Opinión

La extrema derecha se normaliza

Los cordones sanitarios ya no operan en una situación que se hace crítica para el centroderecha europeo. O bien necesitan de estos partidos para formar gobierno o bien son devorados por ellos

Cada vez parece más evidente que los partidos reaccionarios ganan peso con cada elección que se celebra. En Europa, pero también, como hemos visto en Argentina, en todo el mundo. Desde el Brexit, los partidos de las derechas radicales han conseguido aumentar su presencia en todos los parlamentos europeos sin excepción. El consenso liberal sobre el que los sistemas políticos europeos habían avanzado a lo largo de todo el siglo XX se ha quebrado. El siglo XXI ha traído también la normalización de posiciones políticas que ya solo recuerdan los más mayores del lugar mostrando cuán débil es la memoria y qué necesaria su recuperación.

Los partidos centristas en los Países Bajos pensaron que podrían ampliar su base electoral adoptando posiciones de extrema derecha sobre inmigración, por el contrario, lo que han conseguido es legitimar a esa derecha radical y ampliar su apoyo ciudadano en estas últimas elecciones legislativas. Ahora el Partido de la Libertad de Wilders es el partido más numeroso del Parlamento neerlandés y se encuentra con capacidad para intentar formar Gobierno. El partido de centroderecha liderado por Dilan Yeşilgöz-Zegerius ha rechazado unirse en coalición de gobierno con Wilders, pero no descarta un apoyo desde fuera del mismo. Durante más de diez años, el saliente Mark Rutte impuso el cordón sanitario a Wilders, aunque fue incorporando posiciones que convergían con las propuestas procedentes de la derecha radical. Sin embargo, su sucesora optó por abrir la mano y apostó por un Gobierno de coalición con el Partido de la Libertad, pensando que el apoyo de este le permitiría convertirse en primera ministra. Se equivocó y Wilders quedó por delante. Algo similar sucedió también en Italia donde la victoria de Meloni vino precedida por el hartazgo de los votantes con las fuerzas tradicionales y tras el Gobierno de Monti. No en vano el nacionalpopulismo es la otra cara de la moneda de la tecnocracia.

Sea como fuere, lo relevante es que todas estas fuerzas políticas han ganado peso en el actual contexto político europeo, tanto si están en el Gobierno, como si lo apoyan desde fuera, parece muy claro que están consiguiendo marcar la agenda en temas tan relevantes como la inmigración, y avanzando peligrosamente en otros como el proceso de integración europeo o las posiciones más en la lucha cultural en relación con el género y los derechos de las minorías sexuales. Pero lo que es aún más grave, han visto como sus posiciones se normalizaban política y socialmente en la mayoría de los casos de la mano del centroderecha. Así se puede apreciar a lo largo y ancho de la geografía europea, se encuentran en posiciones de poder en países como Italia con Meloni, como Hungría con Viktor Orbán, en Finlandia donde se han incorporado al Gobierno de coalición o en Suecia donde no habría Gobierno sin su apoyo externo. En Alemania, los radicales de AfD se sitúan como segunda fuerza política marcando máximos históricos desde el mes de septiembre por encima del 20% de intención de voto y superando cada vez con más distancia a socialistas y verdes alemanes. En Austria continúan ascendiendo, y en Polonia, Ley y Justicia obtuvo el 35% de apoyo electoral, que si bien no le servirá para formar Gobierno, le convierte en la fuerza política con mayor apoyo en el Sejm incluso tras ocho años de Gobierno. En Francia hace ya tiempo que Le Pen forma parte del sistema y en España vemos como Vox ha conseguido normalizar sus posiciones de la mano de gobiernos liderados por el PP. Y en Portugal, la Chega espera ser una fuerza decisiva para la conformación de Gobierno tras las elecciones del próximo mes de marzo. Los cordones sanitarios ya no operan en una situación que se hace crítica para las derechas conservadoras y democristianas. O bien necesitan de estos partidos para formar Gobierno, o bien terminan devorados por ellos, como en Francia o en Italia.

Estas fuerzas políticas confirman de manera cada vez más clara su centralidad en un contexto como el europeo donde, especialmente desde el comienzo de la invasión rusa de Ucrania, las propuestas de securitización y militarización de las sociedades han ganado un mayor peso, algo que, sin duda, favorece sus propios discursos y posiciones. Las elecciones europeas de junio de 2024 se sitúan como el gran test al que el proyecto europeo debe hacer frente, y se corre el riesgo de no conseguir el apto.