Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Ramón Aguiló

Escrito sin red | Apoteosis de falsos dilemas

Del estéril y enconado enfrentamiento que son las elecciones madrileñas no va a surgir ningún vencedor, gane quien gane

Es preciso apartarnos, aunque sea por unos momentos, del drama que desde hace más de un años vivimos, la necesidad del contacto con la familia, el aislamiento, las restricciones, el temor al contagio, la limitación de las libertades, los efectos no deseados de las vacunas, la destrucción de los puestos de trabajo, la incertidumbre ante el futuro, el drama existencial de los jóvenes sin perspectivas de una vida plena, para denunciar la inmensa frivolidad e irresponsabilidad de una clase política que ha incendiado el espacio público que debería haber estado centrado en el esfuerzo solidario para enfrentarse a la pandemia. La frivolidad de Sánchez, alimentada por su principal edecán, el Rasputín Redondo, ha sido el aleteo de mariposa que ha desencadenado la secuencia de la moción fracasada en la comunidad de Murcia, la también fracasada de Castilla y León, la exitosa del ayuntamiento de Murcia y, finalmente, la convocatoria de elecciones en la comunidad de Madrid, que supone el más estéril y enconado enfrentamiento, del que no va a surgir ningún vencedor, gane quien gane las elecciones. El resultado, negativo, no va a serlo para los madrileños, lo va a ser para todos los ciudadanos.

Si algo ha caracterizado las campañas políticas en España desde el momento mismo en que se convocaron las primeras elecciones democráticas de 1977, no han sido los programas electorales. No se pueden explicar los resultados de cada una de ellas sin recurrir a los planteamientos emocionales, anclados en la izquierda y en la derecha, excepto para estrechas franjas de electores situados en lo que se ha convenido en llamar espacios de centro que, en función de la gestión política han inclinado el fiel de la balanza hacia la izquierda o la derecha. No es pues la campaña de Madrid la primera en la que no cuenta el programa sino los resortes emocionales, pero sí es probablemente la primera en la que esos resortes se hiperbolizan hasta el extremo de que intentan, para provecho de unos u otros, desfigurar la realidad que los ciudadanos pueden percibir, para presentarnos como tal una ficción que nos empareje con los momentos más trágicos de nuestra historia. Esto es, con la atmósfera de enfrentamiento civil de 1936. ¿Cómo no indignarse cuando la derecha del PP, por boca de Ayuso, proclama que lo que se juega en las elecciones es la elección entre comunismo y libertad? ¿Cómo no hacerlo en la misma medida cuando la izquierda de PSOE, Unidas Podemos y Más Madrid anima a escoger entre democracia y fascismo?

La apelación de Ayuso es ridícula porque no estamos ni en los años treinta ni en la guerra fría entre occidente y la Unión Soviética, cuyo sistema totalitario implosionó en 1989 con la caída del muro de Berlín tras el fracaso de su modelo económico y social frente a la economía de mercado de las democracias liberales. La de la izquierda, protagonizada principalmente por Iglesias y UP, aunque secundada irresponsablemente por Gabilondo, no sólo es ridícula, también peligrosamente irresponsable, por la manipulación de significantes como el fascismo que se corresponden con el período histórico entre las dos guerras mundiales caracterizado por el fracaso de las democracias liberales ante el auge de esta ideología caracterizada por otro totalitarismo especular del comunista, que exaltó el nacionalismo, el racismo, anuló las libertades individuales en Europa, incendió el mundo con una guerra que provocó decenas de millones de muertos, asesinó con precisión industrial a seis millones de judíos y también a millares de gitanos, homosexuales y enemigos políticos. Como han manifestado voces judías, no se puede banalizar el fascismo y el holocausto a cuenta de unas cartas con balas dirigidas a Iglesias, Marlaska y a la directora de la Guardia Civil. Primero están las palabras; luego vienen las balas.

Puede ser repugnante el matonismo de alguna gente de Vox, el de Rocío Monasterio en el debate de La Ser, despreciando las amenazas contra Iglesias; pero también lo es el de Iglesias contra Espinosa de los Monteros o señalando a periodistas que le son desafectos. No puedo imaginarme un comportamiento similar por parte de un político de Vox como el general Fulgencio Coll. Iglesias aprovechó para echar gasolina al fuego y presentarse como la víctima propiciatoria del fascismo (de Vox) ante las menguadas perspectivas que su formación alberga. Pero la intención de Iglesias, de convertir la anécdota infumable de Monasterio en una ofensiva fascista para eliminar la democracia es el enésimo recurso fallido de alguien que, haciendo hace algunos años un diagnóstico bastante acertado de algunos de los males que arrastramos, ha sido incapaz de ofrecer propuestas sensatas capaces de conjurarlos. Al revés, no ha ido más allá de proponer alternativas incompatibles con las libertades, ya ensayadas con el resultado del fracaso más absoluto en países como Venezuela, con un régimen asesorado por tales eminencias políticas. Ayuso estuvo acertada diciendo que son muchos los políticos que han recibido amenazas, pero que no es aconsejable reaccionar públicamente a ellas, como ha evidenciado la carta con amenazas a Reyes Maroto cuyo remitente ha permitido identificar a su autor, un hombre que padece esquizofrenia. La aparición de nuevas cartas con balas dirigidas a Ayuso y Zapatero avalan su criterio. Hacerlo, como lo ha hecho Iglesias, revela debilidad, intento de aprovechar el imparable ascenso de la cultura de la víctima y de las políticas identitarias en las democracias liberales. Un ejemplo de tal aprovechamiento fue el atentado contra Mitterrand en 1959, un montaje que le permitió rescatarse a sí mismo.

El insulto de «¡fascista!» fue recuperado por Puigdemont y el nacionalismo catalán para calificar a España de Estado fascista. Ahora por la izquierda. Sirve igual para un roto que para un descosido. Ahora esa izquierda desnortada lo ha empleado para exigir un cordón sanitario contra Vox. Aquí, Més. Armengol, en un rapto de lucidez que la enaltece, lo ha rechazado. Nada que ver con la ciudadanía. Es lo que pasa cuando no hay ni ideas ni programa. Se decía y se dice que la clase política no es más que la representación de cómo es la gente. Nada más falso. Estos falsos dilemas son los trampantojos con los que pretenden engañarnos y posibilitar el acceso al botín del poder. La prueba del nueve de su incapacidad política.

Compartir el artículo

stats