Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Puigdemont posa sonriente el pasado sábado en Cerdeña.

Lo más difícil de entender no es si a Puigdemont se le podía detener en Cerdeña o no —que también— sino a quién puede interesarle el asunto. Desde luego no al presidente de la Generalitat, que se ha limitado a lanzar una queja ritual de las que se usan para dejar claro que estamos hablando de nimiedades. Tampoco al Gobierno, preocupado por mantener la mesa de diálogo con Esquerra Republicana de Catalunya por encima de cualquier otra cuestión, y que se ha apresurado a difundir que ésta, la mesa, no queda afectada por la detención. Si nos aferramos a las teorías conspirativas cabría atribuir al propio Puigdemont la iniciativa de forzar su captura, cosa absurda porque de querer que se produjese tenía a su disposición formas mucho más espectaculares y efectivas de sacarle rendimiento publicitario, como la de aterrizar en el aeropuerto de Barcelona, por ejemplo, o cruzar en automóvil la frontera desde Francia sin ir escondido en el maletero esta vez. Quizá se pueda entender que, dado que a los más fogosos de los independentistas —dentro de la CUP y/o de ANC la mayor parte de ellos— les ha hervido la sangre al saber que a su amado líder le habían llevado a la comisaría por unas horas, algunos de los que se dan por agraviados se hayan apresurado a echarle la culpa al Estado español. No andan muy duchos de geografía política más allá de los Países Catalanes e igual se confunden con el Estado italiano del mismo modo en que no son capaces de entender la distancia que va de los gobiernos a los jueces. En cualquier caso, las agresiones a la policía llegan ahora con motivo de los botellones, no de la pasión independentista. No hay gloria que no caiga.

El asunto de la detención de Puigdemont ha pasado quizá no ignorado del todo pero reducido a una molestia, como si se tratase un sarpullido inoportuno de los que produce la picadura de un mosquito. Leyendo, aunque fuese por encima, las noticias, incluida la de Pilar Rahola cantando un himno revolucionario delante del consulado de Italia en la Ciudad Condal, la sensación que se tenía era de vergüenza ajena. Es lo malo de las independencias que se proclaman sin que sus protagonistas se lo crean del todo: duran poco pero las molestias que les causan a los mismos que las promueven se prolongan una barbaridad.

En el fondo el episodio ha servido para hacernos recordar que nadie sabe qué hacer en realidad con Puigdemont, y puede que tampoco lo sepa él mismo. Así que seguiremos, si no atentos a las noticias que se produzcan, que tampoco es para tanto, dispuestos al menos a echarle una ojeada al capítulo siguiente de la historia interminable. En la película del mismo nombre, Bastian se hizo famoso subido al Dragón de la Suerte y volando entre las nubes mientras sonaba la canción pegadiza. Quizá debería tomar ejemplo Puigdemont.

Compartir el artículo

stats