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Daniel Capó

Nombres de almirantes

Nací en una calle llamada Andrea Doria, en honor al almirante genovés que combatió a las órdenes de Juan de Austria en la famosa batalla de Lepanto, la cual marcó un antes y un después en la historia del Mediterráneo, frenando la piratería y protegiendo nuestras costas. Cervantes, que sirvió como soldado en una de aquellas galeras –donde fue herido en su mano izquierda, ganándose así el sobrenombre de manco de Lepanto–, dijo de aquel enfrentamiento entre la Liga Santa y el Imperio otomano, que se trataba de la «más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros». Fue un acontecimiento universal que cantaron innumerables escritores (Chesterton compuso sobre este suceso un inmenso poema, elogiado por Borges), que retrataron no menos pintores (en Mallorca, por ejemplo, fue uno de los temas predilectos de Miquel Bestard, «el pintor loco») y que ayudó a popularizar el rezo del rosario, cuya festividad –la Virgen del Rosario– se celebra precisamente el 7 de octubre, en conmemoración de la victoria de Lepanto. Por supuesto, nunca pensé que aquel nombre, Andrea Doria, formara parte de un intento de militarizar mi memoria ni la de mis vecinos, o que fuera un ejemplo de ingeniería social para sojuzgar la «memoria democrática» del país. No podía pensarlo porque era un niño y mi lectura de la historia se encontraba desprovista de las anteojeras ideológicas que nos impone de adultos la política. Doria era un marino, al igual que Federico Gravina o Cosme Damián Churruca: figuras que han escrito alguna línea significativa en la historia universal. Nada más; ni tampoco nada menos. No es su culpa desde luego que, una vez muertos, el prestigio de sus nombres haya podido ser manoseado por unos o por otros, como ha sucedido estos días en Palma con Churruca y Gravina.

La celebridad de Churruca en su tiempo fue enorme. Se trataba de un militar ilustrado, matemático, astrónomo y geógrafo; un hombre de talante liberal y un adelantado a su tiempo. Sus expediciones científicas fueron tan numerosas como las militares y algunos de sus hallazgos todavía perduran en los mapas. Alcalde de su Motrico natal, en el País Vasco, Churruca murió en la batalla de Trafalgar; al igual que el almirante Nelson, por cierto. Su navío, el San Juan Nepomuceno, fue trasladado por los ingleses a Gibraltar, en homenaje al bravo brigadier español que había hecho frente en solitario a seis barcos enemigos. La armada inglesa sabía reconocer el valor de los adversarios y así lo hicieron con Churruca, el marino que acudió a la batalla sabiendo que iba a morir porque, en mar abierto, nada podía hacer la alianza franco-española frente a los británicos.

Churruca, Doria, Gravina, Colón, Elcano, Magallanes… son nombres constantes en los libros escolares de la república. De niño, leí algunos de estos libros en las colecciones infantiles de la editorial barcelonesa Araluce, una labor estupenda que hace palidecer la mayor parte de la literatura infantil y juvenil que se publica en nuestros días. Araluce ofrecía adaptaciones de tragedias griegas, de las obras de Calderón de la Barca, Lope, Dante y Shakespeare; las Vidas paralelas de Plutarco; múltiples biografías; el Cantar de Roldán o los discursos de Demóstenes… Muchos de estos títulos los preparó una mujer extraordinaria, pionera del feminismo: María Luz Morales, que fue asimismo la primera directora de La Vanguardia, entre 1936 y 1937, en plena guerra civil, cuando nadie quería dirigir el periódico. Sin duda, ella se merece el nombre de una calle. Como Churruca, como Gravina, como Andrea Doria, como Álvaro de Bazán

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