Tribuna

#MeToo

13.11.2017 | 02:45
#MeToo

El pasado mes de octubre en el seno del Parlamento Europeo se debatió sobre medidas de prevención contra los abusos sexuales en la Unión Europea, a raíz de la noticia publicada por el Sunday Times en la cual se contaban los testimonios de una docena de mujeres que explicaban como habían sufrido abusos, tocamientos y hostigamientos por parte de algunos miembros del Parlamento Europeo. La comisaria europea para los temas de Género e Igualdad, señora Vera Jourová reconocía que ella misma había sido víctima de violencia sexual y animó a las mujeres a denunciar los comportamientos inapropiados que puedan haber sufrido, reflexionando que en la mayoría de las ocasiones las mujeres víctimas se sienten culpables y que se merecen lo que les ha pasado. La señora Jourová ensalzó la campaña #MeToo que se inició en las redes sociales tras el caso Harvey Weinstein, y que semanas después se ha convertido en una plataforma usada por miles de mujeres para compartir y denunciar los casos de abusos y agresiones sexuales sufridas por ellas.

El abuso sexual se puede definir básicamente como una forma de contacto físico, con o sin acceso carnal, realizado con intimidación, sin violencia y sin consentimiento. En los casos en que se usa la violencia para los mismos fines se considera una agresión sexual. El acoso sexual constituye una de las formas más comunes de violencia contra la mujer, y se da especialmente en los centros de trabajo y en centros de educación superior, aunque puede afectar tanto a hombres como a mujeres, la más extendida es contra las mujeres como muestra de los mecanismos de poder que sobre ellas ejercen tradicionalmente los hombres desde las sociedades patriarcales.

Sigue existiendo una falta de visibilidad social del acoso sexual, debido sobre todo a la tendencia al ocultamiento y a circunscribirlo a la esfera del delito en los casos más graves, minimizando el acoso leve y restándole importancia. Son pocas las personas que se atreven a denunciarlo, en su mayor parte limitadas por el miedo a represalias en forma de despido o degradación laboral. Por otro lado, la culpabilización que mantienen por mucho tiempo las víctimas, pensando que podrían haber hecho algo y, la vergüenza que les produce haber estado sometidas a conductas vejatorias y no haber sido capaces de afrontarlas de otra manera, son otros motivos para el escaso grado de denuncias. En cuanto al resto de las personas del entorno laboral de la víctima, se convierten la mayoría de las veces en testigos mudos que, bien por su miedo a que pueda peligrar su puesto o a ver truncada su progresión profesional, bien porque comparten modos de actuación con el acosador, se posicionan a favor del mismo. La víctima se siente el centro de "los rumores de los pasillos y de los encuentros del café". Se comenta, se critica y se pone en tela de juicio en muchos casos incluso características físicas y conductas de la víctima del tipo "mira como se maquilla", "se pone una ropa provocativa", "se ríe con los chistes de sexo", etc. Además del proceso por el que está pasando, a menudo la víctima pasa a sufrir un juicio popular en el cual se siente poco defendida y apoyada y que para nada facilita que afronte la situación padecida.

Es importante reflexionar sobre esta cuestión, ya que cuando una mujer sufre acoso, se producen dos reacciones habituales del entorno. Por un lado, de incredulidad, ya que se la considera mujer con adecuadas estrategias de afrontamiento a este tipo de situaciones, o bien, de castigo, manifestando que "se lo merece", ya que su conducta genera situaciones que llevan a la provocación y, por tanto, "ahora que no se queje", ya que "ella misma lo ha querido así".


La Organización Internacional del Trabajo (OIT), ya en 1997 indicaba que incluso cuando en una sociedad haya algunos que nieguen la existencia del problema, éste se ve confirmado por quienes son víctimas, lo cual quiere decir que ignorar que exista no significa que no ocurra.

La aceptación social del gesto no exime de la culpabilidad del agresor ni una menor gravedad de la situación en un entorno, como el laboral, lo justifica. Sigue siendo violencia sexual.

Las personas que nos dedicamos de una manera u otra a la vida pública, debemos de ser ejemplares en el ejercicio de nuestro trabajo, en todos los sentidos. Tanto en la gestión de los recursos públicos como en nuestro comportamiento diario, por responsabilidad propia, por dignificar las instituciones a las que representamos y por los ciudadanos a los que servimos.

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