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Elena González

La misa, por las mujeres

Me fui muy joven del pueblo y nunca fui capaz de tener una conversación de mujer a mujer con mi madre. Mi hermana Encarna, que estuvo a su lado, me cuenta que ella hubiera sido feliz sin casarse. Tuvo una vida perra. Se le murieron dos niños. Parió a otra en una cuadra, donde convivían miserablemente familias de inmigrantes que llegaban a la costa expulsados por las pedrizas o la sed de una tierra estéril. Rechazados ya entonces. Con mi padre enfermo, llegó a deber el pan de sus hijas a la caridad ajena y sus manos de sirvienta raspaban como lija. Tuvo que sacar a las mayores de la escuela y lloró por ellas, porque no pudo darles los estudios que también fueron su sueño frustrado. Estaba a punto de empezarlos cuando la guerra y la derrota se lo quitaron todo. La hacienda, la esperanza y el futuro que debió ser. Mi madre deseó haber nacido hombre, nos confesó alguna vez, para viajar sin permiso, para tener más oportunidades de aprender y trabajar, para decidir..., y a cambio sería alabada por convertirse en una de esas miles de abuelas nuestras que lo han dado todo por sus familias sin derecho a habitación propia. Mujeres a las que nadie les preguntó qué quisieron ellas. Mujeres a las que el franquismo robó la oportunidad de otra vida. Pienso en mi madre y no me escandaliza tanto que el líder del PP se «equivoque» de memoria y ‘honre’ con su presencia la del dictador como que aquí ésta todavía se siga glorificando hoy impunemente. Las misas al verdugo.

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