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Un vestido rojo por cada mujer asesinada: "Da miedo sentirse reflejada en alguien que ya no está"

El colectivo Vestits Vermells, de la localidad barcelonesa de Montcada i Reixac, cuelga un vestido carmín en algún punto de la localidad por cada víctima mortal del machismo

Vestits Vermells, un vestido rojo por cada mujer asesinada.

Vestits Vermells, un vestido rojo por cada mujer asesinada. / FERRAN NADEU

Helena López

Por supuesto que la ayudan a sanar, pero en los actos llora mucho, y no es la única. No hay para menos. Las primeras veces sentía que cualquier día iban a colgar un vestido rojo por ella. "Y da miedo sentirse reflejada en alguien que ya no está". Lo explica Alba, una de las mujeres más jóvenes del colectivo Vestits Vermells, de la localidad barcelonesa de Montcada i Reixac, entidad feminista que cuelga un vestido carmín en algún punto de la localidad -de una plaza a un instituto, de un campo de fútbol a un mercado de barrio- por cada víctima mortal de violencia machista en España.

Colectivos y entidades de Montcada cuelgan una prenda por cada feminicidio para hacer visible la violencia machista y tejer "lugares seguros"

Empezaron el pasado día 22 de abril y ya llevan 80 (el cómputo da cuenta de los datos oficiales y de otros extraoficiales que manejan colectivos femenistas y que incluyen, por ejemplo, suicidios relacionados con la violencia machista). Los primeros 27, los correspondientes a los asesinatos cometidos antes de iniciar la campaña, los colgaron ellas mismas. El resto, los otros 53, el doloroso número de asesinatos a partir de ese 22 abril, lo hicieron distintas asociaciones de la ciudad. Tras cada uno de esos vestidos alzados en lugares bien visibles de la ciudad, además de la denuncia de una vida arrebatada por la violencia machista, hay un trabajo previo con las entidades de Montcada, las encargadas de organizar cada acto a su manera. Vestits Vermells hace 'solo' (un solo entre muchas comillas) de enlace.

Cada una de estas pequeñas ceremonias son ya casi un ritual en esta ciudad en la periferia de Barcelona, descuartizada por los servicios que ofrece a la capital –carreteras, vías de tren, polígonos...– y con un fuerte en un tejido asociativo que se ha volcado en esta iniciativa. Una acción colectiva que "trata representar, a través de una presencia, una ausencia", como la describe siempre la activista feminista Delia García Doménech, impulsora del movimiento.

En muy poco tiempo, y dada la transversalidad de las acciones, el proyecto ha servido para que muchas mujeres "empiecen a sentir que hay lugares seguros –narra Delia–. Cada vez hay más mujeres que se acercan a nosotras y están empezando a denunciar". Una de las primeras que encontró refugio y calor en Vestits Vermells fue Alba, quien relata con valentía y fuerza que sufrió una agresión sexual por parte de un compañero del instituto cuando tenía 16 años.

"Me sentó en un banco a dos calles del instituto, a las nueve de la mañana, y empezó a tocarme la espalda. Me quitó el sujetador y me tocó el pecho mientras yo chillaba que parara, que por favor me dejara, que si me dejaba irme no se lo contaría a nadie", recuerda la joven, quien ahora ya puede contarlo y quiere hacerlo para que nadie más pase por lo que ella sufrió.

"No paraba de llorar"

Le costó un mes explicárselo a su madre, recuerda. "Me encerré en mí misma, me autolesionaba y no paraba de llorar; sentía culpabilidad y mucha vergüenza -cuenta la joven-, pensaba que no había salida, que cualquier día me moría, y tuve un intento de suicidio por el estrés postraumático, porque pensaba que nadie me iba a creer".

Ha pasado algún tiempo y Alba ha salido. Por ella y por su familia, explica. Y habla arropada por Delia y otras compañeras, convencida de que lo que están haciendo "está sirviendo de algo". "Cada vez que colgamos un vestido es duro, se te remueven muchas cosas, pero estamos transmitiendo valentía a otras mujeres, ayudando a que digan 'hasta aquí', a que no aguanten ni un bofetón ni una palabra fuera de lugar", prosigue la joven, convencida de que es importante estar ahí aunque duela –"porque eso lo llevas contigo toda la vida"–; de que merece la pena.

De institutos a 'casals'

El trabajo de hormiguita de Vestits Vermells es la viva imagen del trabajo de hormiguita del feminismo, generando cambios profundos en cada una de las entidades que se han sumado a la iniciativa, que son prácticamente todas. Hace dos viernes colgaron el vestido los jóvenes del INS La Ribera, uno de los dos centros de secundaria de esta localidad que ya se han sumado al proyecto. Fue muy un acto sencillo en la puerta del instituto, pero muy, muy, emotivo [como todos, en realidad] en el que delegados de distintas clases leyeron frases relacionadas en cómo les hacía sentir la violencia machista, sintetizadas así por una alumna: "Mientras haya mujeres sometidas nunca habrá mujeres libres".

"Hace unos días lo hicimos con el fútbol base de Montcada. 700 jugadores, 13 equipos femeninos, fue súper emocionante", apunta Delia.

La iniciativa está inspirada en el movimiento Red Dress Project de Canadá, que esta activista feminista vinculada de toda la vida a los grupos de mujeres del barrio Can Cuiàs descubrió gracias a una exposición colectiva de la artista catalana Núria Rossell en Sant Celoni. "Fue un movimiento que inició Jaime Black, artista 'métis' [comunidad indígena] que estaba harta de escuchar como muchas familias denunciaban que habían desaparecido sus hijas o hermanas y nadie hacía nada. Colgó 600 vestidos rojos porque el rojo es el único color con el que los indígenas se pueden comunicar con los espíritus; uno por cada mujer", señala.

A ojos de Delia, los vestidos, los feminicidios, son la punta del iceberg, pero el hecho de que las entidades -de afas a 'casals' o grupos de teatro- salgan a la calle y realicen todo ese trabajo interno, que hablen sobre el asunto, hace que las mujeres se sientan más acompañadas, "el objetivo final de la entidad", subraya. "Lo importante es que las mujeres se atrevan a dar el paso. Si vienen a nosotras, nosotras las acompañamos a los circuitos oficiales y, si estos no funcionan [a veces, pasa], tenemos nuestros planes B; tenemos una psicóloga en nuestro equipo. Si se trata de una cuestión jurídica, afortunadamente hay una red fuerte de entidades a las que acudir", concluye.