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Diario de Mallorca

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Matías Vallés

La república de PP y Vox

Unas elecciones presidenciales a la francesa podrían plantear en España un duelo entre dos candidatos de la derecha y de la ultraderecha

El presidente francés Emmanuel Macron. EFE

No es noticia que en Francia venciera el candidato más antipático, pero la elección presidencial merece una atención adicional en un país que no solo es el único miembro de la Unión Europea con plaza fija y derecho a veto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, sino que también ofrece la singularidad de su arsenal atómico. En resumen, la monarquía más poderosa de la UE, porque la guillotina no es un método infrecuente de revigorizar el tronco genealógico. En cuanto a la caducidad de los residentes en el Elíseo, tampoco los restantes palacios europeos son ya vitalicios, desde el Vaticano a La Zarzuela.

El PP festejó con cómico estruendo el triunfo del exministro socialista Emmanuel Macron, aunque seguramente hubiera preferido que se presentara en un tique abrazado a Marine Le Pen. O como mínimo, que la instale de primera ministra en Matignon. Acalladas las carcajadas, el partido francés equivalente a los populares se titula Les Républicains, y el presidente repetidor se despojó de su lastre izquierdista en el gabinete de François Hollande con el traje a medida de La République En Marche, partido nominal que se desvanecerá en cuanto se agote la presidencia de su amo. Por tanto, la derecha francesa oscila en parámetros netamente republicanos.

En caso de que se necesitan más pistas sobre la adscripción ideológica dominante de Macron, su principal asesor atiende por Nicolas Sarkozy. Se amontonan las pruebas de que en Francia se planteó un enfrentamiento cartesiano entre republicanos de derechas, el ultraliberal contra la ultraconservadora. Por tanto, el equivalente del lado equivocado de los Pirineos sería la república de PP y Vox. Unas elecciones presidenciales a la francesa plantearían en España un duelo entre la derecha y la ultraderecha. Nadie se atrevería a decretar hoy que el neofranquismo no será la segunda fuerza más poderosa del país. Por si sirve de alivio, en ningún caso será la primera. Véase Francia, donde «Ni Le Pen ni Macron» es un voto al segundo, el único que podía ganar las presidenciales.

Desde antiguo, se asusta a los niños con la perspectiva de que la alternativa a una monarquía discutida podría ser una república presidida por José María Aznar, el político más arrogante y prepotente que ha conocido Miguel Ángel Revilla. Cuando se plantea que el expresidente del Gobierno tendría como rival en el mano a mano definitivo a la sucesora de Santiago Abascal al frente de Vox, la hipótesis republicana degenera en una secuela de Pesadilla en Elm Street.

Desde luego, y al igual que en Francia, en ningún caso se dirimiría la segunda vuelta de las presidenciales españolas mediante una colisión entre dos candidatos de izquierdas. Por tanto, los abnegados progresistas españoles que se baten con denuedo para materializar un horizonte republicano pueden llevarse un chasco monumental. El combate Macron/Le Pen del pasado domingo, el tercero entre derecha y ultraderecha de los últimos veinte años después del Chirac/Jean-Marie le Pen de 2002 y el Macron/ Le Pen de 2017, debería aportar munición suficiente sobre los riesgos ultraconservadores de una restauración republicana.

La izquierda habrá presidido la república francesa en cinco de los 32 últimos años, y el paréntesis luminoso de François Mitterrand sucede al encadenado De Gaulle, Georges Pompidou y Giscard d’Estaing. Para atenuar la hegemonía, desde Estados Unidos se denuncia que los residentes en el Elíseo siempre acaban ejecutando políticas socialistas. En cualquier caso, la contradictoria defensa monárquica de un PSOE republicano parece más inteligente a la vista del veredicto dominante en las urnas galas.

En su enésimo error, La Zarzuela ha distinguido esta semana entre partidos afectos y desafectos. La estéril rabieta de transmitir la declaración del patrimonio de Felipe VI solo a los monárquicos pata negra olvida que un ciudadano puede pronunciarse contra su Rey, quien en cambio ha de abrazar a todos los españoles sin distinción por su vocación universal. Seleccionar a la clientela es un tic aristocrático incompatible con la democracia. Y sobre todo, la pataleta palaciega muestra escasos reflejos políticos al olvidar que la salvación puede venir de los rincones más inesperados, véase el trato evangélico a María de Magdala.

El PSOE es el sostén más destacado y paradójico de la monarquía, que no sobreviviría al abandono de la izquierda moderada. Al mismo tiempo, los socialistas han entendido que es más fácil limitar la autonomía de un Rey que frenar a un muy probable presidente de la República ultraconservador, y aquí procede sacar de nuevo a pasear el espectro de Aznar.

Más allá de la sorpresa de comprobar que a la ultraderecha se la derrota votando, las presidenciales francesas desparraman evidencias que licúan la política de bloques, con traspaso de sufragios de la ultraizquierda a la ultraderecha, y de la izquierda a la derecha. El voto solidario de PP y ERC en contra del Gobierno, así en la reforma laboral como esta misma semana en las medidas anticrisis, también demuestra que los cordones unitarios funcionan mejor que los sanitarios. A la recomposición por la descomposición, frente a la república de PP y Vox.

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