Opinión

Entreactos en la Unión Europea

En los menús de la Unión Europea, más allá del foie de Estrasburgo y las reformas siempre pendientes, un plato muy indigesto es la posibilidad de que el noviembre próximo Donald Trump olfatee de nuevo los rosales de la Casa Blanca. Antes, en junio, son las elecciones al Parlamento Europeo, de mucho calado por los cambios de temperatura política y la complejidad de tantos asuntos pendientes. Entrar en otra fase de riesgos imprevistos añade más incertidumbre para un electorado que instintivamente desea seguridad.

¿Viene un entreacto eurohorribilis? Si la integración europea no existiera haría falta inventarla pero en el sistema nervioso de Europa hay síntomas de cansancio con la guerra de Ucrania, estrés con la crisis de Gaza, más debilidad en los consensos habituales. Algunos países miembros están reforzando sus fronteras. Es un sistema de construcción acumulativa, con fases de ladrillo, otras de acero o mampostería, hay hormigón y chapa, madera y materiales sintéticos. Y, a la vez, componentes supranacionales e intergubernamentales.

En Holanda, la victoria de Wilders -activo en política desde el asesinato del director de cine Theo van Gogh a manos de un islamista, en 2004- se suma a un paisaje político en el que el partido AfD va en segundo lugar en Alemania, Marine Le Pen aventaja a Macron en Francia y la italiana Meloni ya es una de las nuevas stars de la política europea. Algo parecido ocurre en Austria y en Suecia. La aparición de esa derecha extrema, con fases de evolución, muy heterogénea en sus formas y tácticas, se ha dado principalmente por el rechazo de las poblaciones europeas a una inmigración incontrolada que se concentra en zonas ya saturadas. Ante esa evidencia, como ante las bandas que trafican con emigrantes y pateras, las sucesivas dilaciones de la Unión a veces se diagnostican como un lapsus, como si el trance regulatorio pudiese sustituir la toma de decisiones. También ocurre con la política exterior: si la Unión Europea ya adoptó por consenso la propuesta de los dos estados -Israel y Palestina- se supone que alguien tiene que ponerse a hacer política para lograrlo. A fin y al cabo, la UE es la gran donante de la Autoridad Palestina. En general, van a chocar propuestas de reformas muy contrapuestas que pueden inmovilizar las mejoras y la ampliación de los 27 a 30, por ejemplo. Que la UE pueda influir en el alto al fuego en Ucrania parece una quimera.

Si Trump vuelve a la Casa Blanca desplegará de nuevo su desdén por la Unión Europea. Bruselas estudia cómo resguardar los pactos comerciales y, a la vez, evitar que Trump jalee al nuevo euroescepticismo, como patrocinó a Farage, gran bocazas del Brexit. La buena relación del Partido Popular Europeo -posible ganador en las elecciones de junio- ya saltó por los aires con Trump. Le afectaría especialmente otro mandato trumpista.

Los procedimientos para la toma de decisiones en el sistema institucional europeo son bizantinamente sofisticados y si lo son para los políticos mucho más lo son para los ciudadanos. Recientemente, el Parlamento Europeo aprobó un informe de reformas máximas, quizás en el momento menos propicio. El europeísta Donald Tusk ha dicho que eran proyectos «estúpidos». Son tiempos para la política prudente y el eurorrealismo, para el consenso posible, sin ilusionismo eurofederalista. Existe la teoría de que si en una sociedad la complejidad aumenta es para ir resolviendo problemas. Esa sería la mayor solvencia de la UE, suma de sociedades complejas.