09 de noviembre de 2018
09.11.2018
Un mes de la riada mortal

Una vecina de Sant Llorenç: "Desde la riada no puedo dormir bien"

Los vecinos perjudicados se quejan de la tardanza en recibir las ayudas - Solo han cobrado una cantidad para productos de primera necesidad

09.11.2018 | 00:14

La herida sigue abierta en Sant Llorenç. Un mes después de la riada que se llevó por delante trece vidas y que dejó un rastro de devastación en la comarca de Llevant, los vecinos luchan por volver a la normalidad. La mayoría aún no lo ha conseguido. "Desde aquella tarde no puedo dormir bien, no puedo descansar", asegura Kika Rosselló. La tromba de agua les cogió en casa. Su familia tuvo que refugiarse en el primer piso para ponerse a salvo hasta que la Guardia Civil rescató a sus dos hijos, de seis años y un bebé de un mes. "Todavía no podemos vivir en casa, no tenemos cocina. No puedo estar allí con el bebé de dos meses. Estamos en casa de mis padres", detalla Rosselló.

Como muchos otros damnificados por el desastre natural, han precisado ayuda psicológica. "Mi hijo de seis años aún no lo ha sacado, no ha llorado, ahora se preocupa mucho por su hermano pequeño, antes no era así. Yo no he podido dormir bien desde entonces. Por cualquier ruido me despierto. Por las noches sueño. Pienso qué hubiera pasado si... Y todo me da vueltas en la cabeza", relata preocupada. "Ahora, estoy más sensible. El otro día durante una boda me puse a llorar. Eso antes no me pasaba", añade emocionada.

"Hace un rato ha venido una mujer alemana y me ha dicho que me quería dar un sobre con dinero en mano. Me he quedado parada, no sabía qué hacer. La he abrazado y me he puesto a llorar. No sé cómo agradecerlo. No la conocía de nada. Me ha dicho que pasa temporadas en Capdepera y que ella y sus amigas querían ayudarnos. Por eso, recaudó dinero con sus amigas y nos lo ha traído. Se ha hecho una foto conmigo para enseñarles que había entregado el dinero. La verdad es que no sé cuánto dinero me ha dado porque no he abierto el sobre, pero me da igual que haya diez euros o veinte. Me he quedado sin palabras", concluye con la voz entrecortada.

Esta perjudicada ha cobrado la primera ayuda urgente del Govern para productos de primera necesidad. "Ahora estamos liados con los papeles para el seguro y para el Ayuntamiento, hay que llevar fotos, presupuestos... De uno de los dos coches que perdí, el seguro dice que me dará 1.200 euros. Y si te compras un coche nuevo 'dicen' que darán una ayuda de 6.000 euros. A ver...", comenta con cierta incredulidad.

Su marido, Miquel Font Bauzà, trabaja como albañil en casa de un vecino en la carretera de Son Servera. "Aquí el agua también llegó muy alto", apunta. "En nuestra vivienda llegó a un metro y medio de altura. Los dos coches fueron siniestro total. De esto no hemos recibido ningún tipo de ayuda. Tendremos que comprar al menos uno. Ahora vivimos en casa de los suegros. Nos falta la cocina, todos los muebles, los electrodomésticos... Todo era nuevo, de hace siete años cuando hicimos la casa", subraya Font.

"La casa de al lado de la nuestra la tendrán que derribar. Vivía una señora mayor, de más de 80 años. La tarde de la riada ella y su hija tuvieron que subir a una mesa camilla y el agua les llegó al cuello. Están vivas de milagro, porque ese día no se tenían que morir. La anciana vive ahora en casa de su hija. Estuvo ingresada en el hospital de Manacor varios días después de todo lo que sufrió esa tarde", indica el vecino. El domicilio del que habla está apuntalado. Al menos otros dos inmuebles de Sant Llorenç han sido derribados porque su estructura resultó muy afectada. Tampoco ha quedado ni rastro de la plazoleta Jaume Santandreu. La tranquilidad reina en las calles del municipio. Muchas casas siguen abiertas para airearse, mientras trabajan cuadrillas de albañiles, electricistas y fontaneros. Otras, en cambio, están cerradas. En las fachadas de las viviendas de la zona cero cuelgan carteles donde se lee 'inspeccionado'.

Cati Pol trabaja sin descanso para acondicionar su casa. "Vamos haciendo. Se tienen que rascar todas las paredes. No se puede pintar aún hasta que no venga el buen tiempo. De momento, no podemos vivir aquí. Vivimos en casa de mi madre en Manacor. Me he tenido que comprar un coche. Hemos pedido ayudas pero no hemos recibido nada. Ha habido gente que ha hecho publicidad con las desgracias de los otros. La primera ayuda básica la hemos recibido pero se ve que la tenemos que declarar a Hacienda. Los coches estamos esperando al Consorcio. Lo de los coches lleva mucho papeleo. Hay que hacer muchas gestiones, los peritos te exigen muchas cosas y los documentos del coche se han perdido durante la riada", se lamenta.


"Me han regalado una nevera muy grande unas personas a nivel particular. Casi no pasa por el portal, pero estoy muy agradecida", agrega Pol. "Yo trabajaba pero he tenido que dejar mi puesto antes de tiempo para poder estar aquí. Me tienen que traer los electrodomésticos, los colchones... He tenido que renunciar a un mes y medio de trabajo para estar aquí", recalca la perjudicada.

