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Ramón Aguiló

Escrito sin red | Entre el sermón y la propaganda

Amagaba Sánchez con deslumbrarnos con el fulgor de la España de 2050 que desde ahora mismo empezaba a construir, cuando Mohamed VI envió a sus descamisados (sus soldados, en desgraciada interpretación de Abascal, necio en su ardor guerrero) para recordarle que el presente antecede siempre al futuro. El presente es el apoyo estadounidense a Marruecos; el presente son las maniobras militares conjuntas del imperio y el ejército marroquí, modernizado por aquél; el presente es el reconocimiento por el imperio de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental; el presente es la chapuza diplomática (ahora llamada acción humanitaria) de Arancha González Laya con el dirigente del Frente Polisario, Ghali, ingresado con nombre falso en un hospital español para burlar al espionaje alauita. Crujían las cuadernas de la nave española (los muertos del covid-19 y el agujero negro económico de la pandemia; los parados de los inmediatos Eres; la deuda exterior del 125% del PIB; una Cataluña gobernada (es un decir) por un ejecutivo ensimismado en su delirio y dividido por el odio, la monarquía zozobrando, el emérito anunciando su regreso pese a renovadas investigaciones de Hacienda, y el odio, la omnipresencia del odio guerracivilista entre izquierda y derecha, lejos del compromiso de una España de todos para todos) mientras 150 desconocidos expertos configuraban cómo debía ser la España de 2050. Es decir, el gobierno de Sánchez, incapaz de atajar los problemas del presente, se lanza a una piscina rebosante de propaganda. Puede que algunos pretendan escrutar el futuro; supuestamente con instrumentación presuntamente científica; pero la historia enseña que ésta es tan fiable como el examen de los posos del café o el escrutar las vísceras de un ave. El futuro es siempre impredecible y su pretendida construcción, más allá del incremento del conocimiento, puede dificultar la asunción de los nuevos retos que plantee una realidad siempre cambiante. El reto prioritario es siempre el que plantea el presente, ése que tanto molesta a Sánchez.

Sánchez, necesitado del voto de los independentistas para culminar su mandato y transcurridas las elecciones en Cataluña y Madrid, pretende, mezclando el sermón y la propaganda, hacer que olvidemos una más de sus muchas promesas conculcadas: la de que los condenados por sedición cumplirían íntegramente sus penas. Para ello el ejercicio de prestidigitación debería revestirse de un halo de sabiduría intemporal, ajena a las cuitas y controversias de lo que está condenado a la herrumbre que nunca duerme. En un ejercicio de impostura intelectual y osadía sin precedentes, se remite, sin decirlo, al rocoso, sombrío y sabio lenguaje del Eclesiastés, diciéndole a Casado en el Congreso: «Hay un tiempo para el castigo y un tiempo para la concordia». Para que se interprete que el tiempo del castigo ya ha pasado y que ahora ha llegado el tiempo de la concordia. Es decir, ahora es el tiempo de indultar a los políticos independentistas condenados por sedición. Él se autoerige, asumiendo un papel que no es el suyo, en juez supremo, decide cuál es el tiempo del castigo y cuál el de la concordia. El Eclesiastés, empero, se resiste a ser manipulado por el presidente del gobierno: 2.14: «El sabio tiene sus ojos en la cabeza, mas el necio anda en tinieblas»; 5.5: «Mejor que no prometas, y no que prometas y no cumplas». 10.13: «El principio de las palabras de su boca es necedad; y el fin de su charla, nocivo desvarío».

Para hacer creíble su posición política, Sánchez precisa algo más que investirse de la sabiduría perenne, su impostura es insuficiente, precisa, además, proseguir con su denodado esfuerzo para corromper el lenguaje. Nadie, ni siquiera Rajoy, al frente de un gobierno criminal contra el Estado en la operación «Kitchen» ha llegado tan lejos.

Sostiene Sánchez que la Constitución española fomenta una serie de valores: «Son la convivencia, el entendimiento, y no la venganza o la revancha». Afirma que éstos son los valores que el ejecutivo atenderá cuando llegue el momento de tomar posición respecto a posibles medidas de gracia. Cuando el jefe del gobierno de España adopta el lenguaje de los que quieren destruir el Estado, pues el aserto de que la condena de la justicia española a los golpistas de 2017 es un acto de venganza es del independentismo catalán, es cuando puede pasarnos por la cabeza la idea de que al frente del gobierno español figura un necio que puede poner en peligro la existencia del Estado democrático. En efecto, un Estado democrático, se caracteriza, entre otras cosas, por la división de poderes entre ejecutivo, legislativo y judicial. No parece que el deseo de indultar a los condenados se compadezca con el principio del respeto a las decisiones judiciales. Indultarles, sin ningún argumento que no sea el de apelar a la concordia y al entendimiento, falsos, pues ellos han declarado por activa y pasiva que no están arrepentidos y están dispuestos a volverlo a hacer, es corregir una sentencia judicial firme del Tribunal Supremo. Que el presidente del gobierno califique como venganza y revancha la sentencia de los jueces porque dificulta continuar la legislatura sin sobresaltos es de una gravedad extraordinaria. Que el presidente del gobierno califique de venganza una sentencia judicial es tanto como calificar de acto vengativo el acto de la justicia. Así, deberíamos, según sostiene Sánchez, considerar que todas las sentencias judiciales son actos de venganza y, por tanto, descubrir, de forma inopinada, que cuando creíamos estar viviendo en un país civilizado, como todos los que han renunciado a la venganza personal como reparación del daño causado aplicando el principio del ojo por ojo, diente por diente, dejando la reparación del mal, es decir, de la injusticia, en manos del ofendido y no en un procedimiento reglado y unas leyes, que en esto consiste la venganza, resulta que no, el nuestro es un país bárbaro gobernado por jueces que no aplican las leyes sino su odio vengativo. La conocida falta de escrúpulos de Sánchez alcanza en sus indignas, engañosas y corruptas palabras unas cotas insuperables. Ya puso al PSOE bajo la suela de sus zapatos. Ahora pretende hacer lo mismo con la justicia. La justicia consiste en lo que el poder, él, decide. Dentro de poco querrá tener también a todo el Estado a sus pies. Nunca pensé que viviría bajo un poder tan arbitrario; nunca pensé que consideraría a un presidente del gobierno español como un peligro para el Estado; nunca pensé que Cayo Julio César Augusto Germánico renaciera de sus mortales heridas y nombrara a Tezanus Incitatus presidente del CIS. Vivir para ver.

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