Opinión | Princesa de Gales

Limón & vinagre | Kate Middleton: La salvación por el escándalo

Catalina Middleton, princesa de Gales, en un acto en Berlín en 2017.

Catalina Middleton, princesa de Gales, en un acto en Berlín en 2017. / Jens Kalaene / Reuters

¿De qué vive la Casa Real británica? De una inteligente gestión de los escándalos que -con ayuda o sin ella- es capaz de generar casi ininterrumpidamente hace más de un cuarto de siglo. Los más inocentes añoran la normalidad hiperprofesional de Isabel II. Pero la reina estaba respaldada por un pasado histórico que la envolvía y protegía como un abrigo de armiño. En ese pasado era casi imposible escudriñarla. La opacidad de la que disfrutaba era total.

Hoy es distinto. Su hijo y sucesor, Carlos III, ya llegó al trono con una imagen pública penosa como príncipe ‘tontorrón’, mal marido, padre distante y olvidadizo. Ahora quiere parecer un monarca presentable, discreto y aplicado, pero simplemente no sirve. La institución está tan mancillada que los británicos partidarios del régimen republicano han aumentado de nuevo, después de la larguísima despedida lacrimógena a Isabel II, y superan de nuevo largamente el 40% de los mayores de edad. Por eso, paradójicamente, son los escándalos y escandaletes los que mantienen a los Windsor vivos e interesantes en la actualidad. La realidad debe imitar resignadamente a la ficción. Si la familia real del Reino Unido no imita satisfactoriamente a The Crown están perdidos.

Ahora han tenido una nueva oportunidad para un escándalo moderado y apenas un pelín repugnante. Un periodista llamado Omid Scobie, que ya había hecho dinero con un volumen sobre los príncipes Meghan y Harry, los fugados de la Corte que viven de vender sus rencores más chismosos, publicó otra bazofia bajo el título Endgame, en el que Meghan Markle afirmaba que dos miembros de la familia real habían mostrado su interés por el color de la piel de su hijo -Meghan tiene raíces antillanas-.

En el libro no se las identificaba, pero en una tirada fuera de Gran Bretaña, nadie sabe cómo, sí aparecen en el texto: se trataría nada menos (oh) de Carlos III y Kate Middleton, es decir, Catalina de Gales, esposa del sucesor de la Corona, Guillermo. De nuevo el palacio estaba en marcha. El Rey y la esposa del príncipe acusados de racistas. Y millones de ojos pegados entusiásticamente a la televisión.

Catalina no ha dicho nada todavía. Es exactamente lo opuesto a Meghan. Le encanta formar parte de la familia real y traga con lo que sea si lleva nata chantilly. Nació en Reading, en 1982, hija de unos padres de clase media que pocos años más tarde fundaron un negocio de venta por catálogos y se hicieron muy ricos.

Catalina, morena, simpática, agradable pero no especialmente atractiva, se matriculó en la Universidad de Saint Andrews, sin duda la universidad pública más prestigiosa del Reino Unido. Ahí conoció al príncipe Guillermo -primogénito de Carlos y Diana Spencer- y tras un noviazgo más corto que largo contrajeron matrimonio. Catalina se convertía de esa manera en esposa del futuro rey, y tras la muerte de Isabel II, con la proclamación de Carlos III, la esposa de Guillermo pasaba a ser duquesa de Cornualles, duquesa de Rothesay, duquesa de Cambridge, condesa de Chester, condesa de Carrik, condesa de Stratheam, condesa de Renfrew, baronesa de Carrickfergus y Señora de las Islas.

La Alteza Real ha intentado (con un éxito que no se le puede negar del todo) aclimatarse sin un reproche en el ecosistema real. Nadie parece tenerle demasiado afecto, pero nadie, tampoco, le profesa un odio cainita. Catalina se dedica cuidadosamente a acompañar a su marido en los actos protocolarios y viajes oficiales y practica, como es natural, una caridad de amplio espectro, que incluye niños, víctimas de drogodependencias, fundaciones artísticas e, igualmente, campañas de conciencia sobre la salud mental.

Se diría, por tanto, que la princesa de Gales no tiene enemigos, pero dentro de la ficción imprescindible para soportar la monarquía, ciertos críticos le han inventado una: nada menos que la exprincesa Meghan, que sueña con destruir la monarquía como acto de venganza de todos los desayunos en los que no le dirigieron la palabra.

La misma Meghan, según estos chismosos incansables, habría ordenado introducir los nombres del rey Carlos y la princesa Catalina para desenmascararlos definitivamente como los atroces racistas que son. El negocio de una monarquía que ofrezca escándalos pero que al mismo tiempo no reviente en pedazos continúa prosperando. Por el momento.