Opinión

En la orilla de Vladímir Putin

El Tribunal Supremo ruso ha declarado «organización extremista» al movimiento internacional LGTBI. Del fallo se deriva que una persona u organización puede ser procesada por algo tan simple como exhibir una bandera del arcoíris. Para los activistas por los derechos del colectivo o para sus abogados puede suponer penas de cárcel de entre seis y diez años. En la nuca, el aliento de la purga gay de 2017 en Chechenia, que supuso decenas de secuestros, torturas y asesinatos homófobos ante la impasividad policial.

El cerco a las personas LGTBI en Rusia se ha ido exacerbando en la última década. Putin señala al movimiento como una suerte de enemigo interior: el fruto de una conspiración de Occidente contra Rusia. En 2012, la causa penal contra Pussy Riot, la banda feminista punk y anarquista crítica con el régimen, marcó un punto de inflexión. El Kremlin las señaló como una amenaza a los valores rusos y metió en el mismo saco a la comunidad LGTBI. En 2013, se aprobó la ley de «propaganda gay», que disparó la hostilidad hacia el colectivo. «Todos esos hombres barbudos besándose dan náuseas», manifestó públicamente un miembro de la Duma, en 2016. Ya todo estaba permitido. La guerra contra Ucrania se enmarca, cómo no, en una lucha contra la corrupción occidental.

¿Nos afecta lo que ocurre en Rusia? Durante el primer año de la guerra de Ucrania, parecía que Rusia estaba destinada a agonizar por las sanciones y el coste de la guerra. Era fácil fantasear con un Putin detenido, huido o colgado por una turba furiosa. Pero nada de eso ha ocurrido. Rusia ha estrechado su relación con el llamado Sur Global (ese concepto geoestratégico que agrupa países de África, Latinoamérica y Asia, que sufrieron colonización y se sienten relegados del orden mundial). El conflicto de Gaza ha reforzado la influencia de Putin, al mismo tiempo que ha desnudado las contradicciones de Occidente.

El inmaculado discurso a favor de los derechos humanos de la Unión Europea no solo se emborrona por su tibieza ante la tragedia de Gaza. Se descompone por el trato inhumano dedicado a los migrantes: dejados morir sin auxilio, encerrados sin derechos, golpeados en las fronteras… Y en los gobiernos donde llega la ultraderecha, se laminan los derechos de las personas LGTBI. En nuestras calles, los delitos de odio no dejan de crecer. Deshumanizar a palestinos, migrantes o personas LGTBI son distintas formas de diluir la idea de Europa. Putin no manda en nuestros gobiernos, pero agita con fuerza una ola reaccionaria que sí llega a nuestra orilla.