Una mallorquina denuncia a tres curas por abusos y violaciones durante 30 años

Acusa a dos jesuitas de Montesión y a un sacerdote diocesano de abusar sexualmente de ella, en uno de los casos siendo menor de edad

La víctima, que padece una enfermedad psiquiátrica, sostiene que se prevalecieron de su vulnerabilidad

Fachada del colegio y la iglesia de Montesión

Fachada del colegio y la iglesia de Montesión / B.RAMON

Andrés Martínez

Andrés Martínez

Una mallorquina ha denunciado ante la Justicia ordinaria y el Tribunal eclesiástico a tres sacerdotes por abusos sexuales y violaciones durante más de tres décadas. Los acusados son un cura diocesano, J. C. V., que reside en Palma, y dos jesuitas que estuvieron vinculados al convento palmesano de Montesión, L. A. S. y F. M. R., y que ahora viven en la Península.

Según la víctima, de unos 50 años, los tres religiosos aprovecharon el trastorno límite de personalidad que sufre -provocado por los abusos sexuales de los que también fue objeto presuntamente en su infancia, en el seno familiar, y del que los tres presbíteros eran conocedores- para abusar sexualmente de ella entre 1985 y 2021 en distinto grado. Este sinfín de abusos le ha causado gravísimas secuelas psicológicas, para las que necesita continua atención terapéutica con varios profesionales a la vez. 

Las noches fueron psiquiátricamente lo más duro. Puerta cerrada con llave y a morir abusada de arriba a abajo

Tanto el Obispado de Mallorca como la Compañía de Jesús han dictado sendas medidas cautelares contra los clérigos, prohibiéndoles el ejercicio del sacerdocio en público y el contacto con menores, a la espera de dictar las sentencias definitivas. Ante la demora, la mujer ha decidido interponer recientemente una denuncia conjunta contra los tres acusados para esclarecer los hechos en el juzgado. 

En el primero de los casos, la mujer supuestamente fue abusada sexualmente siendo menor de edad, en el entorno de Montesión, por parte del jesuita F. M. R. Según el relato de la víctima, habiendo sufrido ya abusos por parte de su padre, en 1985 conoció al citado jesuita. Por aquel entonces tenía 15 años y empezó a salir con un chico que estudiaba en el Colegio Montesión. El centro disponía de un lugar de formación juvenil cristiano, llamado Congregación Mariana, al cual la menor acudía todas las semanas. Allí coincidió con F.M.R, quien participaba en varias actividades, entre ellas el coro. 

Al entablar confianza, la adolescente compartió con el sacerdote los abusos sexuales de los que presuntamente era objeto por parte de su progenitor. Lejos de ayudarla, el capellán habría incurrido en los mismos hechos.

Una de las cosas que más me incomodaba era su forma de relacionarse con excesiva ternura, abrazos, dos besos… Viniendo de un cura se me hacía muy extraño

«Una de las cosas que más me incomodaba era su forma de relacionarse con excesiva ternura, abrazos, dos besos… Viniendo de un cura se me hacía muy extraño», detalla la mujer en sus denuncias ante la Iglesia. Cuando su novio se marchó a estudiar fuera de la isla, el jesuita empezó a estar más pendiente de ella y llevarla con el coche a casa. «Durante el camino ocurrían hechos que me causaban un dolor emocional enorme», asevera. 

Según el testimonio, F.M.R insistió en quedar con ella y dar paseos por el Portitxol o el Dique del Oeste, en Palma, donde presuntamente se sobrepasaba sexualmente a pesar de que ella intentaba frenarlo. «Yo intentaba subir el cuello y la bufanda para poner barreras físicas, pero él las quitaba». Los abusos habrían ido a más hasta llegar el sacerdote a supuestamente violarla en el despacho que tenía en el colegio de los jesuitas en Son Moix. «Su olor a sudor, sus continuas gotas que caían de su cara, son imágenes que aún recuerdo con claridad», relata.  

Su olor a sudor, sus continuas gotas que caían de su cara, son imágenes que aún recuerdo con claridad

Pero una de las peores experiencias la sufrió en un campamento en Las Hurdes (Extremadura), donde la denunciante asegura que el propio jesuita le obligó a dormir en su habitación para protegerla. «Las noches fueron psiquiátricamente lo más duro. Puerta cerrada con llave y a morir abusada de arriba a abajo». 

