Tribuna

Nada que celebrar

03.12.2015 | 02:11
Nada que celebrar

Un día más o un día menos, según se mire. Aunque más y menos son hijos de una misma línea de sucesión. Una línea que delimita espacios y diferencias. Orilla de normalidad. Línea que no forma hilos ni teje relaciones. Más y menos son primos de la misma luz. La que ensombrece y resalta. Que construye ídolos y soledades.

Exijo a quien administre el calendario de días especiales que retire el 3 de diciembre como el día de las personas con discapacidad. Que dejen de celebrar actos que nos ayuden a pluralizar. Que se deje de hablar del "colectivo". Nada mejor que pluralizar para ensombrecer la identidad de cada persona y hacer a cada persona invisible. La discapacidad es una merma de la libertad, la participación, los derechos y la relación entre iguales. Es una mirada cómoda desde esa línea de cantidades y calidades en los movimientos, los sentidos, la comunicación o la comprensión. Discapacitar al congénere es empaquetar sus limitaciones para que éstas sean las responsables de sus inferiores oportunidades y así poder darles un tratamiento especial. Y en ese sentido, ver la discapacidad con ternura es mirar a otro lado de la persona. Así como ver la discapacidad con miedo es negar a la persona.

Durante los últimos años se ha avanzado mucho en el marco legislativo y el sistema de protección social. Pero no hemos avanzado tanto en inclusión ni en eliminación de barreras, lo cual es nuestro verdadero reto. La discapacidad es responsabilidad de toda la comunidad. Es fruto del estigma que nos lleva a hablar en tercera persona del plural. Y no hay nada peor que reconfortarse en ese "yo no entiendo de discapacidad" que he escuchado decir a médicos, abogados y no pocos conocidos. Es ese miedo a la incertidumbre el que le lleva a hacer invisible a la persona; a no mirarla ni dirigirse a ella cuando explica un diagnóstico. Porque, cuando la ignorancia y el miedo van de la mano, alguien en soledad paga las consecuencias. Y ese alguien construye vulnerabilidad con el mejor de los ingredientes: la deseabilidad social, ser uno, no sentirse excluido, ser valorado a ojos de los demás, pero no como persona ejemplar, si no como persona.

El gran cambio que nos espera no es ya responsabilidad de la ciencia, ni si quiera de las leyes, aunque mucho haya que hacer aún. El gran cambio será una forma diferente de mirar a las personas. Para que seamos comunidades dedicadas a construir confianza, a conectar con otros, a desarrollar posibilidades. Porque eliminar las barreras que separan la discapacidad de la normalidad no es una responsabilidad social añadida sino que es corregir nuestros propios errores como comunidad.

Dejemos de señalar el día de las personas con discapacidad y hagamos cosas para el cada día de las comunidades inclusivas, accesibles, saludables y basadas en la construcción de confianza. Donde el respeto se mida con empatía, las diferencias con aprendizaje, las relaciones con afectos, y donde las palabras dejen de ensombrecer a las personas.

* Director insular de Persones amb Discapacitat de l´Institut Mallorquí d´Afers Socials (IMAS) del Consell de Mallorca

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