Opinión | TRIBUNA

Dormida en Navidad

Como si de una voluntaria Bella durmiente se tratara, una amiga me confesó una vez, hace mucho tiempo, que desearía quedarse dormida el 23 de diciembre y despertarse el 7 de enero. La verdad es que no fue muy necesario ahondar en explicaciones, ya que esta especie de mini-fobia a la Navidad ya la he oído antes en boca de otras personas a las que, de similar manera, afrontar estas fechas se les hace muy cuesta arriba.

Frente a una mayoría (o al menos eso creo yo) a la que le gusta la Navidad con sus luces, reuniones familiares, compras y comidas, hay otras personas a las que no les gusta, precisamente por las mismas cuestiones que acabo de detallar. Les supone una performance de armonía, felicidad y unión familiar que no sienten, es una ficción. Quizás sí tuvieron algunos bonitos momentos en aquella infancia, en la que puede que la Navidad supusiera las vacaciones escolares, los Reyes Magos, la comidas ricas y la diversión desatada con los primos y primas, mientras que al corretear por los pasillos, se rompía alguna figura de porcelana de Lladró en la casa anfitriona. Pero al llegar a la adultez, algo se les truncó.

Esa magia e ilusión por la vida, a lo chispa cocacolera, que transmite la estampa más comercial y menos religiosa de la Navidad, seguramente no sea más que un espejismo, un reflejo engañoso que se ven obligados a seguir y replicar en sus hogares. Aguantar a veces los estados anímicos de algunos familiares, ya sean decaídos o exaltados, entre los entrantes y polvorones de los copiosos y eternos almuerzos, son eventos que algunas personas ya no soportan, pero de los que son incapaces de escapar. La culpabilidad está al acecho o la amenaza de una trifulca familiar, o incluso, el chantaje emocional; por eso, ya ni se plantean no asistir. Aceptan todo ese trance que ni empieza ni acaba en un día. Es el proceso de la Navidad y precisamente este no derivará en independencia.

Otras veces, me decían que se ven consumidas por la vorágine de compras, comida y regalos principalmente, y que con tanto cascabeleo y ruido, el espíritu se les aturde. Lo soportan sin contarlo a nadie para no ser tildadas de raras, fóbicas o insociables, pero he tenido el singular orgullo de ser depositaria de estas confidencias de las que, confieso, comparto (con algunos matices) algunas cuestiones.

Tiempo atrás, cuando había hijos aún pequeños, también es cierto que tal vez se podía vivir de otra manera esto de la Navidad. Bien pensado, parece que fuera para ellos, para enraizar con la familia, ligar a tradiciones y a aquello que nos ancla a algo estable. Y la felicidad de ellos es siempre la nuestra.

Aun así, ahí están aquellos adultos intentando lidiar con el cuñado o cuñada de turno, disculpen el topicazo, la noche del 24 de diciembre o la tarde del 25, tan eterna y oscura como ese café al que te invita la familia extensa. He oído también explicar que esta especie de síndrome, a veces puede llevar pareja una tristeza sin causa aparente y luego está la que sí es causada por la presencia de la imponente ausencia de los que no están con nosotros, sobre todo si se fueron hace poco, y a los que por algún motivo no se les menciona mientras se pelan los langostinos o la peladilla se dispara garganta abajo.

Echando la vista hacia adelante y sin adentrarme demasiado, diría que puede que lo mejor sea «quitar hierro» al asunto y abordarlo como unos días de descanso, aceptando lo que venga sabiendo que luego esperan en casa, por ejemplo, una peli y unos calcetines gruesos que nos permitan vivir lejos de mundanal ruido.