Le exigían fotos desnuda

A pesar de que posteriormente F.M. abandonó la isla, continuó hasta el 2021 enviándole mensajes de WhatsApp para que le enviara fotografías de su cuerpo desnudo. En el segundo caso, en 1988, la víctima conoció a L.A.S., que había llegado a Monti-sion para reemplazar a F.M.R. Rápidamente entablaron amistad ya que la mujer coincidía todas las semanas en la Congregación mariana. La denunciante explica que L.A.S. le dio la llave de su despacho en Son Moix, el mismo que empleaba su anterior abusador. El cura habría aprovechado el momento de baja autoestima y sus problemas familiares para sobrepasar los límites. «Cuando descansábamos en el sofá un día empezó a besarme en la mejilla, en la boca y con la lengua… era muy agobiante», afirma.

Cuando descansábamos en el sofá un día empezó a besarme en la mejilla, en la boca y con la lengua… era muy agobiante

Las situaciones que se vivían en aquel despacho eran cada vez más incómodas, hasta llegar a producirse las violaciones, desvela en las denuncias. «No me aportaban ningún placer y los odiaba, pero no me atrevía a negarme, mi forma de ser me lo impedía, era obsesionadamente obediente y sumisa», rememora la mujer. 

Incluso respecto a la posibilidad de dejar a la mujer embarazada cuando se producían estos abusos, la denunciante asegura que L.A. le contestó que no le volvería a ver nunca más. «Yo no dejo mi vida de sacerdote por nada. Sería problema tuyo», le replicó la mujer según su versión . Con el paso del tiempo, L.A. se marchó de Mallorca. A pesar de ello, el jesuita continuó pidiendo fotografías y vídeos de carácter sexual a la víctima hasta el año 2020. 

Bloqueo emocional

A partir del año 1994, la hoy denunciante contaba con 24 años y afirma que también sufrió abusos sexuales por parte de J.C., un sacerdote mallorquín diocesano. En este caso, la víctima le conocía desde muy pequeña ya que el capellán mantenía una relación de amistad estrecha con su familia. Según explica la mujer en la denuncia, el trastorno psiquiátrico por todo lo que había vivido hasta aquel momento hizo que entrara en un bloqueo emocional y no pudiera defenderse.  

Era el mismo patrón de conductas con el que me habían educado, te puedo tocar lo que quiera, sinó pots rebre (sino, puede que haya consecuencias)

«Era el mismo patrón de conductas con el que me habían educado, te puedo tocar lo que quiera, sinó pots rebre (sino, puede que haya consecuencias) [...] Por eso callaba y obedecía», señala. La mujer se crió en un entorno familiar muy conservador, en el que sus padres establecían una serie de normas estrictas en casa. Según detalla la víctima, los castigos que recibía si no se cumplían estas reglas eran muy dolorosos, llegando a las bofetadas. En cuanto a la relación con su padre, desde muy pequeña siempre iba a darle las buenas noches a la cama, momento en el que, según afirma la denunciante, aprovechaba para sobrepasarse y meterle mano.

Tal y como explica la mujer, ella veía a su padre como un Dios por lo que entendía que este tipo de actitudes eran normales. Estos abusos, que arrancaron en el año 1975, fueron yendo a más hasta que se produjo la primera violación en un velero de la familia cuando ella tenía 18 años. La víctima también ha interpuesto una denuncia contra su progenitor, aunque los hechos estarían prescritos.

Discapacidad del 68%

A raíz de todo lo vivido en el entorno familiar desde pequeña, la mujer empezó a desarrollar un trastorno límite de la personalidad (TLP), enfermedad psíquica y mental caracterizada por un patrón de hipersensibilidad en las relaciones interpersonales. A raíz de ello, la mujer tiene diagnosticada una discapacidad psíquica del 68% y tiene una invalidez permanente absoluta que le impide realizar cualquier tipo de trabajo.

En este sentido, la educación que recibió por parte de sus padres, fuertemente religiosa, y los continuos abusos estarían detrás de su enfermedad y sometieron a la víctima a una situación de bloqueo y vulnerabilidad que los sacerdotes habrían utilizado para controlarla. Estuvo más de tres años en terapia sin contar nada de su historia personal, algo que los profesionales consideran normal dentro del proceso. No obstante, tras el trabajo de los terapeutas, pudo acabar con el bloqueo mental y recordar todo lo vivido para poder denunciarlo.