Opinión | Una ibicenca fuera de Ibiza

Propósitos de año viejo

Se me acaba de ocurrir un propósito para el 2023. No, no estoy más chalada o despistada de lo habitual; han leído bien: para el 2023. O lo que queda de él. Ya pueden imaginar que no es un propósito que requiera de un arduo recorrido en su ejecución, así que nada de aprender a hablar mandarín, bailar tango y también descartemos completamente acabar el año con novio.

Este chiquito último propósito no es más que escribir las columnas que resten sobre temas livianos. Solo eso. Todo eso —por lo que más queráis, gobernantes del mundo, ¡poned de vuestra parte!—.

El lector más asiduo —gracias— se habrá percatado ya de que quien escribe procura una cadencia y por mucho que pinche tocando hueso la vida, cada par de páginas duras necesito bajarle el volumen al drama. Que sigue sonando, ¡vaya que sí! pero a lo lejos. Lo necesito. Y tiendo a pensar cada vez que me apetece un dulce, un vino, nadar desnuda en el mar o leer algo distendido: «a alguien más en algún lugar le apetece también, seguro. No estoy sola en esto». Y a falta de instrucciones más precisas, qué sé yo, un grupo de WhatsApp entre los lectores y la columnista compartiéndome sus apetitos y caprichos, mantengo el método. Y aunque a ratos me cuesta horrores no utilizar este poderoso escaparate para denunciar todo lo que está a jirones y siento remordimientos porque siempre hay algo más urgente o más importante de lo que escribir que queda en el tintero, el cuerpo me dice que muchos cuerpos buenos por ahí piden por favor, que alguien abra una ventana, riegue una maceta, ponga una canción tonta que nos sabemos todos y cantemos a gritos.

Otra cosa de la que los lectores veteranos, seguro, se habrán pispado es que nunca jamás se dio el caso de que el último artículo del año trajera pesadumbre por los mismos motivos que uno tiene que decir buenos días al conductor del autobús y gracias al camarero que le trae el café. Por lo mismo que uno nunca debe acostarse enfadado —válido también cuando el enfado es con uno mismo—.

Y aunque bien mirado, lo que nos queda de año es tantísimo que quizá no dé para aprender tango, pero sí podría, más o menos, hacerme a la caminata sincopada o hasta probar suerte en un giro con barrida y boleo. O aprender a decir «Nǐ hǎo, nǐ hǎo ma?»

En 1960, Maxwell Maltz, un célebre cirujano plástico, publicó un libro de autoayuda —que eran para la época lo que a día de hoy montarse un pódcast—: Psico Cibernética: el secreto para mejorar y transformar su vida en el que narraba cómo sus pacientes a menudo tenían expectativas que la cirugía no satisfacía; esto es, que el hecho de que esperaran que la cirugía les resolvería otros problemas, era el más claro ejemplo de que el problema no era físico, sino interno. Defendía entrenar el ‘autoconcepto’, la conexión mente-cuerpo como la clave para alcanzar la felicidad y el éxito. Sin embargo, lo que más trascendió del libro fue un patrón que Maltz narraba que se repetía en los pacientes tras una cirugía. Las modificaciones obvias de algún rasgo físico: una nariz nueva, un nuevo pómulo… iban acompañadas de una lógica extrañeza que duraba un mínimo de 21 días. Este mismo patrón también sucedía con los pacientes que padecían el síndrome del miembro fantasma tras una amputación. «Estos y muchos otros fenómenos observados tienden a mostrar que se requiere de un mínimo de 21 días para que una imagen mental establecida desaparezca y cuaje una nueva».

Se vendieron más de 30 millones de ejemplares. El boca a boca unido a las ganas y las prisas hicieron que aquel mensaje primigenio de «se requiere de un mínimo de 21 días para que una imagen mental establecida desaparezca» se extendiera erróneamente a un «bastan 21 días para formar un nuevo hábito».

Investigadores del University College de Londres estudiaron cuánto tardaban los buenos propósitos en convertirse en nuevos hábitos y no encontraron una cifra mágica, sino muchas: cada uno la suya. Los tiempos individuales variaron de 18 a 254 días con un promedio de 66 para que lo que empezó como un propósito se convirtiera en un nuevo hábito sostenido y avalado por la rutina.

¿Hay moraleja en todo esto? Pues varias, en realidad. La primera, la cantaba Fito & Fitipaldis: «Sé que soy mucho más guapo cuando no me siento feo». Que hay cosas harto más difíciles que acostumbrarse a una nueva nariz, pero nunca es tarde si la dicha es buena. Que los plazos ineludibles son los de Hacienda salvo que uno sea… —¡Chist, Pilar!, ¿y tus propósitos?— y para el resto, ¿de verdad importa terminar exactamente el 31 de diciembre y no el 14 o el 28 de febrero? ¿Y si los buenos propósitos fuera el viaje y no el destino? Como dijera Galeano:

«La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Entonces, ¿para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar».

Y la última conclusión y más importante: Si algún día coincidimos en pelotas en la playa, por favor… salúdenme.

@otropostdata