Minuto 91

¿Hasta cuándo va a durar esta farsa?

La propiedad debe tomar medidas drásticas para frenar esta sangría y evitar un descenso que ahora parece cantado

Cyle Larin se lamenta tras fallar una clara ocasión ante Sivera

Cyle Larin se lamenta tras fallar una clara ocasión ante Sivera / G. Bosch

Ricard Cabot

Ricard Cabot

Tras el enésimo simulacro de partido, en el que el Mallorca volvió a cosechar un paupérrimo empate sin goles ante un modesto como el Alavés, hay que empezar a preguntarse hasta cuándo va a durar esta farsa. O lo que es lo mismo, cuándo el club adoptará la drástica, pero necesaria, medida de destituir a Javier Aguirre y jugársela con otro inquilino en el banquillo. El mexicano no da para más, ni desde la banda ni en las ruedas de prensa. No encuentra soluciones para que su equipo gane -desde el 4 de junio no han visto hacerlo al equipo los sufridos aficionados-, una situación tan insoportable como insostenible. 

Hay que querer mucho al Mallorca

o gustarte demasiado el fútbol para soportar el lamentable espectáculo del equipo en la primera parte. Fue la nada más absoluta, entre otras cosas porque el Mallorca no quiso. Con la imperiosa necesidad de sumar de tres, el equipo jugó al tran tran, sin ninguna idea, con los jugadores, del primero al último, más nerviosos que un flan. Estáticos, nadie se atrevía a inventarse algo. Tras la primera parte, daban ganas de ir a taquilla a que te devolvieran el dinero invertido. Fue como ver una misma película de ínfima calidad varias veces, tantas como quince, las jornadas que se llevan de campeonato. En la segunda solo se podía mejorar. Y lo consiguieron, aunque fue insuficiente para sumar la primera victoria en casa. Ante el Alavés, nada del otro mundo, no puedes resumir el partido en un disparo a puerta y dos ocasiones de Larin, que en ambas se fabricó bien la jugada pero erró en lo más importante, la puntería. Hay que hacer más. De seis puntos que ya se contaban hay que conformarse con dos, escaso bagaje ante dos rivales de tu liga.

La propiedad debe decidir

si dejar todo como está, con el riesgo de perder el trofeo más preciado del club, la Primera División, o jugársela con otro entrenador, que, es verdad, tampoco es garantía de nada. Pero da la impresión de que si alguien en el club no da un golpe sobre la mesa para cambiar el rumbo del equipo, o intentarlo al menos, el descenso a Segunda parece inevitable. Una única victoria en quince jornadas no hay entrenador que lo aguante. En el fútbol solo cuenta el presente, y el de Aguirre no es aceptable. El pasado, por muy brillante que haya sido, es historia.