la playa supuestamente agreste. El primero, añadiendo además como banda sonora a la coreografía solar su pretendida música; la segunda, su tamborada, hipotéticamente tribal.

Muchas de las playas ibicencas se transforman así en patios de butacas de arena cada atardecer frente al horizonte, ya sea con cóctel en mano, botellón o rosario budista al uso, en el que se representa una única función cada jornada: la caída fulgurante del sol en altamar, su glorioso naufragio diario. Y, por mucho que le aplaudan, que en Ibiza hasta le aplauden y todo como si fuera una estrella musical, el sol se niega a los bises. Las puestas iniciaron el impresionismo en Europa (nadie mejor que el astro rey manejando los colores cálidos con sus pinceles); en la isla, más tarde, el turismo de masas. O al menos lo adornaron de postal idílica.

En la prehistoria más lejana, era un drama, un tirarse de trenzas y barbas, cada vez que el sol hacía del horizonte su tumba. Entonces el hombre reaccionaba lo mismito que los langures de cabeza blanca, unos monos que viven en las montañas de Jiangsu, en el sudoeste de China. De día, su agenda transcurre en absoluta felicidad, fornicio y fruta, pero nada más ponerse el sol y caer la noche viven aterrorizados; se refugian en cuevas y permanecen abrazados aguardando a que la oscuridad pase de largo sin clavarles sus colmillos. A estos animales no les llega las neuronas para filigranas como el fuego, pero al hombre sí y logró fabricarlo de la nada; fue su primer soplo divino. ¿El sol lo abandonaba cada tarde? «Pues adiós muy buenas», hubieran podido muy bien decirle, «feliz viaje, futuro Ra de los egipcios». Con ingenio y manos, y una buena porción de frío y miedo metidos en el cuerpo, el hombre reprodujo el sol a pares en miniatura en forma de grandes hogueras, enseñándole incluso a danzar a paso de viento. Obraba así el milagro de que ‘amaneciera’ cada noche en las cuevas.

Desdramatizadas, pues, las desapariciones del sol cada atardecer gracias al fuego, el ser humano se relajó y comenzó a recrearse con las puestas, bien con fines mágico-religiosos, filosóficos o artísticos, o simplemente por el placer de dejarse emocionar sin más. Desde los pastores a los guerreros, todos se maravillaban. Eran aquellas un imán irresistible. Por ejemplo, en el teatro griego de la antigua Tauromenio (Sicilia), que gozaba de vistas panorámicas inmejorables, los espectadores se divertían a veces más mirando las puestas que algunas de las obras allí representadas (dios, cómo los entiendo).

Los crepúsculos son diferentes entre sí, ninguno se repite nunca: el sol muere cada día de forma distinta, como los buenos actores en escena, aunque la herida sea siempre idéntica, la que compartimos todos: el tiempo. En Ibiza hay tal variedad de puestas como soles en su cielo, cada uno sostenido por una mirada desigual, cual cometas de niño, porque bien dispares son los habitantes de esta isla cosmopolita, y abundantes sus cosmovisiones propias. Pero todos contienen el aliento en la cavidad de sus pupilas y se hermanan en ese instante mismo en que el sol se hace esfera de deseos licuándose en las aguas. Punto final en el mar y en este papel. O puntos suspensivos.

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