La litera a la que su hija estaba encaramada cuando entraba el agua en su casa el fatídico 9 de octubre la ha podido recuperar. "Los comodines de la habitación son de un hotel que nos los ha dado. El sofá es de una prima de mi madre. El armario ropero ya nos lo van a traer", explica Cati Pol. Recuerda que el desastre natural trajo una gran ola de solidaridad, pero también cosas malas. "Hubo unos pocos que se hicieron pasar por voluntarios y robaron. Han desaparecido joyas en casa de gente mayor. También robaron piezas de los coches dañados. Un amigo encontró las llantas de su Audi por Internet. ¿Te imaginas? También ha habido gente que ha llenado la despensa de su casa con material de higiene y limpieza y no eran los más afectados", detalla indignada.

"Muchos vecinos estamos con ayuda psicológica. Yo estoy decepcionada porque aún no veo el dinero. Tengo que pagar vidrieras, electrodomésticos y colchones. Y lo tenemos que pagar ahora ya. Tengo que pagar más dinero de lo que me ha llegado. Muchos papeles que nos piden no los hemos encontrado porque lo hemos perdido todo. Además, he tenido que dejar mi trabajo para estar aquí. Lo mejor de todo han sido los buenos amigos y mi familia que nos vinieron a ayudar. A ellos les estoy muy agradecida de corazón", resume Pol.

Jaqueline Zurita y su familia tuvieron que abandonar su casa de alquiler en Sant Llorenç porque el tejado estaba hundido. "Las ayudas deberían ser más rápidas. La gente ha donado mucho dinero y se tendría que gestionar de una forma más ágil. Nosotros no hemos recibido nada, cero. En el Ayuntamiento han sido muy amables pero de momento todos los gastos han sido nuestros. Lo principal para nosotros es arreglar el tejado para poder vivir en condiciones. Mi hija tenía su habitación toda nueva y la perdió. Llevamos 20 años en Sant Llorenç y yo quiero volver a esta casa. Es un pueblo tranquilo, la gente es buena, hay confianza con los vecinos. La gente sí que nos ha ayudado", afirma Zurita, junto a los escombros del tejado de su casa.

"El desastre ocurrió el día 9 y los técnicos del Ayuntamiento vinieron el 19. Nos daba miedo porque había un agujero y grietas en el tejado. Mi hija dormía en el suelo. El tejado estaba hundido. Los técnicos nos dijeron que teníamos que desalojar la casa. La asistenta social se personó y nos buscó otra vivienda. Estamos en una casa en el campo de unos vecinos de Sant Llorenç que la han prestado hasta el 10 de diciembre. Se han portado muy bien con nosotros", reconoce la afectada. "Nosotros somos cuatro adolescentes y un matrimonio. Hemos buscado alquileres para seis personas y resulta imposible por los precios tan altos que hay", se queja Zurita, de origen chileno.

Su esposo, José Flaquer, ayudó a rescatar con cuerdas a varias personas atrapadas en sus coches tras ser arrastradas por el torrente. "Días después, fui a un bar y en la barra estaba un señor del pueblo. Se me acercó, me estrechó la mano y me dio las gracias. Me dijo "gracias por haberme rescatado". Fue emocionante. Al recordar la tragedia aún me emociono", indica Flaquer.

Pasqual Soler, que tiene un taller de tapicería en Sant Llorenç, incide en que de momento "se ha hecho muy poca cosa en subvenciones y ayudas". Según su versión, "no ha llegado nada de nada, solo la ayuda de servicios sociales del Govern, solo ha llegado eso". El próximo lunes empezará a trabajar en su taller. "Ninguna empresa puede estar parada un mes. El taller lo he tenido cerrado un mes, la tienda está abierta. Todo va muy lento, muy lento. Según la subvención que me den compraré unas herramientas u otras", critica Soler, que sufrió cuantiosos daños en su negocio. "Aún tengo unos 40 centímetros de agua en el sótano. Es agua que se va filtrando. Hay vecinos que cada día achican agua de sus sótanos o aparcamientos. La tierra no se ha secado", recalca Soler, junto a su inseparable perra Duna, que se ha hecho famosa por haber sobrevivido unas dos horas nadando en el garaje anegado de su casa.

Toni Bauzà, propietario de la carpintería Can Llavorim y de otros dos locales, sufrió daños materiales por valor de más de 100.000 euros tras la riada. "Vamos funcionando con lo que tenemos. Aún no han llegado las ayudas económicas pero se están gestionando", aclara. Algunas de sus máquinas y tornos se rompieron. Dos furgonetas se vieron afectadas por las graves inundaciones y sus dos coches particulares también. "Yo ahora voy con un coche de segunda mano porque en la isla se necesita el automóvil para todo. También he tenido que comprar un ordenador. Ahora, tengo la oficina en mi casa. Los ordenadores se rompieron, en uno de los locales encontramos de todo, ramas, árboles, microondas, lavavajillas, que no eran nuestros", recuerda.

Llorenç Galmés, de piensos Can Salvador, está esperando la resolución para la concesión de las ayudas. "De momento vamos tirando. Tenemos dos camiones averiados y tres motores rotos. Hemos arreglado los fosos. Ahora, solo funcionamos con un camión más pequeño que se queda corto, no da abasto", comenta. El joven se queja de que el pueblo quedó un día y medio incomunicado: "No podían entrar ni salir los camiones. Se colapsó la entrada del municipio porque había vehículos aparcados a los dos lados de la calzada. Una grúa tardó 45 minutos en entrar en Sant Llorenç". La vida sigue en el municipio, pero quedan secuelas.

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