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Matías Vallés

Al Azar | Sánchez quiere gobernar

Ni la derecha extrema, perdón por la redundancia, se atreve a sostener que la situación de Cataluña es peor hoy que durante el mandato de Rajoy. De hecho, las querellas intestinas entre Esquerra y Junts superan por sanguinarias a su enfrentamiento con cualquier partido de ámbito español. La primera mayoría absoluta independentista en votos y en escaños sobreviene cuando sus teóricos beneficiarios se estancan en una situación a la escocesa, apelando a la ruptura pactada para aplazarla sine die. Quieren el independentismo, no la independencia.

La hegemonía soberanista no oculta que el partido más votado en las catalanas es el PSOE. Su secretario general y presidente del Gobierno propone un indulto de los políticos presos, en su mayoría por crímenes difíciles de precisar, con el descaro que le ganará un hueco en los libros de historia. Sánchez exhibe el coraje de aducir argumentos morales, en contra de la «revancha» y la «venganza». Suprimiendo ese envoltorio grandilocuente, se descubre que nada puede humillar y debilitar a los independentistas como el perdón, la disolución de su último bastión victimista.

Sin embargo, el PP ha descubierto que la intención real de Sánchez es consolidar el apoyo independentista en el Congreso, y prolongar así su inquilinato en La Moncloa. La hostilidad se da por descontada, en un partido que se ha alineado con Marruecos para que le facilite el trabajo sucio del desalojo. Más curiosa resulta la acusación de que el líder socialista desea gobernar. Dado que es presidente del Gobierno, esa pretensión debería consistir en su primera obligación, y no aporta necesariamente una mala noticia. Sin embargo, no hay error en la estrategia de la derecha. Se trata de resaltar que cualquier voluntad de permanencia de la izquierda en el poder constituye un ultraje usurpador, no importa que venga del veredicto de los votos y en el caso actual por duplicado.

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