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Alex Volney

Jordi Pujol

Jordi Pujol.

Jordi Pujol.

Venía por la librería una o dos veces al año. Siempre con alguna recomendación o recado de los amigos de nuestros abuelos, también de Palafrugell. En la librería donde trabajaba entonces se ponían algo nerviosos, pues se presentaba siempre con la misma broma: «Bon dia, sóc Jordi Pujol... pro el bo». A parte de esto, el argot profundamente ampurdanés hacía que mi compañero, que era «de la casa», tuviese siempre reparos e intentase que acabáramos pronto.

Venía a Mallorca por temas de salud a hacer sus prolongados tratamientos en la isla. Había sido durante cuarenta años interventor de La Caixa y por las tardes atendía su pasión, la lengua catalana. Siempre se le podía encontrar en la bibliotecas de l’Empordanet. Uno de esos intelectuales del pueblo eclipsados por la sombra del universal autor de El Quadern gris. Hoy ya se aleja pocas veces de lo que és el carrer del Mercat.

Fue director de la Revista de Palafrugell y profesor de catalán. También ha traducido a Shakespeare, Yourcenar, Ghelderode o Goldoni. En 1951 Jaume Vicens Vives le presentó a Josep Pla, de quien mecanografiaría Peix fregit con el Diccionari Fabra bien cerca. Asegura que en la Obra Completa de Pla hay muchos errores y anacronismos y que sería bien necesario repasar el vocabulario ampurdanés. También que fue, una temporada, su corrector ortográfico y de puntuación y suele repetir muy a menudo que «lo habrían suspendido». Pero para ser justos, y si ustedes hojean el original del Quadern Gris facsimilado, en formato dietario, por la editorial Destino, faltas incluidas, también cabe reconocer una riqueza de léxico y de estilo totalmente difuminadas en ediciones posteriores, más cuidadas.

Siempre recordaba que Pla acertó en casi todo: «Que Franco ganaría por culpa de los marxistas y anarquistas y que por culpa del mismo, los ingleses darían la espalda a la República y que el Estatut se pactaría con la monarquía española». «No era fascista, era liberal conservador», decía, pero era «lunático y amable si le caías bien. Pero si le caías mal...».

Pasó bastantes veces, este Jordi Pujol, por la librería a finales de los noventa y principios de este siglo, y siempre con sus jugosas anécdotas: «Josep Pla era molt amic dels tapers vells com el vostre besavi» y también «Pla deia que Porcel era el millor escriptor i ho deia, pro no ho deixà escrit».

Como corrector fue muy duro con J. Pla y siempre ha ido repitiendo lo mismo. Cuando vamos por Palafrugell se puede comprobar que este injusto trato u opinión que dedican algunos vecinos cuando se trata de uno de los grandes, es solo algo comparable con el trato que muchas veces se ha dado a nuestro genial pintor Miquel Barceló en Mallorca, solo para que se hagan una idea. Está claro que se trata de algo universal y generalizado en lo humano. Siempre tan difícil separar la historia y la política de la literatura o del arte, y tan fácil ser ninguneado por los tuyos.

Nuestro personaje siempre ha sostenido que se publica mucho en catalán porque hay demanda. Que antes no pasaban los veinte mil lectores que compraban y que hoy esto se ha disparado. Suele acabar con una escueta y realista concesión: «Facin com Pla, treballin i treballin!».

El corrector, uno de ellos, del autor ampurdanés más universal, opina que «la llengua ha de tenir gust de pa del dia i regust de la terra» pero cuando se pica vuelve al tema: «Li haurien suspès l’ortografia». A este corrector tan exigente le eclipsa hoy su hijo, el heterodoxo autor de éxito Adrià Pujol, no tan conocido en el Baix Empordà, pero autor casi mediático en el resto del territorio de habla catalana.

Nuestro personaje recuerda haber caminado hacia la frontera con su madre. Niño de la guerra que en los campos de refugiados «jugaba a fusilar a Franco». Nacido en Palafrugell y, como no, tocado por la tramuntana. «Bon dia sóc Jordi Pujol... i Cofan».

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