Opinión | Al Azar

Irene montero le debe a Sánchez

Ningún presidente del Gobierno, ni siquiera el bonachón de Zapatero, hubiera nombrado ministra a Irene Montero. Y sobre todo, ningún presidente del Gobierno hubiera mantenido a Montero tras el naufragio mayúsculo de su ley desdichada. Al ritmo actual de la crecida de desafección hacia Pedro Sánchez, la afortunadamente exministra es la única española que guarda una deuda impagable con el líder socialista. Pues no. Después de haberse beneficiado del favoritismo presidencial durante cuatro años, la causante principal del naufragio de Podemos se despide de su jefe a patadas, y solo porque no puede despedirlo a patadas.

Montero le debe a Sánchez, pero considera que merece el rango de ministra vitalicia, como en las dictaduras. Recuerda a los altos cargos autonómicos de Podemos, y los ha habido, que pretenden mantenerse con un ejecutivo de PP/Vox. Sus ínfulas omiten que su nombramiento obedecía estrictamente a una prerrogativa del presidente, que además tuvo que tragarse el nepotismo sin precedentes de colocar a una pareja al completo en su Ejecutivo. La beneficiaria ni siquiera se ha reservado un mínimo de clase en su despedida, con sendos bofetones a la persona que la encumbró, el tal Sánchez.

El milagro del 23J no consiste en que el PSOE haya resistido a Feijóo, sino en que haya sobrevivido a la maldición de Irene Montero. Ningún ser humano, ni siquiera ministro, ha pulverizado las expectativas de la izquierda con la determinación y solvencia de la exministra. En su adiós con cajas destempladas se guardó mucho de atacar a Yolanda Díaz, la causante inmediata de su desgracia. La ministra imprescindible también olvida que las ruinas de Podemos rezongaron por su destierro, pero incluso su amada Ione Belarra se abrazó con fruición a un sueldo de diputada. Montero no es una víctima, es una privilegiada a la que han concedido varias oportunidades de más. La ausencia de un mínimo de sensibilidad en su despido forzoso demuestra únicamente que jamás debió montarse en el coche oficial, al que tanta afición le ha cogido.