13 de octubre de 2018
13.10.2018

En primera persona desde Sant Llorenç: "Gracias, muchas gracias"

"Sant Llorenç nunca podrá agradecer a Mallorca lo que están haciendo por nosotros"

13.10.2018 | 02:45
Un grupo de voluntarios trabajando al unísono ayer en Sant Llorenç.

El voluntariado obra el milagro. Sant Llorenç es una zona de guerra. Calles inundadas por muebles, maquinaria pesada retirando lodo sin parar, camiones que no cesan en su rutinario ir y venir. Pero ante semejante desastre, un movimiento espontáneo de humanidad en forma de voluntarios ha llevado a esa pequeña población toneladas de esperanza

"Muchas gracias". Con esas dos palabras, tan vacías en ocasiones, te recibían en todas partes ayer en Sant Llorenç. No importaba si llegabas a una vivienda a limpiar, si estabas achicando agua en un sótano o si quitabas lodo en la calle. "Muchas gracias" te decían. La estampa de un anciano, en una esquina, dando las gracias a todo el que pasaba por delante de él, como si estuviera ido, definía a la perfección lo que era ayer el pueblo de Sant Llorenç: la gratitud personificada en forma de voluntarios que, de forma espontánea, decidieron hacer todo lo posible por ayudar a los demás.

"Sant Llorenç nunca podrá agradecer a Mallorca lo que están haciendo por nosotros", nos decía Pilar mientras la acompañábamos a su casa, con mantas, ropa y toallas. Ni un triste colchón le había dejado la riada. Pese a ello, entre lágrimas, no dejaba de repetirlo: "Gracias, muchas gracias".

En torno a las 09.30 la plaza del ayuntamiento de Sant Llorenç ya estaba atestada de voluntarios. Centenares de personas se agolpaban equipados con palas, rastrillos, escobas y cubos esperando a ser distribuidos en las muchas tareas que había por hacer.

La eficiente Kate, una de las encargadas de Protección Civil, se apresuraba a distribuir con celeridad a los grupos. "Necesitamos voluntarios con coche para ir a s'Illot", gritaban por un megáfono mientras las cuadrillas de trabajo se iban desperdigando por todo el pueblo de forma organizada y eficiente. Nada quedaba al azar. Cuadrillas y más cuadrillas. Manos y más manos.

De los nueve integrantes que formaban la nuestra, más de la mitad eran chicas menores de edad. "Tenéis que ir a la calle Major 54", nos informó Kate. Maria, Fran, Rosa, Miranda y Mia, todas menores de edad, tuvieron así que ser 'adoptadas' por Pep, Amando, Toni y por mí mismo. "Son menores de edad, así que tenéis que responsabilizaros de ellas", nos dijo.

En el interior de la calle Major 54 nos esperaba Catalina, Catalina de sa Torre. Su marido, en Guillem de sa Coma, había tenido que salir de la casa. Ayer mismo cumplía 80 años, y tenía que ver cómo toda una vida de recuerdos se convertía en inservibles escombros. La estampa era demasiado desoladora como para seguir en la casa.

"Això era la casa de la meva mare. Mira com ha quedat". La tristeza te embargaba de tal forma al escuchar hablar a Catalina que solo querías dejarlo todo perfecto. Antonia, amiga de la familia, junto a Jesús y Toni, el "alumno de pesca" de Guillem, ayudaban sin cesar. La hija de Catalina y Guillem, que había venido de Alemania al enterarse del desastre, limpiaba muebles uno tras otro. Había mucho que hacer.

En el interior de la vivienda, un grupo de completos desconocidos empezaban a moverse al unísono, como un mecanismo perfectamente engrasado. Nadie daba órdenes y todos sabían lo que tenían que hacer. Como si lo hubiésemos estado haciendo toda la vida. El famoso dicho sobre la precisión de la relojería suiza deberá cambiarse por el de la precisión del voluntariado mallorquín.

En la calle, la coordinación de todos los equipos de voluntarios era excelente. Cuando terminabas en un sitio, volvías a la plaza donde se te asignaban nuevas tareas, nuevas direcciones, nuevas familias a las que socorrer. Mientras, los voluntarios más jóvenes pasaban por todo el pueblo con carritos repletos de botellas de agua, fruta fresca y bocadillos con los que reponer fuerzas. Pese al calor nunca faltaba una botella de agua ni una mano que te ayudara.

La ayuda no cesa

El trabajo nunca terminaba. Pero tampoco la ayuda. En cada nueva casa a la que ibas a limpiar encontrabas más voluntarios. Policías locales de Calvià, de Alcúdia, de Manacor, de Pollença, de Sóller... Policías nacionales que venían desde Manacor en su día libre, después de haber estado de servicio en días anteriores. "Aquí hay mucho trabajo que hacer", decían. Bomberos, albañiles, fontaneros, operarios de empresas públicas que también habían querido ayudar en su día de fiesta. Soldados vestidos de paisano, con camisetas en las que se leía 'Ejército Español' y que estaban realizando el desfile de la Hispanidad más solidario de la historia de la isla, cambiaban en esta ocasión el fusil por la pala, el cargador por el cubo.

Toni, Joan, Manuel, Áxel, Víctor, Claudio, Pep, el otro Toni, el de Son Servera... Rocco, el fornido italiano que había venido desde Palma... Javi y Gabriel, nuestros compañeros de fatigas durante la tarde. Tanta gente. Tantos voluntarios. "Esto es una locura. Es para llorar", decía Manuel. "Hacen falta muchas manos".

Y había muchas manos. Manos jóvenes, muy jóvenes. E inexpertas en su mayoría, pero que eran capaces de suplir con creces la falta de pericia a la hora de coger una pala con un corazón tan grande que podía con el más pesado de los cubos.

Y es que, si algo positivo se ha sacado de tanta desgracia, ese algo ha sido que todos hemos descubierto una Mallorca más solidaria de lo que jamás nos habríamos imaginado. Y curiosamente, esa solidaridad inagotable ha venido en gran medida de los más jóvenes.

La juventud dice que es un "divino tesoro". La juventud mallorquina es un solidario tesoro. Las calles de Sant Llorenç, atestadas de jóvenes cansados, sucios y a la vez alegres era la imagen de una isla que nunca desfallece, por muchas desgracias que la azoten. Una isla que se ha volcado como nunca se había visto antes. Y se merecen que les demos las gracias. Muchas gracias.

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