Opinión | EL TRIÁNGULO
La línea invisible que todo lo alcanza
Ya casi nadie habla de la carta, porque después de su publicación han pasado tantas cosas que la misiva apenas ha servido para nada y aquellas palabras que yo creí que Sánchez escribía desde un lugar entre la duda y el desasosiego, condiciones y virtudes humanas, se han convertido con el paso de los días en un paraguas que, abierto y en posición invertida, recibe todo tipo de mensajes tóxicos a la espera de la gran broma final, que ha llegado a lo largo de los últimos días con distintas actitudes, con palabras gruesas donde ni siquiera han faltado las declaraciones del presidente argentino, muy dolido él, con lo que sobre su persona dijo, con bastante poco acierto, el ministro Puente en una reflexión que poco importa si es cierta o no y pone de relieve el lugar en el que se sitúan nuestros políticos, que de alguna forma se han convertido en macarras de sillón buscando hacer o decir aquello que haga el mayor daño posible al que está enfrente, sin darse cuenta o reparar en que esa decisión o esa afirmación lleva consigo una mayor frustración para una parte de la sociedad que no acaba de entender si el propósito de todos esos señores y señoras bien vestidos es realmente construir o más bien buscan, montados en la improvisación y el ardor, convertirse en sheriffs con estrella y rifle.
Puede que mis palabras resulten exageradas, pero no lo son cuando vemos lo que estamos viendo y asistimos asombrados a una escalada sin precedentes donde lo más de lo más es tomar decisiones para ocasionar enfrentamientos o hacer declaraciones para generar estupor y rechazo, al tiempo que vemos cómo se imponen ultimatums que son de acero y hambre.
Las cosas, la verdad, no son bonitas porque hay una tensión impuesta que lo barniza todo y lo desacredita, traspasando todos los umbrales y dejando el sentido común en el regazo de la almohada nada más abrir los ojos al nuevo día. La carta que escribió Sánchez tenía una condición necesaria y si no queremos acabar aceptando mensajes de odio y crispación sin posibilidad de retorno, más vale que todos aquellos que dicen ser profesionales de la política, hombres y mujeres honestos con familias y amores, comiencen a recapacitar y entiendan que las siglas son solo eso: unas tristes siglas que nada saben de la vida, ni de la mujer que sube todas las mañanas al vagón con esperanzas de que algo cambie, ni del hombre que sacude su rabia sin ser visto o del niño que traza una línea invisible para acariciar el hombro de su compañera.
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