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Ramón Aguiló

escrito sin red

Ramón Aguiló

El Parlament y el Govern son el origen del disparate

El Parlament y el Govern son el origen del disparate

El Parlament y el Govern son el origen del disparate

En la polémica sobre el disparate de cambiar los nombres de algunas calles, la institución más cuestionada ha sido el ayuntamiento de Palma; pero no se puede obviar la responsabilidad de Parlament y Govern, aunque sus respectivos presidentes se hayan puesto de perfil, como si no fuera con ellos. Hablando con El País sobre la cuestión, Hila, el mismo día 26 de marzo en que anunció la marcha atrás, se defendía argumentando su desconocimiento de esa historia del siglo XIX que para los de mi generación forma parte de la cultura general. Decía que, si una comisión de expertos llegaba a esa conclusión, nadie dice nada y llega el expediente a sus manos, ¿por qué debería dudar? Si el ayuntamiento recibía un mandato legal, una orden del Parlament y del Govern que obligaba, no cabía sino ejecutarla. Sobre la calle Toledo, afirmó que no había una referencia a la ciudad sino a la batalla del mismo nombre, ante la perplejidad de la periodista (nos quieren hacer comulgar con ruedas de molino). Que Toledo son muchas cosas, una provincia, una ciudad, un apellido, una batalla. Enredar. La disquisición de que las calles de los almirantes y de Toledo, en realidad son calles dedicadas a batallas, es un poco marxista, de Groucho Marx; las hilarantes explicaciones recuerdan los diálogos absurdos de Sopa de ganso. Es el corolario de una clase política con pocas luces culturales; se deja todo en manos de expertos; ahora ya sabemos quiénes son: el historiador Bartomeu Garí, Manel Suárez y Marçal Isern, una tríada gloriosa. Si lo dicen los expertos, los políticos no se ocupan de contrastar los trabajos. Lo más normal sería que, si la oposición municipal se pronuncia en contra de lo que entienden como un desaguisado, la autoridad competente, en este caso el alcalde, si no sabe del asunto, evacúe consultas con sus funcionarios, el cronista de la ciudad, los funcionarios de cultura, el bibliotecario, para asegurarse de que está haciendo lo correcto. Pero Hila no hizo esto, sino aparecer en televisión con cara compungida para decir que quitaban las calles a los almirantes en solidaridad con las víctimas del franquismo. Es decir, cuando algunas voces, incluso a nivel estatal, avisaban del disparate, él siguió con el «sostenella y no enmendalla», sin dudar y fiándolo todo al argumento irrebatible de las víctimas. De hecho, Hila se nos presenta como una víctima más, en ese caso del Parlament y del Govern. Tampoco es eso. A su alcance, de haber sido más prudente, estaba presentar un recurso contra la orden del Govern

Lo que parece deducirse de todo este embrollo político que nos ha dejado en ridículo ante toda España es que nuestros gobernantes y parlamentarios se ponen en manos de los llamados expertos que, en este caso, han demostrado ser esclavos de su ideología. De ninguna otra manera se puede explicar la contumacia con la que siguen declarando que los nombres de la batalla de Trafalgar y de la guerra de Cuba son nombres franquistas y que el nombre de la ciudad de Toledo es el nombre de una batalla de la Guerra Civil que ganaron los franquistas. Curiosamente, esos mismos expertos obvian incluir en el censo los nombres de Vía Roma y Vía Alemania, que se dedicaron a la ayuda de la Alemania Nazi y la Italia fascista a las fuerzas franquistas. La conclusión es que se incluyen en el censo de simbología fascista los nombres españoles de unos héroes y de la ciudad de las tres culturas, pero se pasa como por ensalmo sobre los nombres de Alemania e Italia. No sea cosa que se origine un conflicto diplomático. Se es diplomático con el extranjero, lo español se machaca. Con esta referencia sólo quiero evidenciar que los argumentos que sirvieron para cometer un disparate se obviaron en el caso de Alemania e Italia; algo que no puede sino ser fruto de la arbitrariedad y del sesgo nacionalista.

La pregunta que deberíamos hacernos es si en el Parlament que aprobó el ya famoso censo de simbología franquista hubo alguien que sabía lo que votaba o todos los parlamentarios votaron, como es costumbre, de acuerdo con las indicaciones de los respectivos jefes de filas. Es ese funcionamiento de la burocracia partidaria lo que está en cuestión. Es una característica propia del sistema político español en el que los parlamentos no son uno de los tres poderes separados de una democracia, sino uno subordinado al poder ejecutivo del que dependen las listas electorales, por coincidir con las cúpulas partidarias. Eso obliga a dirigir la mirada, después de haberla posado en el Ayuntamiento, al Parlament y al Govern de PSOE, Unidas Podemos y Més. Una pregunta inevitable es si Armengol, la política que debía impulsar la aplicación de la memoria democrática, compartía los disparates contemplados en el censo o, simplemente, ni se había preocupado de revisarlo. Tanto en un caso como en el otro, su figura queda cuestionada. Y qué podemos decir del vicepresidente Yllanes, el responsable de la Memoria Democrática. Uno de los principales responsables del desaguisado, el jefe de filas de Unidas Podemos. ¿Tampoco se había leído el censo? Hace unos días, respondiendo a las críticas del PP y de Vox, intentaba contraponer, con el mal estilo del demagogo, los merecimientos de los cartógrafos mallorquines (que nadie discute), más cercanos, a «personas que murieron en una batalla absurda y evitable». Muy mal señor juez. Antes los jueces eran personas cultas, ahora ya se ve que no, ni siquiera da muestras de poseer un poco de cultura general. Ahora dice que en el censo «puede» haber errores. Hasta ahora se han mantenido en sus trece, que los nombres eran de los barcos franquistas (que no eran tales). No, no «puede» haber errores, los «hay». Y está por ver que no sean fruto de un odio sectario que les hace ver fascistas hasta en la sopa donde sólo hay historia, en este caso, admirable. El vicepresidente se despacha a gusto con las críticas de la derecha: «las políticas de memoria democrática escuecen a la derecha». No diga tonterías hombre, lo que escuece es el ridículo en el que nos sitúan y esa arrogancia incapaz de reconocer sus disparates; lo que escuece es cómo se enredan en la demagogia y en el maniqueísmo. Un nivel de vergüenza ajena.

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