Opinión | En aquel tiempo

Manolo Fortuny«un hombre para los demás»

Hace meses, llegaba Manolo Fortuny a la comunidad jesuita de Montesión, tras 25 años de residir en el Chad africano, entregado a sus tareas de evangelización mediante un intenso trabajo al servicio de los hombres y mujeres de Kyabé. Estaba avejentado, tras sufrir una serie de atropellos físicos y lógicamente morales. Se incorporó a nuestra vida comunitaria con absoluta normalidad, como si trasladara su «saber estar» en el Chad a su «saber estar» en nuestra ciudad, donde había nacido en 1945. Pasaban los días entregado, ahora, a poner en orden sus limitaciones corporales, pero siempre con un tono positivo y esperanzado ante su inmediato futuro. Y si las fuerzas no lo impiden, algún día volverá a tierra africana para empujar el desarrollo de su gran sueño: un complejo formativo integral, en torno a los valores del Evangelio, referenciales en la vida del P. Fortuny.

Y de pronto, saltó la noticia inesperada: COPE le había otorgado uno de sus Premios Anuales, de inmediata creación, por «su confianza al sembrar pequeñas semillas y su perseverancia al acompañar su crecimiento». El Premio revelaba perfectamente la personalidad de un hombre inteligente, creativo, paciente, y radicalmente creyente, cumpliendo al pie de la letra aquella definición dada por el P. Pedro Arrupe al preguntárselo cómo definiría a uno de sus jesuitas: «un hombre para los demás». Está claro que en la actual Compañía de Jesús, a Dios gracias, hay muchos otros compañeros y colaboradores laicales que desarrollan tal definición, pero, de vez en cuando, parece necesario evidenciar casos como el de Manolo Fortuny para mantenernos nosotros mismos con la mano en el arado ignaciano y poder mostrárselo a los demás como signo de identidad.

Este hombre jesuita que ahora «espera» en Montesión su momento de viajar a la tierra de sus sueños evangelizadores, y se esfuerza con una fortaleza ejemplar para el momento, vivió previamente a su llegada al universo africano una experiencia «fundacional» al pertenecer a la llamada Misión Obrera que, iniciada en Francia, alcanzó tierra española con verdadera intensidad. Manolo trabajó durante 15 años en una Fundición de Acero, y otros 15 en el TOPI, un taller ocupacional para la formación integral de los trabajadores. Sin estos 30 años de inmersión en el mundo del trabajo junto a los más vulnerables, Manolo no hubiera estado preparado para afrontar su experiencia, no menos radical, en el Chad. Al respecto, ha escrito Manolo: «una experiencia de aprendizaje de criterios, que ha calado en mi vida hasta el día de hoy». El célebre «criterio de realidad», tan típico de la espiritualidad ignaciana, formaba parte, desde entonces, del núcleo decisivo en la orientación de la vida de nuestro premiado. Todos tenemos, o no tenemos, algún referente máximo a la hora de interpretar nuestra propia vida y su lugar en el mundo. Manolo lo adquirió en los años de Misión Obrera y lo desarrolló, más tarde, en tierras africanas y todavía más en concreto en su fascinante proyecto de Kyabé.

Pienso que, por mi parte, pero supongo que lo mismo sucede a los demás compañeros de Montesión, es un lujo providencial contar con la presencia de una persona como Manolo Fortuny junto a nosotros. Verlo esforzarse por caminar cada día mejor, siempre con una media sonrisa un tanto irónica y una mirada que va más allá de lo inmediato, es una lección vocacional ejemplar, y nos anima a realizar aquella definición arrupista tan comprometida: «ser para los demás». En ocasiones, nos olvidamos de esta identidad no solo institucional porque también espiritual y misional, pero siempre contamos con personas a nuestro lado que nos recuerdan lo más sustancial de nuestra vocación cristiana e ignaciana: «salir de nuestro propio querer e interés» para acoger las vidas ajenas y colocarlas en nuestro corazón como ferviente compromiso. No es nada fácil conseguirlo, y repito que en ocasiones cometemos fallos importantes, pero detalles como el Premio recibido por Manolo Fortuny nos obligan a recordar quiénes somos y a quién servimos.

Tengo la seguridad de que el Señor a quien sirve Manolo, está la mar de satisfecho de contar con un discípulo así. Y Palma también debería estarlo. Ciudadanos así nos sostienen. Y nos apremian.