La pantomima

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La pantomima
La pantomima 

EDUARDO JORDÀ No hay nada en la vida, ni siquiera la mayor tragedia, que no contenga una partícula de farsa o de pantomima. El 8 de octubre de 1939, tres semanas antes del final de la guerra civil, estallan los combates en las calles de Madrid. Nadie sabe qué pasa. ¿Están entrando los franquistas? ¿Son los socialistas que luchan contra los comunistas? El diplomático chileno Carlos Morla Lynch cuenta en sus imprescindibles diarios de la guerra civil, España sufre (publicados por Renacimiento), que se combate debajo de su casa y que hay un edificio en llamas en la acera de enfrente. Se oyen disparos, alarmas, sirenas. ¿Quién dispara? ¿Y contra quién? Eso no lo sabe nadie, así que Morla corre a encender la radio, a ver si consigue averiguar algo. "¡Atención, atención, madrileños!", dice una voz solemne desde la emisora. Morla y su familia se pegan al receptor. "Atención, atención…", insiste la voz. Nadie se atreve a respirar. Y entonces el locutor anuncia: "La viejecilla, canción de la zarzuela del mismo nombre". Y la canción suena en la radio, mientras dos tanques vigilan la calle y nadie sabe qué demonios está pasando: "Viejecita que vas al sarao, no puedes bailar", etc. etc. Luego se sabrá que los comunistas están luchando contra los socialistas y anarquistas de la Junta de Defensa del coronel Casado, porque nuestra guerra civil también terminó con otra mini guerra civil entre republicanos.
No sé si los tripulantes del "Alakrana" han tenido la suerte de no enterarse de la pantomima que se ha vivido en España durante su secuestro. Pero quienes lo hemos vivido aquí hemos tenido la sensación de escuchar una zarzuela disparatada en la radio, como le pasó a Morla Lynch en los últimos días de la guerra civil. Si no supiéramos que ese secuestro ha sido real y que ha hecho sufrir a mucha gente, podría haber sido una película de los Monty Python disfrazados de piratas de carnaval. "Piratita que vas al galeón", etc. Reparemos en algunos hechos. El atunero pescaba por su cuenta y riesgo en aguas internacionales, fuera de la zona de vigilancia de la Unión Europea y llevando una bandera que no era la española y que no está reconocida en ningún código de derecho marítimo. El pesquero había solicitado vigilancia armada a bordo, pagada por el armador, pero el Gobierno español se la había denegado, no sabemos por qué, tal vez porque siente un pavor sobrenatural ante las armas, igual que aquellos indios caribes que creían que había un relámpago dentro de cada arcabuz. Y la oposición del PP, con su habitual actitud irresponsable y pueril, se ha tomado el secuestro como un asunto partidista y se ha dedicado a atizar el fuego.

Pero esto no ha sido todo. En un momento dado, el Ministro de Asuntos Exteriores llegó a decir que estaba negociando con el gobierno de Somalia, hecho que sería equiparable a concederle un préstamo a uno de esos simpáticos nigerianos que nos anuncian por sorpresa que nos han dejado en herencia un millón de euros. Y también ha habido ayuntamientos vascos que no creen en el Estado español, y que lo desprecian y desprestigian, pero que han empezado a exigirle cosas que nadie en su sano juicio se habría atrevido a exigir. Y para rematar la faena –o la zarzuela–, alguien dio la orden de traer a España a los dos piratas capturados por un buque de guerra, y uno de esos piratas, de nombre Abdú Willy, protagonizó una situación digna de La vida de Brian al ser trasladado de juzgado en juzgado y de equipo forense en equipo forense, porque no se sabía si era o no mayor de edad, así que los jueces dudaban entre juzgarlo por piratería y secuestro y asociación de malhechores, o bien ponerlo a jugar a "¿Dónde está Wally?" (o quizá debería ser "¿Dónde está Willy?"). Al final, el secuestro se ha resuelto con el pago de más de dos millones de euros, que nunca sabremos quién ha pagado: si el armador o el Estado a través de los contribuyentes.

Y lo peor de todo es que este secuestro ha demostrado que tenemos una legislación que está pensada para el mundo idílico de Heidi, cuando en realidad vivimos en un mundo que cada día se parece más a Jurassic Park. Y que nadie olvide que nosotros, los ricos occidentales que pescan en las aguas de un país miserable, no podemos creernos los "buenos" de esta historia. Si los piratas han representado el papel de velocirraptores, nosotros hemos hecho de Tiranosaurius rex. Y encima hemos hecho el ridículo. ¡Bingo!




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