Opinión | Caso Rubiales

Rubiales dimite por lo penal

El presidente de la RFEF envió este domingo una carta a Pedro Rocha, presidente interino, para comunicarle su renuncia, así como a la del cargo de vicepresidente de la UEFA

Luis Rubiales dimite como presidente de la RFEF y como vicepresidente de la UEFA

Atlas Agencias

La dimisión de Luis Rubiales no es un éxito del Gobierno, solo un alivio para un Pedro Sánchez amilanado en el tratamiento del mayor escándalo de su trayectoria, como si el abusón le diera más miedo que la suma de González y Guerra. La FIFA sentenció, con la clarividencia ausente en la Moncloa, a un personaje de opereta aupado por el fútbol español en cuanto que lo representa con absoluta fidelidad. Sin embargo, el auténtico verdugo del restaurador del landismo ha sido la opinión pública. Y aunque esta institución trabaja sin distinción de género ni edad, las mujeres españolas en su conjunto han logrado una victoria trascendente, la constatación social por encima de los códigos de que con su cuerpo no se juega.

La constancia de la opinión, frente a la tolerancia del mundo del fútbol incluida la prensa aneja, yugulaba cualquier salida no deshonrosa del presidente testicular. Sin embargo, su dimisión en la semana de la actuación de la Fiscalía y de Jenni Hermoso se produce por la vía penal.

Al igual que los grandes corruptos políticos, la consulta previa a su penalista habrá informado a Rubiales de sus bazas menguantes. La corriente dominante, sintetizada por el insigne fiscal José María Mena, se decanta por una agresión sexual en su tramo inferior, de uno a cuatro años de cárcel que probablemente podrían ser sustituidos por una multa.

Un calvario para la víctima, pero la suerte estaba echada. Por supuesto, se debe guardar un rincón para quienes nos apuntamos al veredicto no menos radical de la gran Clara Serra. A saber, "un sexismo clamoroso" de cese inmediato, sin necesidad de adentrarse en las procelosas aguas punitivas.

La dimisión de Rubiales es un triunfo femenino, pero una vergüenza para elGobierno que debió destituirlo antes de su intervención en el pleno de la Real Federación Española de Fútbol. Nadie puede pronunciarse en términos golpistas ante una institución que sintetiza incluso en su denominación a la Corona, el Estado, la Nación y sobre todo el Balón. La extinción del hombre que humilló a un país ha servido de paso para arrojar al basurero de la historia a pantomimas como el TAD indescifrable. Por no hablar del CSD o del tembloroso ministerio de Cultura.