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Diario de Mallorca

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Eduardo Jordà

Bienvenidos al Gatopardo

Ahora es un buen momento para leer -o releer- El gatopardo. Hace años, en una visita a Palermo con Valentí Puig, Emi Manzano y Maria Lladó, todos nosotros, tan palmesanos, nos sorprendimos al comprobar que Palermo parecía una réplica de Palma, o al revés, que Palma era una réplica un poco más pudorosa de Palermo. La via Argenteria de Palermo, que está en la ciudad vieja, es lo más parecido que uno pueda encontrarse al carrer de l’Argenteria de Palma, donde mi abuelo desayunaba todos los días en el bar Plata (un café que felizmente sigue en pie). Y la Via Butera, donde Giuseppe Tomasi di Lampedusa escribió El gatopardo entre 1954 y 1957, es lo más parecido posible al carrer de l’Estudi General donde Llorenç Villalonga -que no sabía nada de la existencia de Lampedusa- escribió Bearn casi por las mismas fechas.

Sí, es cierto, la Via Butera de Palermo es un poco más espaciosa y un poco más señorial que el carrer de l’Estudi General, tan angosto y claustrofóbico. Pero eso se debe a las bombas que cayeron sobre Palermo durante el desembarco aliado en Sicilia y que obligaron a reconstruir muchas de las mansiones donde vivían los aristócratas arruinados que quedaban en la ciudad. Esa es la única diferencia. Bueno, hay otra. Lampedusa decía que Palermo era una ciudad extraordinaria porque era la única ciudad del mundo donde había cuatro príncipes que pedían limosna. Después, el hombre que estaba escribiendo El gatopardo se giraba muy serio y añadía: «Yo soy el único príncipe de Palermo que no pide limosna». Si no la pedía, era porque su esposa -lituana- era psiquiatra y ganaba el suficiente dinero como para mantener al príncipe en su palacio semiderruido de Via Butera. En Palma, que sepamos, nunca llegó a haber aristócratas que pidieran limosna.

¿Por qué decía que ahora mismo es necesario leer El gatopardo? Por la sencilla razón de que estamos viviendo un momento histórico en el que resulta evidente la certeza de estar viviendo un cambio de época como el que narraba Lampedusa en su novela. Por supuesto, Lampedusa y Villalonga hablaban de los cambios sociales del siglo XIX, cuando la aristocracia arruinada tuvo que dejar paso a la pujante burguesía, representada en El gatopardo por el listísimo, vulgar y riquísimo Don Calogero Sedàra, yerno de un tal Peppe Mmerda. Ahora, por supuesto, el cambio es muy distinto, pero nadie podrá decir que ese cambio no se esté produciendo. Es verdad que los cambios de época responden a procesos históricos muy largos que no se producen de la noche a la mañana. Una sociedad es como un glaciar que se va resquebrajando y secando durante mucho tiempo, hasta que un buen día, cuando nadie se lo espera, un inmenso bloque de nieve azulada se desprende de golpe y cae al mar en medio de un estrépito insoportable. Pues bien, estamos viviendo el momento en que el inmenso bloque de hielo, que se había ido agrietando en silencio a lo largo de décadas, se desgaja de repente y cae al mar. Y donde antes había habido una sólida masa de hielo que avanzaba poco a poco sobre la ladera de una montaña, de golpe descubrimos que ya no queda nada más que un inmenso charco de nieve sucia a punto de derretirse. Y entre esos charcos de nieve, todos los cadáveres insepultos que el deshielo ha ido dejando al descubierto.

La guerra de Ucrania es una prueba de que las cosas están cambiando a un ritmo que nadie podía imaginar. Otra prueba más: el regreso de una inflación desbocada que todos creíamos haber olvidado. Y otra más: esa moda terrible -y humillante- de los ricos riquísimos que se hacen pasar por pobres y que nos repiten a todas horas que se vive mucho más feliz si uno pasa estrecheces y no puede encender la calefacción y se conforma con consumir muy poco. Si en la época de Lampedusa los aristócratas de Palermo tenían que pedir limosna porque no tenían dónde caerse muertos, los billonarios actuales nos quieren hacer creer que seremos mucho más felices si tenemos que pedir limosna. Más aún, esos millonarios nos repiten que ser pobre no es una vergüenza ni una calamidad, sino que en realidad es un lujo. Siendo pobres viviremos más tranquilos, seremos más ecológicos y contribuiremos a ganar la batalla contra el cambio climático. Eso nos dicen. Si esto no es el signo de un cambio de época, es que estamos ya muy ciegos.

En El gatopardo se recoge la frase que se ha convertido en un lema en el que ha cristalizado la sabiduría política del siglo XX: «Para que todo siga igual, todo tiene que cambiar». Pues bien, ahora, para que todo siga igual, los que tendremos que cambiar seremos nosotros. Y de pequeños burgueses con derecho a tener una vida más o menos razonable, con un trabajo más o menos decente y un modo de vida más o menos decente, tendremos que pasar a considerarnos pobres de solemnidad. Y encima tendremos que estar orgullosos de ello.

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