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Antonio Papell

25 años del Pacto del Majestic

La prensa catalana nos ha recordado que tal día como mañana de hace 25 años se firmó en Barcelona el Pacto del Majestic, que permitió a Aznar llegar a la Moncloa el 4 de mayo de 1996, tras las elecciones del 3 de marzo, ganadas por estrechísimo margen por el líder del PP. Frente a un PSOE exhausto, ahíto de gobierno, golpeado por los errores —el GAL, las escuchas del Cesid, etc.— , el PP consiguió menos de 300.000 votos de ventaja, por lo que los socialistas podían haber seguido gobernando si hubieran logrado reunir los votos de Izquierda Unida y de CiU. Pero González ni siquiera lo intentó: sentó entonces la elegante doctrina de que había de formar gobierno el partido más votado. Claro que entonces el bipartidismo imperfecto parecía eterno.

El pacto entre el PP y CiU no fue sencillo puesto que la tarea de oposición del PP se centró a menudo en las excesivas concesiones que el PSOE hacía a los nacionalistas vascos y catalanes. Lo desabrido de aquella oposición quedó bien de manifiesto la misma noche electoral, cuando los partidarios del PP cantaron hasta enronquecer uno de los eslóganes de campaña para celebrar el triunfo: “Pujol, enano, habla castellano”. No es extraño que, para conseguir el apoyo de CiU, Aznar tuviera que humillarse incluso —hubo de recocer que “hablaba catalán en la intimidad”— y que realizar un cúmulo de concesiones que fueron desde la reforma del sistema de financiación autonómica hasta la supresión del servicio militar obligatorio, pasando por le traspaso del tráfico, el inem y las políticas activas de empleo, la supresión de los gobernadores civiles, el desarrollo de los mossos d’esquadra’, etc. El 30 de abril, dos días después de la cena del Majestic, el PNV se sumó al acuerdo.

Para valorar la política de aquella época, hay que conocer que Pujol mantuvo una larga entrevista con González antes de estampar su firma en el pacto, para asegurarse de que era bien entendida su contribución a la gobernabilidad, designio del que Pujol alardeaba por aquella época.

Como se ha dicho, el bipartidismo imperfecto parecía consolidado, y las formaciones nacionalistas actuaban como bisagra, después de que fracasasen los dos intentos serios de construir un centro potente, capaz de desempeñar el papel que por aquel entonces jugaban los liberales alemanes del FDP (los Verdes llegarían después): primero se formó el CDS de Suárez, que rozó el 10% en las elecciones generales de 1986 y en las municipales de 1987, pero que entró después en un declive imparable; y la Operación Reformista, patroneada por Miquel Roca con la aquiescencia de Pujol, que pretendía formar un partido de centro-derecha una vez constatado que Fraga jamás conseguiría el poder, con lo que el exministro franquista constituía un tapón que impedía la alternancia (Fraga lo acabó entendiendo y se retiró motu proprio). El experimento fracasó al nacer.

Aquel modelo, en el que los nacionalistas apoyaban a la mayoría a cambio de cuantiosas cesiones y concesiones pero sin involucrarse en la gobernabilidad del país (nunca Pujol quiso tener ministros en el gobierno de Madrid), no era modélico, puesto que, de un modo u otro, se desequilibraba la equidad en favor de catalanes y vascos, para irritación de todas las demás comunidades. Pero Pujol supo mantener el decoro y, con el argumento de que mantenía patrióticamente la estabilidad del país, consiguió una posición privilegiada, que sus epígonos —Pujol ya no se presentó a las elecciones del 2002— no supieron mantener.

A partir de entonces, el bipartidismo se fue reforzando hasta alcanzar el cenit en las elecciones generales de 2008, en las que PSOE y PP consiguieron 323 de los 350 escaños del Congreso. Y probablemente esta hubiera sido la tendencia, con una influencia cada vez menor de los partidos nacionalistas, si el sistema no hubiera saltado por los aires hasta convertirse en un modelo pluripartidista a causa de la gran crisis de 2008.

Hoy, estamos con serios problemas de gobernabilidad y haciendo frente a la radicalización del nacionalismo catalán. Y con Pujol y su familia a la espera de juicio por corrupción. Nadie podía esperar en aquel ya remoto 1996 la deriva en la que nos sumiríamos.

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