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Meryem El Mehdati

Meryem El Mehdati

Escritora

Sesión 53

¿Es machista cantar «Cambiaste un Rolex por un Casio?». No lo tengo tan claro como el resto de los expertos en feminismo, sororidad y relaciones amorosas

Todas mis pertenencias siguen en cajas a la espera de ser liberadas por aduanas. No haré ningún comentario al respecto, me considero demasiado joven y blanda como para ir a la cárcel. Antes de que acabase el año la escritora francesa Annie Ernaux ganó el Premio Nobel de literatura tras toda una vida dedicada a desarrollar una obra que muchos califican de autoficción con desdén o con una mueca extraña en la boca. El primer libro de Annie Ernaux que leí fue Pura pasión, Passion simple en francés, el idioma original. Durante una época de mi vida me dediqué a leer los mismos libros en la lengua origen y en la versión traducida al español porque me gustaba comparar ambas versiones y ver qué decisiones había tomado el traductor. Ya no lo hago porque no tengo tiempo y porque, como tantas compañeras de carrera, no terminé dedicándome a eso a lo que pensaba que me dedicaría.

Meses previos a que conociéramos la decisión del Premio Nobel el ambiente que reinaba en el mundo literario tendía a la crítica a cualquier atisbo del Yo en la literatura. «Estamos cansados de la autoficción» se convirtió en un mensaje que pasó a poblar las páginas de las revistas especializadas, de las entrevistas a escritoras y escritores y de las mesas de novedades de las librerías. «Queremos que vuelva la imaginación», leí en muchas ocasiones. En las páginas de este periódico se pronunciaron algunos escritores en contra de que Annie Ernaux recibiera este premio. Los motivos eran varios pero todos gravitaban en torno a la premisa de que hacer de la vida de uno su obra literaria no es literario.

Cuando una mujer retuerce sus experiencias hasta convertirlas en una amalgama que emplea de base para escribir algunas personas se ponen nerviosas. ¿Hasta qué punto se puede hablar de la vida propia y ganar dinero con ello? De repente todo el mundo parece tener unos principios muy sólidos al respecto. Poco importa que la autoficción sea un género que se ha explotado desde el principio de los tiempos, ni que cientos de hombres compartieran sus más oscuros deseos y vivencias en forma de novela con un público que nunca cuestionó ni una sola de sus frases.

Asisto sorprendida durante los últimos días a toda la conversación que se ha generado en torno a la sesión número 53 de BZRP, Bizarrap, con Shakira. Hombres que nunca se habían pronunciado sobre el feminismo se han convertido en aliados de la causa feminista de la noche a la mañana, preocupadísimos por los hijos de Shakira y por el trauma al que estos podrían verse empujados tras escuchar la canción que su madre dedica a su padre, Gerard Piqué. ¿No les suscitó ningún problema moral que el futbolista catalán engañara a su mujer con una muchacha de 22 años? Supongo que no, que el problema comienza cuando una persona adulta decide usar su despecho como cimientos para una canción.

¿Tenemos las mujeres que ser amigas de todas las mujeres del mundo? Me atrevería a decir que no, que si otra mujer toma la decisión de comenzar una relación con nuestra actual pareja y participar en el engaño no tengo que ser su amiga ni mostrar sororidad con ella ni nada por el estilo. Faltaría más. ¿Es machista cantar «Cambiaste un Rolex por un Casio?». No lo tengo tan claro como el resto de los expertos en feminismo, sororidad y relaciones amorosas. Los seres humanos no nos distinguimos por comportarnos de forma excelente todos los días de nuestras vidas, a todas horas.

La elegancia silenciosa de la que tantos hablan entraña cierto tipo de condescendencia con el dolor ajeno que me resulta hipócrita, deshonesta: nuestro primer instinto cuando nos hieren de gravedad es herir de vuelta. Si la cuchillada es pública y la sangre se desparrama a la vista de todo el mundo la humillación mortifica y se pudre en el pecho. Quedan pocas personas en el mundo que no sepan que la amante de su marido se comió su mermelada. Si ustedes han leído a Annie Ernaux sabrán que sus novelas se caracterizan por una honestidad que en ocasiones resulta insoportable pues el lector pasa a conocer detalles de su vida que quizá hubiese preferido no conocer. Tanto Shakira como Ernaux tienen en común algo que no puedo no señalar. Muchas personas han hecho dinero escribiendo sobre lo mal que les parece que tanto la una como la otra hablen de sus vidas y se ganen la vida con ello. Qué irónico, ¿no es cierto?

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