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Daniel Capó

La diplomacia de las vacunas

Por sí sola, la pandemia está causando notables movimientos en la política internacional. El declive europeo, por ejemplo, se ha acentuado al quedar en evidencia una vez más la ineptitud de la UE a la hora de gestionar los episodios de la crisis. Ya sucedió durante el terrible trienio de 2008-2011, en el que una sucesión de malas decisiones económicas agravaron el estallido financiero causado por las subprime. Y ha vuelto a ocurrir ahora debido a la falta de reflejos y a la incapacidad de garantizar una óptima distribución de las vacunas. Lo contrario que el Reino Unido, al cual se le auguraban todo tipo de desastres con el Brexit y que hasta ahora ha sabido capear el temporal de un modo mucho más eficiente que las elites burocráticas de Bruselas. Pero la gran partida de la política internacional se sigue jugando entre sus dos actores principales: los Estados Unidos y China. Y cada uno cuenta con argumentos a favor y en contra.

A los orientales se los acusa, y con razón, de que el virus se originó en su territorio – ¿por falta de control alimentario y sanitario?– y de que, durante los primeros meses, los datos que iba enviando a la OMS destacaban por su opacidad. Sin embargo, una vez controlado el primer brote con el uso invasivo de la tecnología y el control estricto de la población, el gigante asiático ha podido evitar nuevas oleadas y mantener su economía en expansión. Para los países en vía de desarrollo se trata de un evidente desafío al modelo democrático liberal, mucho más garantista con los derechos individuales. Estados Unidos, en cambio, ha sido capaz de desarrollar en muy poco tiempo –a veces colaborando con laboratorios europeos– un arsenal de vacunas extraordinariamente innovadoras y de fabricarlas a gran escala para uso propio. Pero la epidemia es mundial y los problemas que origina también lo son. Y aquí la geopolítica entra de nuevo en juego.

El caso de la India resulta paradigmático. Lo explicaba el exministro portugués de Asuntos Europeos Bruno Maçães en uno de sus últimos artículos, donde constataba que las llamadas de auxilio por parte del gobierno indio a la administración Biden durante estas últimas semanas no mereció la atención de Washington, centrado más bien en acelerar la vacunación de sus nacionales. Lo paradójico es que, durante años, Estados Unidos ha apoyado a la India como un necesario contrapeso al crecimiento del poder chino en la región y con la intención de crear una alianza en Asia que incluya a Corea del Sur, Japón, la India, Tailandia y, de algún modo, Taiwán. Los miles de muertos diarios (se habla de que en la India podría llegarse próximamente al millón de fallecidos por covid-19) han provocado una airada reacción de su opinión pública en contra de América, lo que ha permitido a Pekín meter baza de forma rápida. Al final, Biden ha tenido que moverse para evitar males mayores con un país que, para los americanos, resulta indispensable si no quiere perder la partida asiática.

La lección es que China y Rusia practican con sus respectivas vacunas una amplia diplomacia internacional que, sobre todo en África, Asia e Iberoamérica, puede alterar algunos equilibrios globales y acabar transformando el mundo tal y como lo hemos conocido. Pero esto, como tantas otras cosas, sólo lo sabremos dentro de unas décadas.

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