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Pedro Coll

Crispación

La vida es una apasionante sucesión de capítulos y a veces no conseguimos evitar que se repitan algunos que no deberían repetirse

Freetown, Sierra Leona, febrero de 1981.

Freetown, Sierra Leona, febrero de 1981. Pedro Coll

Llegué a Freetown, capital de Sierra Leona, en un vuelo procedente de Banjul, la vecina Gambia, donde el día anterior había vivido una experiencia desasosegante. Estaba cenando en el restaurante de un hotel cuando un residente inglés, que conocía mi nacionalidad, se me acercó, puso su mano en mi hombro y dijo: “Hace unas horas, la Guardia Civil ha entrado en el Parlamento, en Madrid, y ha habido disparos”. Me fue imposible comunicarme con España aquella noche, una noche que fue muy larga. Me prometí que si aquel golpe triunfaba no iba a volver, no concedería una nueva oportunidad a tal incapacidad de convivencia. Al día siguiente, volando hacia Sierra Leona, leí en el Daily Telegraph que el intento de golpe de Tejero y Milans del Bosch había fracasado. Ahora, entre el ruido de sables de militares españoles, dicen que retirados, y el asalto al Capitolio, en Washington, por otra turba de descerebrados, me ha venido a la mente aquel vergonzoso episodio y llevo unos días con la mosca detrás de la oreja.

En aquella ocasión, Freetown me recibió de uñas. En el control de aduana sudé tinta china para evitar que mi equipo de cámaras fuera decomisado por no sé qué razones. Peter, un nativo contratado por mi cliente como experto en aduanas, consiguió solucionarlo por los pelos. Eran las tres de la madrugada y eso acentuaba la sensación de inseguridad. El camino al hotel se hizo interminable. Por carreteras infames circulamos como locos en un viejo Toyota, dando frenazos y esquivando obstáculos. No hubiéramos podido elegir banda sonora más apropiada que aquel Bob Marley que, a todo volumen, era destrozado por los altavoces del vehículo. Embarcamos en un ferry que iba hasta los topes, cruzamos el estuario y entramos en Freetown. Durante un tiempo que no podría precisar estuvimos circulando a través de una ciudad que tenía la apariencia de un infinito bidonville. A pesar de la hora, había gente sentada en las aceras, bajo la luz fría de las farolas de neón. Nadie dejaba de mirar nuestro vehículo, parecía que les sorprendía vernos por allí a aquellas horas. Peter, que iba sentado junto al chófer, me dijo: “Si ahora te dejáramos por aquí, desaparecerías para siempre”.

Durante mis días en Sierra Leona respiré constantemente la crispación del ambiente. Cuando años después se desencadenó aquella guerra fratricida, dominada por un auténtico sadismo, entendí aquello de que el que avisa no es traidor. Pep Bonet, que magistralmente fotografió las consecuencias de tan salvaje enfrentamiento, por aquellas fechas estaría estudiando en algún instituto de enseñanza secundaria de Palma preguntándose por su futuro.

La noche de mi llegada a Freetown, ya en el hotel, agotado y necesitado de una cama, al botones que llevó mi equipaje le di el par de dólares que llevaba en el bolsillo. Los observó por unos instantes sobre la palma de su mano y me dijo: “No es suficiente”.

Puede que a nuestras mentes tan europeas lo que he narrado sobre Sierra Leona les parezca demasiado lejano y no extrapolable, pero les invito a que repasen los dramáticos acontecimientos sufridos durante estos últimos cien años en Europa y también en España. “Aquellos que olvidan su historia están condenados a repetirla”, aviso a navegantes atribuido a un visionario Napoleón.

A la crispación puede cargarla el diablo.

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