Opinión

Lanzar cosas a los candidatos

Ciertos militantes de los grandes partidos son tan ciegos como un enamorado monomaniaco,

todo lo disculpan y lo aplauden

Hace unos días, la cantante Pink actuaba en Londres cuando notó cómo una bolsa llena de cenizas aterrizaba en el escenario. Rápidamente interpretó la situación: eran los restos mortuorios de la madre incinerada de una de las fans. «No sé cómo tomarme esto», confesó a la audiencia. Minutos después, le tiraron un queso brie. Quizás pensaron que con los dos regalos podía montar un velatorio con piscolabis.

The Washington Post ha recogido la anécdota, para armar un artículo en el que se pregunta si los seguidores de artistas pop se están volviendo cada vez más agresivos y raros. Y, de hecho, muchos otros textos analizan si el público tiene, por así decirlo, demasiado afán de protagonismo. Si ya no se conforma con ser un espectador y si el hecho de que este tipo de episodios se vuelvan virales provoca situaciones cada vez más delirantes. En realidad, lo de lanzar cosas al artista que amas es bastante parecido a tirar de la coleta a la niña que te gusta. Una forma atávica y algo patética de llamar su atención.

A Tom Jones le entró una crisis de la mediana edad de caballo, y entendió que se estaba convirtiendo en una parodia de sí mismo, cuando olió en un escenario de Las Vegas unas bragas limpias. El Tigre de Gales era conocido por esquivar como nadie la ropa íntima de las fans, pero hasta ese momento, cuando ya daba recitales para señoras adineradas y respetables, no la recibía planchada y con olor a suavizante. Todo empezó en 1969, en un concierto en el Copacabana: una fan se quitó las bragas a medio concierto y se las tiró a la cabeza. Resultó ser la novia de un gánster. Él sentía, entonces, que ese peligro era real, incluso dramático, mientras que recibir packs de Women’s Secret era una farsa.

El lanzamiento de objetos viene de mucho antes, por ejemplo de las corralas y escenarios en zonas rurales, o no tan industrializadas, donde se tiraban tomates a los actores. El primer caso documentado es de 1883, en Nueva York, donde se añadieron huevos podridos. Desde entonces, por alguna razón, esta disciplina no ha servido solo para mostrar descontento, sino también deseo. Ozzy Osbourne fue obsequiado con un murciélago (pensó que era de juguete y se la jugó decapitándolo con un mordisco) y Alice Cooper solía devolver las gallinas al público.

A veces, como sucede con la vida, es algo más ridículo: una piruleta acertó en el ojo de David Bowie en Noruega y casi lo deja tuerto, Mick Jagger recibió ocho puntos por un sillazo, Harry Styles ha tenido problemas con caramelos Skittle en Boston y con tampones en Nottingham. Y hasta Rosalía tiene que decir cada cierto tiempo que, por favor, no la quieran tanto: casi tiene un grave accidente por un ramo de flores en San Diego. De hecho, géneros musicales como el punk no se entenderían sin el tiro al pato (o el botellazo al cantante).

No sé qué puede empujar a un fan a amar tanto a alguien como para abrirle la cabeza con un mechero. Aunque estos días leía la novela Amor sin fin, de Scott Spencer, uno de los libros más bellos y emocionantes sobre la pasión romántica que he leído en toda mi vida, que arranca con un adolescente de 17 años que, abandonado por la novia, decide mostrar su amor incendiándole la casa con toda la familia dentro: «La cuestión era no permitirles pasar otro día más sin verme».

Extraña ovación

Y mientras lo devoraba, y consumía artículos sobre fans agresivos con la radio en campaña de fondo, pensaba en cómo se trasladaría eso a la carrera electoral. Ciertos militantes de los grandes partidos son tan ciegos como un enamorado monomaniaco, todo lo disculpan y todo lo aplauden. He visto cosas que no creeríais, como todo el público de un plató ovacionando a un candidato que acababa de decir que suprimiría el impuesto a las grandes fortunas (no sé si el público era el Ibex 35 al completo).

Imagino mítines donde los fans de tal partido o tal otro lanzan al escenario cosas inofensivas, pero preñadas de simbolismo, como la tarjeta rosa de jubilados, la factura de la compra de tres aguacates o las cenizas mortuorias de los derechos adquiridos en los últimos años.